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Reseña "La lengua de los secretos" del escritor Martín Abrisketa


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08/11/2016


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Martín Abrisketa nos ofrece en primera persona una experiencia vital a través de su padre: Martintxo, un niño de la guerra que utilizó lo único que tenía en su mano, la imaginación, para esquivar la crudeza de las bombas y del exilio. No es que no quisiera comprender. Es que no pudo. Convirtió en juego –y creó su propio país de “Nunca Jamás”– el panorama desolador de la guerra civil en el entorno rural del País Vasco. Le dio la vuelta a la tortilla como solo puede hacerlo la inocencia de un niño.


  “La lengua de los secretos” es un “La vida es bella” convertido en libro. Pero en este caso, no es un padre que engaña a su hijo para que no mire ni vea la tragedia como en aquella memorable película que nos puso los vellos de punta, sino que es un hijo –el autor– que cuenta la historia de su padre cuando era niño. Una auténtica terapia con la que el hijo se reconcilia con el padre, para decirle que le quiere, que le comprende y le admira. Por no dejar de ser niño cuando toca serlo.

  Esta lectura me ha sobrecogido sin querer. Me ha pillado por sorpresa, obligándome a llorar sin entender por qué. En principio, claro, porque según avanzas por las páginas, vas comprendiendo que lo que arrastra, es la ternura, la empatía que genera Martintxo junto a sus hermanos, que vagaron perdidos con la orfandad, la miseria y los piojos, por España y Francia. Y aunque este niño no puede ni quiere dejar de serlo y sólo desea jugar como el comer, desgarra por dentro. Por su bendita ignorancia, por su reconfortante capacidad de convertir en cuento una realidad que duele sólo con mirarla.

  Hay capítulos y pasajes épicos en esta novela: la bicicleta robada (ya me contarán), la obcecación por buscar a su madre mientras rugen sus tripas, la solidaridad de los vecinos de Tenay, la localidad que acogió a los niños de la guerra como otros puntos de la geografía mundial. Me han rodado lágrimas durante la lectura, como nunca me había ocurrido con otra novela. Y no será por libros tristes e historias insoportables que haya dado la literatura. Pero Martín Abrisketa, aunque habla como adulto para contar quien fue su padre cuando era niño, saca en todas estas páginas a su propio niño: el que hace ahora terapia, el que se adentra en su propia catarsis personal para intentar entender no sólo al Martintxo que fue su padre, sino al niño y adulto que ahora es ya el propio Martín Abrisketa.

  Es un libro especial. No tanto por su escritura como por su simbología: es, como he escuchado en la voz del autor, en una de sus entrevistas, “un gran te quiero” a su padre, una devolución del amor no compartido en el pasado, un homenaje, casi una alegoría a la brutal pureza de una mente infantil, que es capaz de ver lo bueno en el peor de los mundos, gracias a las gafas de tapas de betún con las que miró el padre a los aviones alemanes, para ser ciego ante los despropósitos de los que es capaz el hombre como especie.

  También es cierto –y esta es una visión y un matiz muy personal– que “La lengua de los secretos” comenzó a cautivarme desde que leí nombres de lugares de mi infancia, de mi vida: Bolueta, Santutxu, La Peña… pueblos, villas, zonas y barrios alrededor del Bilbao que también llevo en vena. Sin quererlo, Martín Abrisketa ha tocado fibra sensible. Es tremendamente impactante recorrer a través de un libro, lugares que has pisado, sentido y vivido. Es un recurso –que aunque pueda ser involuntario por parte del autor y una absoluta coincidencia en la historia que desgrana– que aporta puntuación de manera colateral. Lo mismo, que el idioma convertido en símbolo de esta lectura: el euskera, la lengua de muchos secretos en esta novela; tan compleja como la belleza de la sonoridad de sus vocablos.

  Reconozco que todas estas conclusiones –salvo la que acabo de apuntar– se han asentado tras una reflexión posterior una vez terminé la lectura. Y es que, durante los primeros tramos de la novela, llegué a cansarme de los diálogos de Martintxo, amiguetes de batallas y familia. Todo tiene ese toque infantil sobre el que es difícil mantener el interés cuando se alarga. Pero ahora, lo comprendo. Era necesario ese camino, todos esos pasos por la tierra cercana, el disfrute de cada nimio detalle (los que les gustan y aprecian afortunadamente los niños) para analizar esta novela y sobre todo, para sentir todo lo que ahora siento. Porque ante todo, este libro, me ha hecho sentir en letras grandes y eso, no tiene precio.

  Espero que las heridas –no tan calladas– se curen. Porque las terapias –incluso las que tienen forma de libro– pueden reducir traumas y dolores del alma. Pero, también hay que sufrirlas mientras se desarrollan. Por eso, mi aplauso a Martín Abrisketa; no sólo como autor de estas letras sino como adulto que ha sabido escuchar a tantos niños interiores. Tanto el de su padre, como el suyo propio. Y eso, es mucho decir. Toda una heroicidad cuando sabes que tienes que hacer las cosas, aunque duelan.







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