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La socialdemocracia desnortada


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18/10/2016

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La caída del Muro de Berlín en 1989 constituyó el colofón y el símbolo final del colapso del bloque socialista en Europa. Se desvanecía así el que desde la Revolución Rusa había sido el referente y motor de la izquierda europea. Desde el otro lado de ese “Muro de protección antifascista” (Antifaschistischer Schutzwall), como era conocido en la Alemania del Este, se habían impulsado y patrocinado todos los movimientos socialistas y comunistas en la Europa Occidental.


Aunque el símbolo resulta muy atractivo como resumen del hundimiento del bloque del Este, la caída del muro no fue más que el final de un proceso de deriva económica e ideológica, que tuvo una especial incidencia en los movimientos de izquierda en todo el mundo.

Los socialistas del centro y norte de Europa ya se habían dado cuenta nada más terminar la segunda guerra mundial de que el marxismo no era la vía (el PSOE tardó unos 40 años más en percatarse), y habían optado por un modelo de coexistencia con el capitalismo que es lo que hoy conocemos como socialdemocracia. Pero claro, eso suponía abandonar la lucha de clases, la transformación del modelo económico, y la aspiración a la dictadura del proletariado, que habían sido el principal sustrato ideológico de la izquierda hasta entonces. A cambio se fue perfilando lo que terminó conociéndose como búsqueda del estado del bienestar, donde la lucha de clases se sustituía por suavizar las diferencias, y donde el estatismo soviético se cambiaba por un Estado garante de los servicios básicos y esenciales para ese denominado “bienestar”.

Tras el colapso del bloque soviético, esta socialdemocracia parecía estar llamada a aglutinar a la totalidad de los movimientos de izquierda. Los partidos comunistas europeos estaban en franca regresión o incluso desaparecidos, y movimientos como el ecologista o verde, eran casi marginales y no estaban en condiciones de disputar el liderazgo de la izquierda a la socialdemocracia. Sin embargo, la progresiva integración, que fijaba unas directrices económicas comunes para la Unión Europea, redujo sensiblemente las posibilidades de la socialdemocracia de presentar un modelo económico propio, lo que unido a la consecución de buena parte de los objetivos del estado de bienestar, dejaban a la izquierda moderada sin banderines de enganche ante su propio electorado.

En este escenario se hacía imprescindible un replanteamiento político de la izquierda moderada europea que en la mayoría de los casos no se produjo. Los intentos de “tercera vía” protagonizados por Tony Blair o Gerhard Schröeder, no consiguieron cuajar entre un electorado izquierdista tradicionalmente más ideologizado que el conservador.  Y así la socialdemocracia europea sigue hoy en día en busca de un andamiaje ideológico propio, en una Europa en la que hasta los más recalcitrantes han acabado asimilando parte del credo socialdemócrata tradicional.

El problema es que el espacio que no ha conseguido llenar la socialdemocracia lo han llenado otros. Decía Chesterton que cuando se deja de creer en Dios, enseguida se cree en cualquier cosa, y algo así le ha pasado al electorado de izquierdas, que en ausencia de un banderín de enganche se ha acabado agarrando al primer clavo ardiendo que se les presentaba. Primero fueron los movimientos antiglobalización o antisistema, luego el feminismo radical, el animalismo, la ideología de género y finalmente el populismo que viene a englobarlos a todos. Hasta el comunismo ortodoxo o el anarquismo viven su pequeño resurgir entre los sectores más jóvenes de la izquierda, de forma que hoy podemos leer en twitter a neocomunistas dispuestos a defender a capa y espada al régimen de Kim Jong-un.

En España este proceso se ha vivido de la misma forma, pero con circunstancias y peculiaridades que lo han agravado aún más si cabe. La caída del Felipismo a mediados de los noventa fue interpretada por buena parte del PSOE como la consecuencia de un exceso de pragmatismo, de falta de ideología, y así Zapatero no tardó en resucitar el guerracivilismo como referente ideológico. Mientras en Europa o Alemania el socialismo apostaba por una tercera vía, el PSOE en España consumaba, a espaldas del gobierno y mientras suscribía con él un pacto antiterrorista, una alianza táctica con ETA, un movimiento terrorista de carácter marxista-leninista. El zapaterismo fue abrazando cualquier bandera que supusiera una ideologización del partido, y así se subió al carro del abortismo, de la ideología de género, de la “memoria histórica”, del feminismo, de la alianza de civilizaciones, del anticlericalismo, y hasta del nacionalismo disgregador.

Con el partido comunista desaparecido y sus herederos de Izquierda Unida al borde la extinción, el zapaterismo recargó moralmente a la extrema izquierda, sembrando el caldo de cultivo que dio origen a 15M, aquel movimiento en el que neocomunistas disfrazados de indignados comenzaron a aglutinar a la izquierda extraparlamentaria y, sobre todo a ese sector del electorado socialista al que el zapaterismo había inyectado una ideología más radical. Este trasvase, unido a la pésima gestión de la crisis económica, llevó al PSOE a consumar el mayor batacazo electoral que se recuerda, perdiendo de 2008 a 2011 más de cuatro millones de votos (casi el 40%), y a que la extrema izquierda fuera consolidando un proyecto político (Podemos) con mejores expectativas electorales que PCE o IU hubieran podido soñar en toda la democracia.

Así, a pesar del lógico desgaste del PP, al que desde el gobierno le tocó la papeleta de gestionar la crisis a base de medidas impopulares, el PSOE ha ido perdiendo peso en las sucesivas convocatorias electorales de forma que el partido que un día logró sumar más del 48% de los votos en una generales, hoy se tiene que conformar con poco más del 20%, hasta el punto de llegar al borde de ser superados por los populistas de Podemos.

Cinco años después de Zapatero el PSOE no ha hecho aún la reflexión necesaria para determinar qué es lo que le ha conducido a su situación actual, y por dónde quiere que marche el partido en el futuro. La apuesta por el radicalismo zapateril se ha mostrado como la mejor forma de acrecentar el caladero de votos de Podemos; los coqueteos con los nacionalismos periféricos han llevado al PSOE a casi desaparecer de Cataluña o País Vasco; y feudos tradicionales como Extremadura, Castilla-La Mancha o la misma Andalucía, penden de un hilo. Pero el partido no cuenta hoy en día ni con liderazgo ni con proyecto para refundarse y ofrecer otra versión de sí mismo distinta de la heredada de Zapatero. Y parece más preocupado de mantener sus exiguas cotas de poder que de plantear una alternativa sensata y separada de los clichés de la extrema izquierda.

El PSOE no ha decidido aún si quiere presentar un proyecto vertebrador para toda España o sucumbir a las exigencias de sus aliados nacionalistas actuales o futuros con “federalismos asimétricos”, o referéndums de independencia. No han decidido si apuestan por una gestión sensata de las cuentas públicas o por “planes E”, rentas básicas, u otras ocurrencias. No han decidido si sus enemigos son los conservadores y la Iglesia, o los que quieren romper el marco constitucional que hoy disfrutamos. No han decidido si quieren ser un partido moderno o parecerse al PSOE de 1936.

En definitiva el PSOE no ha resuelto sus contradicciones, que son en parte comunes al resto de los partidos socialdemócratas europeos, pero con peculiaridades propias que lo llevan a una situación de riesgo grave. Y hoy está más cerca de acabar como el PASOC griego que de superar esta situación con una renovación profunda y un replanteamiento ideológico.

Si el PSOE no es capaz de acometer esa renovación, mejor que desaparezca.



Etiquetas:   Elecciones   ·   Partidos Políticos

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