. Se desvanecía así el que desde la
Revolución Rusa había sido el referente y motor de la izquierda europea. Desde
el otro lado de ese “Muro de protección antifascista” (Antifaschistischer
Schutzwall), como era conocido en la Alemania del Este, se habían impulsado y
patrocinado todos los movimientos socialistas y comunistas en la Europa
Occidental.
Aunque
el símbolo resulta muy atractivo como resumen del hundimiento del bloque del
Este, la caída del muro no fue más que el final de un proceso de deriva
económica e ideológica, que tuvo una especial incidencia en los movimientos de
izquierda en todo el mundo.
Los
socialistas del centro y norte de Europa ya se habían dado cuenta nada más
terminar la segunda guerra mundial de que el marxismo no era la vía (el PSOE
tardó unos 40 años más en percatarse), y habían optado por un modelo de
coexistencia con el capitalismo que es lo que hoy conocemos como
socialdemocracia. Pero claro, eso suponía abandonar la lucha de clases, la
transformación del modelo económico, y la aspiración a la dictadura del
proletariado, que habían sido el principal sustrato ideológico de la izquierda
hasta entonces. A cambio se fue perfilando lo que terminó conociéndose como
búsqueda del estado del bienestar, donde la lucha de clases se sustituía por
suavizar las diferencias, y donde el estatismo soviético se cambiaba por un
Estado garante de los servicios básicos y esenciales para ese denominado
“bienestar”.
Tras
el colapso del bloque soviético, esta socialdemocracia parecía estar llamada a
aglutinar a la totalidad de los movimientos de izquierda. Los partidos
comunistas europeos estaban en franca regresión o incluso desaparecidos, y
movimientos como el ecologista o verde, eran casi marginales y no estaban en
condiciones de disputar el liderazgo de la izquierda a la socialdemocracia. Sin
embargo, la progresiva integración, que fijaba unas directrices económicas
comunes para la Unión Europea, redujo sensiblemente las posibilidades de la
socialdemocracia de presentar un modelo económico propio, lo que unido a la
consecución de buena parte de los objetivos del estado de bienestar, dejaban a
la izquierda moderada sin banderines de enganche ante su propio electorado.
En
este escenario se hacía imprescindible un replanteamiento político de la
izquierda moderada europea que en la mayoría de los casos no se produjo. Los
intentos de “tercera vía” protagonizados por Tony Blair o Gerhard Schröeder, no
consiguieron cuajar entre un electorado izquierdista tradicionalmente más
ideologizado que el conservador. Y así
la socialdemocracia europea sigue hoy en día en busca de un andamiaje
ideológico propio, en una Europa en la que hasta los más recalcitrantes han
acabado asimilando parte del credo socialdemócrata tradicional.
El
problema es que el espacio que no ha conseguido llenar la socialdemocracia lo
han llenado otros. Decía Chesterton que cuando se deja de creer en Dios,
enseguida se cree en cualquier cosa, y algo así le ha pasado al electorado de
izquierdas, que en ausencia de un banderín de enganche se ha acabado agarrando
al primer clavo ardiendo que se les presentaba. Primero fueron los movimientos
antiglobalización o antisistema, luego el feminismo radical, el animalismo, la
ideología de género y finalmente el populismo que viene a englobarlos a todos.
Hasta el comunismo ortodoxo o el anarquismo viven su pequeño resurgir entre los
sectores más jóvenes de la izquierda, de forma que hoy podemos leer en twitter
a neocomunistas dispuestos a defender a capa y espada al régimen de Kim Jong-un.
En
España este proceso se ha vivido de la misma forma, pero con circunstancias y
peculiaridades que lo han agravado aún más si cabe. La caída del Felipismo a
mediados de los noventa fue interpretada por buena parte del PSOE como la
consecuencia de un exceso de pragmatismo, de falta de ideología, y así Zapatero
no tardó en resucitar el guerracivilismo como referente ideológico. Mientras en
Europa o Alemania el socialismo apostaba por una tercera vía, el PSOE en España
consumaba, a espaldas del gobierno y mientras suscribía con él un pacto
antiterrorista, una alianza táctica con ETA, un movimiento terrorista de
carácter marxista-leninista. El zapaterismo fue abrazando cualquier bandera que
supusiera una ideologización del partido, y así se subió al carro del
abortismo, de la ideología de género, de la “memoria histórica”, del feminismo,
de la alianza de civilizaciones, del anticlericalismo, y hasta del nacionalismo
disgregador.
Con
el partido comunista desaparecido y sus herederos de Izquierda Unida al borde
la extinción, el zapaterismo recargó moralmente a la extrema izquierda,
sembrando el caldo de cultivo que dio origen a 15M, aquel movimiento en el que
neocomunistas disfrazados de indignados comenzaron a aglutinar a la izquierda
extraparlamentaria y, sobre todo a ese sector del electorado socialista al que
el zapaterismo había inyectado una ideología más radical. Este trasvase, unido
a la pésima gestión de la crisis económica, llevó al PSOE a consumar el mayor
batacazo electoral que se recuerda, perdiendo de 2008 a 2011 más de cuatro
millones de votos (casi el 40%), y a que la extrema izquierda fuera
consolidando un proyecto político (Podemos) con mejores expectativas
electorales que PCE o IU hubieran podido soñar en toda la democracia.
Así,
a pesar del lógico desgaste del PP, al que desde el gobierno le tocó la
papeleta de gestionar la crisis a base de medidas impopulares, el PSOE ha
ido perdiendo peso en las sucesivas convocatorias electorales de forma que el
partido que un día logró sumar más del 48% de los votos en una generales, hoy
se tiene que conformar con poco más del 20%, hasta el punto de llegar al borde
de ser superados por los populistas de Podemos.
Cinco
años después de Zapatero el PSOE no ha hecho aún la reflexión necesaria para
determinar qué es lo que le ha conducido a su situación actual, y por dónde
quiere que marche el partido en el futuro. La apuesta por el radicalismo
zapateril se ha mostrado como la mejor forma de acrecentar el caladero de votos
de Podemos; los coqueteos con los nacionalismos periféricos han llevado al PSOE
a casi desaparecer de Cataluña o País Vasco; y feudos tradicionales como
Extremadura, Castilla-La Mancha o la misma Andalucía, penden de un hilo. Pero el
partido no cuenta hoy en día ni con liderazgo ni con proyecto para refundarse y
ofrecer otra versión de sí mismo distinta de la heredada de Zapatero. Y parece
más preocupado de mantener sus exiguas cotas de poder que de plantear una
alternativa sensata y separada de los clichés de la extrema izquierda.
El
PSOE no ha decidido aún si quiere presentar un proyecto vertebrador para toda
España o sucumbir a las exigencias de sus aliados nacionalistas actuales o
futuros con “federalismos asimétricos”, o referéndums de independencia. No han
decidido si apuestan por una gestión sensata de las cuentas públicas o por
“planes E”, rentas básicas, u otras ocurrencias. No han decidido si sus
enemigos son los conservadores y la Iglesia, o los que quieren romper el marco
constitucional que hoy disfrutamos. No han decidido si quieren ser un partido
moderno o parecerse al PSOE de 1936.
En
definitiva el PSOE no ha resuelto sus contradicciones, que son en parte comunes
al resto de los partidos socialdemócratas europeos, pero con peculiaridades
propias que lo llevan a una situación de riesgo grave. Y hoy está más cerca de
acabar como el PASOC griego que de superar esta situación con una renovación
profunda y un replanteamiento ideológico.
Si
el PSOE no es capaz de acometer esa renovación, mejor que desaparezca.