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Cartas a Plinio (el Joven) XVI


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13/10/2016

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Recientemente el estado de extrema debilidad en el que se halla uno de mis amigos me ha hecho pensar en lo excelentes que somos cuando estamos enfermos, pues ¿a qué enfermo le atormenta la codicia, la ambición o la lujuria?


Plinio, Cartas.





Luduvicus Plinio suo plurimam salutem dat. No sé, mi muy querido maestro, si estas palabras tuyas se tienen que interpretar como una broma, como una gracia para reconfortar al enfermo o como un chiste; pero desde luego no me puedo creer, ni remotamente, que hablaras en serio cuando las escribiste. En contra de ellas, y salvando a la filosofía, te podría decir las mismas palabras que Cota-Cicerón le dice a los epicúreos al sostener estos que el mundo se forma por la unión de los átomos y de forma aleatoria: ¿Has visto -viene a decir Cota- que de un montón de ladrillos se edifique una pared por sí misma, o se levante una casa sin que haya obreros y alguien que dirija la obra? Cicerón parece empeñado en demostrar la existencia de los dioses.

La lectura de este pasaje de la obra ciceroniana, luego volveré a tu carta, De natura deorum, Sobre la naturaleza de los dioses, me ha divertido mucho, y lo ha hecho por razones extraliterarias. Como ya sabes, el que Proust se tomara una magdalena a la hora del desayuno le despertó todo un mundo dormido que dio origen a la magna obra, En busca del tiempo perdido. La metáfora de la magdalena hizo fortuna, y se ha repetido casi tanto como aquello de las perlas de tus dientes, o el pelo ala de cuervo. El hallazgo, de tanto manosearlo, se vuelve inservible. La tribu desgasta las palabras, y el poeta tiene que sacarles brillo de nuevo. La eterna y pesada tarea de Sísifo.

Lo que pretendía decirte con este pequeño excurso es que en la vida, en una vida normal y corriente, hay más de una magdalena, más de una cosa y ocasión que nos retrotrae a otras épocas, de algunas de las cuales apenas si nos queda constancia o una leve huella. Nos queda, a veces, un recuerdo vago, del cual, en algunas ocasiones, se duda. Tanto que, en esos momentos, resulta consolador acogerse a la teoría de la metempsicosis, si ello fuera posible. En mi caso me estaba negado, pues leída esa teoría en una época muy temprana, cuando la razón lo rige casi todo, me percaté de que si la teoría era cierta, no se creaban nuevas almas; y, por lo tanto, en el mundo siempre seríamos los mismos habitantes, cosa que la experiencia me demostraba que era falsa. O había que interpretar la palabra alma en otro sentido. Todavía no sé cuál.

Una de mis últimas magdalenas ha sido la lectura de la obra de Cicerón. Pues cuando yo estudié el bachillerato, en varios institutos públicos, todavía era obligatorio el estudio de la religión. Ahora bien, aquella religión era más historia sagrada que la insulsa asignatura que se imparte hoy en día: partes de la Biblia, libros de la Biblia, partes de la misa, y demás partes y taxonomías que terminan por marear al pobre e indefenso estudiante. En mi época, sin tanta clasificación ni divisiones, recuerdo que durante las clases había más debates, o intentos de tomarle el pelo al cura con preguntas un tanto impertinentes, o explicación de esto o aquello, que memorización de lecciones. La pregunta que repetíamos con insistencia, y que a algunos nos importaba su solución, era el origen del mundo, y de su posible creador. La respuesta que se nos daba el pater no aclaraba nada, nunca nos sacaba de dudas: el origen del mundo es Dios, se nos decía, pues si hay un reloj es porque existe un relojero que lo fabrica; si hay una casa es porque hay un arquitecto y albañiles... Le dábamos la respuesta por válida, pero aducíamos que bien, que de acuerdo, pero ¿quién había hecho a Dios? Y aquí se cerraba el círculo: Dios existe desde siempre, nadie lo ha engendrado, creado, ni hecho. Lo cual era una pura contradicción con lo expuesto anteriormente sobre el reloj y el relojero. Y no había forma de salir del círculo. No quedaba más camino que el de la fe, camino por el que, en aquella edad, no nos apetecía transitar. El problema se quedó sin resolver; y, con el tiempo, dejó de interesarnos.

Ignoro a cuántas personas convencería Cicerón con su libro Sobre la naturaleza de los dioses. Utiliza, desde luego, unas metáforas muy brillantes, que los cristianos, posteriormente, se encargaron de deslustrar. Modificadas tal vez con la finalidad de borrar sus orígenes, es famosa aquella del pastor que ve, por primera vez, un barco en la distancia. El barco se va a acercando a la costa. Para el pastor, que ve un artefacto moviéndose por sí mismo, aquello se convierte en algo mágico, inexplicable, tal vez divino. Hasta que, al aproximarse mucho el barco, ve a los marineros manejando cables y velas y al piloto dando órdenes: todo cuanto se mueve y avanza lo hace gracias a alguien que lo dirige. ¿Y quién dirige al mundo? Dios. O los dioses. Pues evidentemente Cicerón no habla del mismo dios que los cristianos. De eso nada nos decía el cura, por supuesto. Y algunos nos quedábamos embobados por la belleza de las metáforas.

A aquellos lejanos años me ha retrotraído Cicerón. Y tu carta me ha recordado las conclusiones que extraje pocos años después.

