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La ley de Diógenes


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16/08/2011

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ocos internacionalistas meritorios y reputados habrá tenido Venezuela en los últimos cien años, como aquel caballero de quien poco habíamos oído hablar hasta que en el 2008, Francisco Suniaga lo trajera a nuestra vida con su “Pasajero de Truman”, novela histórica que en 23 episodios distribuidos entre dos hilos narrativos bien entrelazados y aderezados nos brinda la posibilidad de iluminar para nuestro entendimiento y toma de previsiones a futuro, una de las épocas más oscuras a la que hemos sido sometidos por el virus del caudillismo despiadado e ignorante que por lapsos nos ha afectado en mayor o menor medida.

Uno de estos dos hilos que tejen la trama, es el que deviene de la conversación, casi monólogo, entre Diógenes Escalante y su fiel colaborador Humberto Ordóñez durante un vuelo especial Caracas-Washington que, seguramente, nunca apareció en la cartelera pública del aeropuerto de Maiquetía y que se efectuó empleando el avión especialmente enviado para la ocasión por el presidente Harry Truman, de los Estados Unidos. En esa conversación, Escalante se pasea por muchos de los eventos cruciales relacionados con su ambición cuyo fin último, pudiéramos decir que era “regalarle” democracia a su querido pero distante país.

Resulta que, y según nos cuenta Suniaga, mientras Truman estaba preparándose para su crucial y delicado encuentro con Stalin y Churchill en Postdam, para acordar nada más y nada menos que ¡la partición del mundo! y la consecuente territorialización de una división que hasta ese entonces había sido nada más que de ideas, cual era, la existente entre capitalismo y comunismo, transcurre una intensa conversación entre éste y Escalante quien, a su escala reducida, también se preparaba para un evento crucial y delicado para su vida y la de nuestro país, cual era, su encargaduría de la presidencia de Venezuela para un proceso de transición democrática que se esperaba fuese suave y manso,  sin la violencia fraticida que nos había marcado durante los anteriores cien años de historia.

A lo largo de esta conversación, rica en mensajes y signos de lo que ha sido nuestra vinculación con el “imperio”, destaca un pasaje que, más bien, busca retratarnos a nosotros como país, como lo que somos y como lo que muchas veces hemos querido pero no logrado dejar de ser.

Se trata del momento en que Truman habla quejoso de su llegada a la presidencia de su país sin haber pasado ni por Yale ni por Harvard, (p. 180). Escalante, al respecto, hace una referencia que, queriendo ser gráficos, pudiéramos catalogar como una forma de síndrome de patología mecánica. La idea se desprende de las palabras de Escalante a su amigo cuando le afirma: “…yo si había querido ser presidente de Venezuela… …Mientras más me iba formando y adquiriendo conocimientos, más ignorantes e incapaces me parecían quienes en mi país, desconociendo cómo se mueve el mundo, ejercían el Gobierno…”

Esta grave y elocuente afirmación es la que motiva este artículo y lo que me ha llevado a formular lo que me ha parecido razonable bautizar como la Ley de Diógenes. Según la misma, y en algunos períodos de nuestra historia más que en otros, el  talento, el conocimiento y la preparación para el trabajo, han tenido una especie de comportamiento centrífugo que ha alejado de los centros de decisión a los más capaces e idóneos. Tanto, que me atrevería a proponer un lema que, aunque negativo y penoso, consistiría en formular una relación estructuralmente inversa entre el talento de las personas y el ejercicio del poder político, como dos instancias que se repelen cada vez más en la medida en que la una y la otra intentan acercarse.  Sabemos que los cuerpos en el Universo, más bien se atraen en proporción  inversa al cuadrado de la distancia que los separa. O sea, cuanto más cerca, más se atraen. En nuestro caso, faltaría determinar qué tipo de ley matemática regiría la repulsión delatada por Escalante. Una ley que, sin lugar a dudas, separaría el talento del poder en relación directa a la distancia: mientras más sabes, menos te quiero y cuanto más lejos te quedes, pues mejor para todo el mundo. Faltaría sólo saber, si es que importara tal lujo de detalle, si las proporciones entre una cosa y la otra respetan una ley lineal, cuadrática o, inclusive, exponencial. Quedará el asunto como materia de investigación para siguientes reflexiones, o sea, la expresión matemática de esta ley que nos serviría para entendernos cada vez mejor y pronosticar con mas tino nuestro futuro. Así que inspirémonos en Newton y pesquemos la fórmula que, de manera antigravitacional, estaría vinculando Talento Vs. Poder político.[1]

Ironías aparte, me parece que el tema es de tanta importancia que, ningún país serio y exitoso del mundo lo ha descuidado, y que no debe confundirse con una apología al elitismo o a la tecnocracia, como sistemas políticos claramente identificados en la literatura especializada y relacionados con delegar el ejercicio del gobierno en manos idóneas.

¿Si no procuramos que nos gobiernen los mejor preparados para gobernar, quién podemos aspirar nos gobierne mejor?

 







[1] Quien desee hacer repaso rápido a la ley de gravitación universal de Isaac Newton, puede revisar el siguiente enlace:  http://es.wikipedia.org/wiki/Ley_de_gravitaci%C3%B3n_universal







Etiquetas:   Patrimonio Cultural   ·   Políticas Sociales

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2 comentarios  Deja tu comentario


Francisca Almeida, Artes Creo que el “fenómeno” que gobierna la Ley en cuestión la resume una frase de W.Churchill:
"Cada pueblo tiene a los gobernantes que se merece"



Sebastián Betanzo, Ingeniería Industrial en busca de nuevos proyectos Excelente columna!!
Creo que es interesante, y más que establecer si la “ley de Diógenes” se rige por una relación lineal, cuadrática o exponencial, precisar la raíz del fenómeno que lo origina.
¿Será una ley universal o exclusiva de algunos países?





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