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Cartas a Plinio (el Joven) XVIII


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27/10/2016

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No he dejado ni de tomar baños, porque me hacen mucho bien, ni de beber vino, porque no me hace daño.


Plinio, Cartas





Ludovicus Plinio suo plurimam salutem dat. Lo mismo he hecho yo, querido Plinio, pese a los temores que me infundió una enfermera en el ambulatorio al iniciarse mi ya crónica enfermedad. Asustado por lo que me pronosticaba, no por la muerte, a la cual imagino que, llegada la hora, si estoy consciente, temeré como casi todo el mundo, sino por cualquier ataque que me dejara impedido, le hice caso en todo cuanto me dijo durante el primer año. Creo, y no quiero dármelas de valiente porque posiblemente no lo sea, que le temo más a la invalidez que a la muerte. Ese sacrosanto temor me hizo seguir al pie de la letra todas las instrucciones que me dio aquella bendita mujer sobre comida, bebidas, ejercicios, cuidados, y cosas que debía y no debía hacer. Fui el enfermo perfecto; ella se sintió muy orgullosa de mi comportamiento. Me convertí, por primera y única vez en mi vida, en el alumno ejemplar.

Cuando comprobó esta señora, por las frecuentes visitas mías al ambulatorio, que seguía, al pie de la letra, todo cuanto me decía, dejó de asustarme con la silla de ruedas, la ceguera, la parálisis total o parcial, o con cualquier otro ataque que me dejara más o menos idiota y dependiendo de algún semejante más o menos benévolo. Y tanto se redoblaron aquellas visitas a la enfermería que, al final, surgió una determinada amistad, o compañerismo, entre los dos. Tuve entonces confianza para rogarle, por favor, que me pusiera las visitas a primera hora de la mañana, cuando hay poca gente en el ambulatorio, pues acudir a este a eso de las diez, cuando comienzan a afluir, como una peste, todos los enfermos del barrio, es arriesgarse a tomarle el pulso a este país, cosa que, un día sí y otro también, me resulta tan desagradable como deprimente.

Siempre que he ido al ambulatorio, bien a la enfermería o bien a pasar una visita con el médico de cabecera, me he llevado algún libro por si la espera se alargaba en demasía. Pero intentar leer en un hospital o en un ambulatorio en este país es algo que solo se le ocurriría a un loco de atar.

En cuanto llegaba, buscaba un asiento próximo a la puerta del consultorio y me ponía a leer. Poco me duraba la alegría, si es que esta se iniciaba, pues no tardaba en presentarse alguna pareja, uno de cuyos miembros, no sé si por simpatía, se sentaba a mi lado en tanto que el otro lo hacía a cuatro o cinco metros de distancia. Y así, tan juntos, tal vez para demostrar que les funcionaban bien los oídos y las cuerdas vocales, aunque no la sesera, comenzaban un diálogo tan absurdo como necio y vacío de sentido. Imposible leer ante el continuo intercambio de necedades a cuatro metros de distancia. Nunca faltaba, además, la amiga, o el amigo, que llegaba poco después. Y nunca faltaba el cuarto o quinto en discordia. Entonces se ponían a discutir entre todos. Aunque uno de ellos siempre llevaba la voz cantante. No hace falta que te diga, rompiendo tópicos, que no discutían de toros o de fútbol sino de política. Es el deporte nacional desde que vivimos en democracia, llevamos dos elecciones seguidas, estamos con un necio gobierno en funciones, y vamos a la tercera ronda, que dicen que es la vencida.

La discusión, a grito pelado, que para eso somos mediterráneos, y sin importar que allí hubiera enfermos o sanos, siempre terminaba en una especie de mitin por parte de quien, en aquel u otro grupo, llevaba la voz cantante o gritaba más y mejor. No te puedes imaginar, querido Plinio, la cantidad de necedades y sandeces que he oído en el ambulatorio de mi barrio. Sostenidas por hombres y mujeres que estaban ya muy lejos de cumplir los cuarenta y aun los cincuenta años. ¡Cuánto se ha idealizado a los viejos senadores! Las canas o la calvicie no son signo de inteligencia sino del tiempo gastado, que no vivido, como los anillos de algunos árboles.

Cada uno de aquellos absurdos discursos ambulatorienses está perfectamente enclavado en un tiempo; y obedece, siempre, a las consignas del poder de un momento determinado. Fue entonces cuando se hizo en mí sangre y carne todos los mensajes, burdos y necios, colocados a través de la televisión o de los mítines de los líderes políticos. Tengo que decirte que me llamó mucho la atención que ninguna, ni una, de aquellas personas tuviera el más mínimo sentido común, o un leve atisbo de opinión personal. Eso sí, hablaban como si estuvieran llenos de razón; como si nadie les pudiera rebatir ninguno de los lugares comunes que sostenían, y no enmendaban, delante de un paciente público, que ni podía echar a correr ni tenía escapatoria. He de confesarte, querido maestro, que siempre me faltó coraje para decirles que se callaran y que dejaran de molestar a quienes allí estábamos. Lo más que hacía era cerrar el libro con enfado y de forma ostentosa; pero eso al mitinero lo debió llenar de alegría y contento. En mi pueblo decían que la que es puta no quiere serlo sola.

Si has leído la descripción que hace Séneca de un baño romano1, dicha descripción es lo que más se aproxima a un ambulatorio hispánico aunque en este no haya ni vendedores de salchichas ni chicas de la casa llana o lindos efebos. Y si las hay, yo no me he enterado.