En ningún momento he renegado, querido Plinio, de aquellas clases de religión: me enseñaron a discutir, y, sobre todo, a distinguir a Sansón de Heracles, y a saber que muchos cuadros de muchos museos no son cromos coloreados sino que llevan un mensaje y tienen una finalidad. Otra cosa son las interpretaciones de cada uno, por supuesto.

Dicho todo esto, no puedo por menos que añadir el asombro que me causaron tus palabras, las que abren esta carta. Aunque a fuer de sincero te diré que me brotó la carcajada en cuanto terminé de leerlas. Pues no hay nada más triste, pobre y desvalido que el hombre: un fuerte catarro o una comida mal digerida nos deja inútiles para cualquier cosa que no sea estar en la cama convalecientes, es decir, y me atengo a la etimología, curándonos. En ese estado algunos no tienen fuerzas ni para tomarse un tazón de caldo. ¿Y pretendes tú que ese sea el estado excelente del hombre? ¿En serio? ¿Confiarías las murallas de Roma a una legión con fiebre o diarrea? ¿Te crees capaz de escribir la erupción del Vesubio en medio de un ataque de gota o de un terrible dolor de muelas? No, creo que no; así que no me queda más que la risa, o, para no molestar al enfermo, la sonrisa. Sonrisa melancólica como la que me despierta Cicerón con la existencia de los dioses, pero sonrisa al fin y al cabo.

No creo en los dioses, por supuesto; y me parece que el hombre es excelente, excelentísimo, cuando llega a la vejez, y más en los tiempos que corren, está jubilado y dispone para sí de todo el tiempo del mundo, no cuando está enfermo. Por supuesto te estoy hablando de una vejez que conserva el poder sobre una mente sana, y no necesita de la ayuda de nadie para desplazarse o hacer lo que le venga en gana. Es decir, hablo de una senectud fuerte y con pleno dominio de las facultades físicas y mentales. Está claro que el cuerpo se va degradando con el tiempo, y quieras que no algunas cosas se van quedando por el camino. Mientras no sean la vista, el oído y el entendimiento, no tiene importancia. Es un incordio, cuando se es joven, tener que ir de cacería para aplacar ciertas ansias del cuerpo; una cacería que la inmensa mayoría de las veces resulta infructuosa, y que se lleva consigo una enorme cantidad de energía y de tiempo. Yo, además, nunca he sido muy dado a este deporte. El anciano, por el contrario, con el cuerpo aplacado o erosionado para ciertos menesteres, se puede dedicar a otros con todas sus energías. El enfermo, como bien sabes, no puede hacer más que gemir y lamentarse y guardar cama.

Me dirás que hay ancianos que, pese a todo, lloran y babean por sus tesoros, por la juventud perdida, por tener más dinero, por la avaricia; y algunos, incluso, maquillados y hasta disfrazados, van en busca de imposibles ninfas como si tuvieran dieciocho años. Pero no todos enfermamos de la misma manera ni envejecemos igual. Y es absurdo buscar la eterna juventud. Ni existe el tal manantial, ni se va a escapar nadie de la muerte. Como dijo aquel boxeador en el ring a su oponente, podrás correr cuanto quieras, pero no te podrás esconder. Así que, en verdad, resultan patéticas esas actrices de cine que no hacen más que operarse de aquí y de allá para demostrar que no envejecen. Ponen de manifiesto lo triste que debe ser dedicarse a un trabajo o profesión en el que te exigen ser siempre joven y no ponerte nunca enfermo. No hay nada que hacer: la vejez y la muerte nos espera a la vuelta de la esquina.

¿No te parece un tanto necio que tenga que ser la enfermedad o la eterna juventud la que nos haga excelentes o aptos para realizar un trabajo que no requiere de casi ningún esfuerzo? Yo creo que sí, que es bastante necio. Me parece, por lo tanto, que deberíamos buscar algo que nos hiciera excelentes sin necesidad de estar enfermos; y tal vez, y esto lo veo más difícil, de tener que esperar a la vejez. No voy a descubrir nada nuevo. Pues eso, como bien sabes, lo enseña, o lo debería enseñar, la filosofía. Y no, desde luego, una filosofía basada en la existencia o no existencia de los dioses, sino una filosofía que nos enseñara el valor de la paideia, de la areté, el valor de la educación y de hacer las cosas siempre lo mejor que podamos y sepamos. Una filosofía, si quieres, muy cercana a la ética, sin religión de ningún tipo. Así hasta el enfermo sería un buen enfermo, que es de lo que se trata.

Con respecto a los dioses, a su existencia o no, hace muchos años, como te he dicho antes, que el problema dejó de preocuparme. No sé si alguna vez la ciencia será capaz de descubrir y explicar el origen del cosmos y del hombre sin tirar mano de relojeros y pilotos de barcos. No lo sé. Decía Bécquer que mientras haya misterio, habrá poesía. Esperemos que no se agote el misterio ni la poesía. No creo: el cosmos cada vez es más grande, más inmenso si puede decirse así. Queda, pues, mucho por saber, mucho por resolver. Sobre los dioses, sé, y lo aprendí de un filósofo alemán, que Todo aquello que puede ser dicho, puede decirse con claridad; y de lo que no se puede hablar, mejor es callarse1. Aunque a veces ese silencio nos trunque alguna que otra bella metáfora. Que se mejore tu amigo, querido Plinio, y no deje caer su báculo sobre tus espaldas cuando se levante del lecho. Vale.









1Ludwig Wittgenstein, Tractatus Logico-Philosophicus, Madrid, 1973. Prólogo. Traducción: Tierno Galván.





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