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Cartas a Plinio (el Joven) XVII


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20/10/2016

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El único modo de evitar esta injusticia es que los derechos de elegir a los maestros quede en manos únicamente de los padres, y que estos se vean obligados a actuar con una escrupulosa conciencia a la hora de juzgar los méritos de los candidatos por ser ellos mismos los que han de pagarles.


Plinio, Cartas.





Ludovicus Plinio suo plurimam salutem dat. Hace dos o tres días, como sucede cada cierto tiempo, y más a principios de curso, volvió a aparecer en un periódico una entrevista a un señor que hablaba del sistema educativo en general, y de los exámenes de los estudiantes en particular. A fuer de ser sincero tengo que confesar que hace ya algún tiempo que no leo más que la negrita de estos artículos. He quedado un poco harto de tanta opinión, de tanta varita mágica, y de tanta solución, cambio y recambio, que no funciona y que es presentada, en artículos, conferencias y libros, como la novedad revolucionaria del sistema, gracias a la cual todo va a ser distinto y mejor. Y todo sigue igual cuando no peor, por desgracia. Al final, tras asistir a multitud de charlas, leer algunos artículos, y hablar con unos y otros, me quedé con la triste idea de que tantos son los bachilleres, tantos son los pareceres. Y que hay que cambiar muchas cosas para que una sola funcione. Un coche averiado no echa a andar porque se le cambie el volante únicamente. Y no todo el mundo es mecánico por mucho que se empeñen algunos.

He insistido también, en alguna que otra reunión, hasta que me percaté de que nadie me hacía caso, en que es preferible, ante una clase o un alumno conflictivo, para que funcione, hablar con los compañeros, con los profesores que también tienen a esos alumnos, y ver las estrategias que usan ellos y coordinarnos todos para ser mejores. Esto puede ser eficaz, pero ni vende libros ni promociona nada.

Muy a menudo los teóricos de la educación, o de la pedagogía, se olvidan de que un profesor trabaja con alumnos y no con cajas de zapatos o elementos inanimados. Quiero decir con ello que no todos los componentes de una clase responden del mismo modo ante ante la explicación de un tema, una metodología, un profesor o una reflexión. Incluso hablando en conjunto, de un grupo de estudiantes, aquello que ha funcionado bien, o muy bien, en una clase resulta que no lo hace en otra. E incluso en la misma aula no se percibe igual una explicación dada a las ocho de la mañana que a las dos de la tarde. No creo que esto requiera de ninguna explicación especial.

Cuando tú hablas, pues, querido Plinio, de que la responsabilidad de escoger a los maestros recaiga sobre los padres, imagino que lo dices porque eres partidario de una educación privada, no de una pública. E imagino que estás pensando en unos padres ideales que, tal vez, no existan. Como vuestra conocida mos maiorum, gracias a la cual ignoráis, por ejemplo, todas las salvajadas que las legiones hicieron en Hispania o en la Galia. Los padres, al igual que el resto de la sociedad, no se ponen de acuerdo en casi nada. Hay diversos pareceres, por ejemplo, sobre si los hijos, los alumnos, tienen que realizar deberes o no tras su salida del colegio o del instituto. Y creo que este planteamiento refleja de maravilla el tipo de sociedad en el que vivimos. Es una sociedad que ha pasado, en poco tiempo, de considerar a un niño de siete años como a un adulto, a tener a un adulto de dieciocho años por un niño. Eso comporta que estas personas, las de dieciocho años, están excesivamente protegidas, y que se les considera polluelos cuando ya hace tiempo que debían estar volando por los cielos de su ciudad y aledaños.

Ahora están en pie de guerra unos aguerridos padres porque quieren que sus hijos no tengan deberes los fines de semana. ¿No te parece genial semejante petición? Imagino que el día de mañana alguno de estos niños, hombres del futuro, irá al ambulatorio a decirle al médico que medicinas los fines de semana, no por favor, ni pensarlo. No quieren muchos papás que sus hijitos hagan deberes, no quieren que memoricen, no quieren que hagan el más mínimo esfuerzo. Quizás algún día estos niños ganen la maratón sentados en el sofá y viendo la televisión.

Tal vez sería interesante, por lo apuntado más arriba, y por las absurdas peticiones paternas, volver a los estudios clásicos, no ya por el latín y el griego, siendo el conocimiento de estas lenguas importantísimo por sí mismo, sino por la filosofía que al respecto se tenía en Grecia y en Roma, tanto con respecto a la educación como con respecto a algunas otras cosas. Habría que partir, como entonces, del viejo principio de que los dioses no regalan nada. Explicado en román paladino, el que algo quiere, algo le cuesta. Por desgracia nos estamos acostumbrando a quererlo todo sin que la obtención nos suponga ningún coste o esfuerzo: no hay deberes, no hay trabajo. Y hay infinidad de tutorías, de reuniones con padres, con madres, con abuelas, con abuelos, y casi todos con un único objetivo: que no suspendan a su niño, o que este ha sido suspendido injustamente, pues como dicen algunos padres, “anoche le pregunté la lección y se la sabía”. Estaría bien que fuera ese un criterio para evaluar a los alumnos: se terminaba, de paso, con la pesadilla de los exámenes.

