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Cuento Chino


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11/08/2011


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Comparto con ustedes la producción que llevo adelante en eltitidice.tumblr.com. Esperando les guste, les mando un gran abrazo.


 

Aroma rancio, humareda densa de habanos impiadosos, apelmazada  por el sudor de las ilusiones como golpes y cuentos chinos, de los diversos, peculiares, extraños y sobre todo, los apesadumbrados. Así describe El Titi al boxeo, deporte que idolatra por los recuerdos de haber visto a Locce, a Monzón, a Ballas, sabiendo a duras penas que el espectáculo corrompe lo humano, desnuda la cólera, irrita la quietud. Hoy, después de un largo tiempo, nos reencontramos con el vicio: él con su puchito provocado inexcusablemente por la mateína; yo, con su historia que no deja de pertenecerme aquí y para el resto de mi vida.

Ángel Lapadatoff se llama el protagonista del relato. De origen tucumano, había llegado a Buenos aires allá por la década del setenta, escapando del metal del machete, la caña agridulce, el sol del hastío. Penurias de un trabajador que huye de la zafra en busca de un destino ausente de trapiches y capataces. Claro que su arribo a la gran ciudad no sería la panacea para todos sus males pero la posibilidad de huir nunca debe ser motivo de reproche para quien tanto sufre.

Por esas casualidades que sólo la vida ofrece, Ángel se topó rápidamente con un laburo junto a Oscar “el negro” Menéndez. Incansable pintor de brocha gorda y urgido de un ayudante, Oscar encontró en Ángel el aprendiz ideal para cubrir esas jornadas que sólo la codicia puede rellenar. Y el rusito, como le decían a Lapadatoff en su Tucumán natal, no tenía empacho alguno en cambiar el machete por el pincel. 

“El negro” era muy amigo de El Titi y junto a otros compinches de la zona paraban los viernes a tomar una ginebrita en el puesto de diarios. No faltó ocasión para que Menéndez llevara a “el rusito” y lo presentase junto a la muchachada. La timidez del tucumano abotagaba sus expresiones y para colmo de males era abstemio. De repente, mientras se hacían comentarios de la pelea que Monzón le había ganado a Briscoe, “el rusito” interviene con un comentario que descoloca y sorprende:

EL RUSITO.- estuvo inteligente el flaco en abrazarlo y mirar el reloj…

 Inmediatamente, y con alegre desenfado, salieron todos al cruce de sus palabras. “¿Te gusta el boxeo?”, “¿Lo conocés a Monzón?” repetían incansablemente los allí reunidos frente a la mirada de Ángel.

EL RUSITO.- Sí, me gusta. Yo boxeaba allá en Tucumán… - dijo con desgano, como quien responde su edad o su domicilio.

Entre alegrías y sorpresas, “El rusito” se pasó ese viernes relatando algunas de sus peleas allá en el norte frente a veteranos mañosos, de oficio y experiencia, pero que el alcohol los había llevado al baúl de los recuerdos en la escena profesional.

El Titi había entablado una gran relación con “el rusito” y un fin de semana le propuso ir a Unidos de Pompeya, usina del boxeo amateur en la zona sur capitalina. Con permiso de Menéndez, salieron un sábado por la mañana hacia Pompeya en busca de algo más que un boxeador amateur. Ni bien pisaron el Club, se fueron directo hacia el entrenador para ver si existía la posibilidad de que “el rusito” pueda hacer un poco de guantes.

De la exhibición, al lujo. Rápido, violento, sutil, desenfrenado. “El rusito” deslumbraba con su estilo: el brazo izquierdo siempre alto y el derecho tendido, como arrastrándose de forma lenta y sigilosa, esperando el momento justo para romper la cadena que retrasaba su vehemencia.

El entrenador se acercó a El Titi para saber algo adicional sobre “el rusito” pero mucho más no podía agregar. Él estaba tan sorprendido como todos.

EL ENTRENADOR.- Dejámelo hoy que mañana lo hago pelear en la de fondo – trataba de convencerlo a El Titi descociendo, claro, que él no era su manager.

EL TITI.- Bueno, voy a ver qué hago porque ya tenía una pelea arreglada – agregó improvisando su presunta función.

Entre negociaciones y desvaríos, El Titi logró convencer a “El rusito” y finalmente el domingo lo hicieron pelear. Su contendiente era “El avispón” Gutiérrez, un peso mediano que no descollaba por su técnica pero sí por su guapeza. Su presente de malos hábitos, la irritabilidad para con los demás y su inoperancia cotidiana lo transformaban en un rival sino temible, por lo menos respetable.

La muchachada no podía perderse la velada y presentes en el ring-side vitoreaban a “el rusito”. Pero los gritos se transformaron en tragos amargos; las palabras de aliento no eran más que desahogos en un momento sumamente angustioso: efectivamente “El rusito” estaba recibiendo una paliza descomunal. No pegaba, tenía la guardia baja y su delicada técnica parecía haberse esfumado.

La pelea terminó con un nocaut técnico en el tercer round. Desilusión y alivio se entremezclaban en un día gris para los muchachos y para Ángel Lapadatoff. El lunes siguiente se preguntaron qué fue lo que pasó. Ninguno tuvo una respuesta acertada y del tema no se volvió a hablar¨, ni entre ellos, ni con “el rusito”.

Hoy El Titi me contó la historia de Ángel Lapadatoff y recordé cuando juntos y en mi infancia, creamos una historieta llamada “Cuento Chino” donde el protagonista de la historia era un joven boxeador que abandonaba sus pagos en busca de un futuro promisorio. Y el Cuento Chino era ese, de aquel joven que llegaba con un pájaro malherido entre sus manos y le preguntaba a sus mayores qué hacer con él. El final no era el de Ángel pero en la historia de aquel también estaba el laburante, el luchador, la promesa y la desilusión. Ahora entiendo que el cuento chino es nuestra vida y el pájaro aquel futuro que no podemos dejar morir.



Etiquetas:   Literatura

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