Un día, una mujer mayor me puso tan nervioso con sus tonterías y sus absurdas afirmaciones, dichas en un buen tono de voz, que cuando la enfermera, en su habitáculo, me tomó la tensión, se asustó. Me miró con cara de espanto. Le dije que estaba alterado, y le expliqué lo que estaba sucediendo al otro lado de su puerta. Salió como una bala e impuso el silencio. La necia aquella se calló; pero su silencio duró lo que dura un estornudo. Fue entonces cuando le pedí a la enfermera, por favor, que me pusiera la cita a primera hora de la mañana. Me concedió el favor. Algún alivio he notado. Pero nunca he conseguido librarme del todo del predicador o predicadora, bien sea a una hora o a otra. En el fondo me parece que somos un descreído país de misioneros.

No sé ya, querido Plinio, si somos un pueblo con un enorme complejo de inferioridad, que algunos creen que se cura repitiendo las necedades que oyen por aquí y por allá, y que tratan de hacer pasar como el punto álgido del saber; o un pueblo de solitarios, al que nadie soporta, y que aprovecha la más mínima ocasión, ambulatorios y lugares cerrados, para hablar, provocar, y pedir a quien se ponga por delante que, por favor, lo escuche y lo tenga en consideración. No sé, por tanto, si dicen, en esas monsergas mañaneras, lo que piensan, o lo que creen que quieren oír los demás. No lo sé. Sé que cansan a la misma paciencia. Y que hablan y hablan sin dejar otra cosa, tras sus palabras, que un amargo regusto a cosa vieja y desgastada.

Casualmente me dijo la enfermera, un día que me pidió permiso para dejar pasar a una ancianita delante de mí, que era ese uno de los problemas que tenían en los ambulatorios: gente que vive sola, que está sola, y que aprovecha el más mínimo catarro para ir a la enfermería y tener con quien hablar durante unos minutos. Tal vez en el fondo sea todo bastante lastimoso. Aunque a mí no me apetece nada hablar con ese tipo de personas que van dando discursos por el mundo. Es más, las rehuyo.

Mi enfermera, por desgracia para mí, lleva cuatro meses de baja. Las que han venido a sustituirla, sin ninguna compasión, me ponen la visita a la hora que a ellas les conviene. Y una vez más, me ha tocado ser el paciente oyente del visionario que arregla el país en un decir Jesús. El otro día sin ir más lejos entró este fulano con pantalón corto y manga corta: quería enseñar todos los horribles tatuajes que llevaba por piernas y brazos. Era un cuadro ambulante del peor gusto que te puedas imaginar. Vestía, además, un chaleco con una calavera en la espalda, cuyos dientes eran abalorios brillantes, que no diamantes. Le colgaba del brazo, como antigua cesta con huevos, un casco de motorista al que no le faltaban ni llamas, ni alas de fuertes colores. Un ángel del infierno más desfasado que el punzón y las tablillas que utilizabas tú en la escuela.

Por si todo esto fuera poco, el chico estaba dotado de un vozarrón que más de un predicador quisiera para sí. Y como no podía dejar de suceder, se hizo muy amigo de quien ocupaba la silla de al lado. Allí fue Troya: empezó la prédica dedicada al público en general. Se ocupó del tema de moda: del Partido Socialista Obrero Español, y de su impedimento, según él, a que los otros, que ganaron las elecciones, formaran gobierno. Él, vino a decir con su enorme vozarrón que todo lo alcanzaba, solucionaba aquel problema enseguida: prohibía los partidos políticos, y sólo dejaba uno para que gobernase, y si este no funcionaba, se quitaba y se ponía otro. Y se acababan todos los problemas, hasta el del paro, pues ponía a todos los parados a limpiar el monte para que no se incendiara, y a hacer carreteras...

Nada nuevo bajo el sol.

Como siempre no pude alejarme de la puerta, pues estaba pendiente de que me llamaran de un momento a otro. Una mujer, me pareció que era la sustituta de mi enfermera, había entrado en aquel cubículo no hacía mucho. Fue ella quien abrió la puerta y me llamó. Iba vestida con un chándal de cuando yo era joven y tenía una abundante cabellera. Se estaba tomando un café con leche en un frágil vaso de plástico. Y así intentó tomarme la tensión, pero la maquinita no tenía pilas, tampoco las tenían los de mantenimiento. Quiso darme cita para otro día, y el ordenador estaba estropeado, y... dejémoslo aquí.

Cuando salí no pude por menos de sentir compasión, lástima y asco por aquel desfasado ángel del infierno: hay senadores y políticos que roban, que gastan el dinero público a manos llenas, que no se privan de nada, que ganan unos sueldos que nunca los ganará un médico o un profesor, y nosotros no tenemos ni unas pobres pilas para la máquina de tomar la tensión, ni un ordenador para dar citas. Afortunadamente sí que le funcionaba la maquinita de medir el azúcar en sangre, y un bolígrafo medio roto que había por allí. Apuntó la fecha de la próxima visita en mi agenda. Y sí, estaba superando los límites, y seguramente tendría la tensión alta. ¿Cómo quería que la tuviera? Empezó la nueva enfermera a darme instrucciones y a decirme esto y aquello y lo demás allá. No le hice ni caso.

Salí del ambulatorio, y me metí en una tasca que tenía muy buena pinta. Me pedí un bocadillo de calamares, una copa de vino y un plato de aceitunas. Luego me tomé un café y me lancé a la calle más contento que unas pascuas. Ni el bocadillo ni el vino me sentaron mal. Lo que me sienta fatal, siempre, son las visitas al ambulatorio, así que el día que la enfermera me diga que no hace falta que vuelva, y nunca me lo dirá, será el día más feliz de mi vida. Mientras, capearemos el temporal con buenos alimentos, algo de ejercicio, sin pasarse, y buen vino. Hasta que el cuerpo aguante, querido Plinio. Los dioses te libren de mítines y de aprendices de brujo. Vale.









1Séneca, Epístolas morales a Lucio, libro VI, epístola LVI





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