Para que los padres escogieran a los profesores, querido Plinio, tendrían que ser esos padres competentes, educados y tener plena conciencia de lo que se llevan entre manos, que pensaran un poco más en sus hijos, aunque esto te suene paradójico ¿Y tú crees que es así, que los tienen en cuenta? A mí muchas veces, demasiado a menudo, me da la impresión de que el mundo funciona por inercia: mucha gente se casa porque ya está en edad de merecer, y tienen hijos no sé muy bien porqué ni para qué. Tal vez, como diría Schopenhauer por la llamada de la naturaleza, porque esta, como sea, a trancas y barrancas si es necesario, desea continuar sobre la tierra.

A menudo he tenido la impresión, ante protestas por notas en los exámenes, o por comportamientos de los alumnos, que los padres, en reuniones y tutorías, lo único que estaban haciendo eran encubrir su desafección descargándola sobre el profesor de turno. Es más fácil culpar a un tercero que asumir las propias responsabilidades o la propia dejadez. Y una de ellas, quizás la más importante, es atender y cuidar de los hijos, no dejarlos frente al televisor, el aparto de moda, o el móvil.

Bien es verdad que vivimos en una sociedad compleja; que el padre y la madre trabajan, que pasan la mayor parte del día fuera de casa, y que no se pueden hacer cargo de sus hijos como quisieran. No obstante, más de uno quiere y puede. Pero no así muchos de ellos. ¿Por qué entonces no confiarse al maestro? ¿Qué han hecho estos para gozar de tanto desprestigio? ¿Es la consecuencia de los ataques de los políticos al sistema educativo? ¿De tantos cambios en el mismo a fin de conseguir ciudadanos dóciles y con encefalogramas planos? Es posible ¿Y por qué, querido Plinio, esto que has dicho sobre la elección del maestro no lo has dicho sobre la elección del médico? No es tarea baladí ni una ni otra cosa. Pero también debemos reconocer que la sociedad se basa en una mutua confianza. No he visto todavía a nadie que vaya al médico y le exija su titulación, o se enfrente con él porque le tenía que haber recetado esta medicina en lugar de la otra, o le diga que se tome la medicina todos los días, incluidos sábados y domingos. La respuesta que van a dar a este símil es muy sencilla: yo no soy médico. Y, sin embargo, al parecer todos somos pedagogos; todos sabemos cómo evaluar, cómo dar una clase, cómo manejar a veinte a treinta alumnos donde siempre hay algún gracioso, alguien que cree que acaba de inventar los chistes y las muestras de mala educación.

Yo, por mi parte, te puedo decir que el trabajo de maestro es para gente joven, que estoy muy cansado y que no tengo ganas de continuar. Hace años que arrastro este dichoso cansancio. Es una pena que una persona no pueda cambiar de trabajo, pasar de un sitio a otro sin perder lo ya logrado. Una pena.

No, querido maestro, yo no soy partidario de los exámenes. Nunca lo he sido. Entre otras cosas porque lo pasaba muy mal durante esos ejercicios. Clamaba entonces en contra de ellos. Tanto que era un verdadero alivio cuando algún que otro profesor cambiaba el ejercicio por un trabajo, o varios. No obstante, comprendo, porque también lo he sufrido, las quejas de los profesores: no es lo mismo corregir 120 ó 150 exámenes que 150 trabajos; estos suelen ser mucho más extensos. Por lo tanto para poder funcionar mediante los trabajos, se tendrían que reducir los alumnos por clase. Y ahora viene el grave problema: hacer esto supone invertir dinero en educación. ¿Y estamos dispuestos a hacerlo? Sin olvidar que también tendrían que cambiar las otras instancias, oposiciones, reválidas, etc., donde el alumno sigue examinándose.

¿Es el examen objetivo? ¿Lo puede ser un trabajo? Siempre existe la posibilidad del error, como en todos los órdenes de la vida. Pero sin confianza de los unos en los otros, nada podemos hacer.

Sí, tal vez los exámenes sean una crueldad. Creo que se exagera un poco; pero quisiera saber qué alternativas hay a los mismos. Y si esas alternativas van a funcionar para el resto de los casos: oposiciones, etc. Sí, el examen, o ciertos exámenes, siguen siendo terribles.

Recuerdo, querido Plinio, que cierta madre no quería que su hijo estudiara. Para convencerlo le contó, un par de veces, dos anécdotas sobre los exámenes. Quería aterrorizarlo con ellos. Le dijo una vez que un profesor, en un examen, le preguntó a un alumno cómo son los ojos de la Virgen María. Azules -contestó el alumno, tal vez llevado por el manto que esta siempre lleva encima. No -le respondió el necio del profesor-: son misericordiosos. Al alumno, según la astuta madre, lo suspendieron. Pero no contenta con eso le contó a su hijo que, un día, un estudiante entró en un cementerio. Paseando por entre la tumbas, imaginamos que sería un estudiante del siglo XIX, romántico por lo tanto, vio un lápida en la cual el gracioso del muerto había hecho que grabaran esta sentencia: “Aquí yace un hombre que nunca a nada temió”. El estudiante, entonces, sacó un lápiz, se inclinó sobre la lápida, y remató el pareado: “Porque nunca se examinó”.

Aquel chico se rebeló contra su madre, contra el muerto y contra las estúpidas preguntas; y estudió, hasta los fines de semana estudió. Y descubrió, según me contó años después, cuánto es el placer que hay en leer, estudiar y tratar de comprender, y más en sábado y domingo, cuando mayor es la concentración. Pero eso, querido Plinio, ya es otra historia. Su madre, por otra parte, y lo contaba con satisfacción, jamás fue a ninguna tutoría ni reunión de padres y demás. No lo necesitó, como la inmensa mayoría de los alumnos. Vale.











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