. Ya nos recordaba Antoine de
Saint-Exupéry que “justamente para que se parezca a una guerra se le sacrifican
las tripulaciones sin fines precisos. Nadie se confiesa que esta guerra no se
parece a nada, que nada tiene en ella sentido, que ningún esquema se adapta,
que se manejan solamente los hilos que ya no corresponden a las marionetas”.
Posiblemente las guerras en el
mundo tengan un fin, o por lo menos eso es lo que manifiestan. En nombre de la
igualdad, religión, el uso de recursos, las tierras; estas son, entre otras, las
razones que aluden quienes las comienzan. Sin embargo, no existe manera alguna
de establecer cuáles objetivos son más valiosos que otros a menos que existan
juicios de valor.
Lo cierto es que siempre habrán
razones para empezar una guerra, lo difícil serán buscarlas para iniciar la
paz. En la actualidad es más fácil disentir sobre una idea que construir acuerdos,
como se diría coloquialmente, nos volvimos una sociedad donde es más fácil
criticar que construir. Quizá la razón más evidente sea lo que aprendí de niño
leyendo a Esopo: “más vale acabar con las querellas, pues, muy a menudo, el
resultado es fatal para ambas partes”.
Lo absurdo es algo ilógico. Si el
resultado de la guerra no ha sido la reivindicación de una de las partes en
defensa de los valores humanos, entonces ninguna guerra ha sido lógica. Las
guerras quieren imponer preconcepciones y dejan en segundo plano a los
argumentos, esta es otra razón para considerarlas ilógicas, son promotoras de
acciones ciegas.
La resistencia no-violenta da
paso a las sociedades sobre lo realmente importante, acciones que muestran
disentimiento con el status quo pero
donde se sobrepone la argumentación a los fusiles (característico del
movimiento liderado por Mahatma Gandhi). Las negociaciones son mecanismos
lógicos para llegar a acuerdos, diríamos que más que negociaciones, el diálogo.
Parece absurdo tener que argumentar que el mecanismo más lógico para dirimir
conflictos es el diálogo.
Es cierto que el país ha tenido
una de las guerras más atroces, una de las cuales ha dejado mayores víctimas. Más
allá de la defensa que hagan las partes, como cualquier guerra ha sido absurda,
sus fines supuestos se han desdibujado. Como respuesta, la mesa de negociación
de la Habana revivió el interés por los argumentos en conflicto, materializó
una agenda de desarrollo de la cual somos conscientes pero que nadie había
puesto en la lista de prioridades para el Estado.
Reiteradamente se acusa al
gobierno de impunidad en lo negociado, sin embargo, como en cualquier
negociación las partes deben ceder. No se trata de sobreponer intereses de
manera unilateral, sino de conceder el cumplimiento de objetivos para ambas
partes. El gobierno ha repetido que los guerrilleros obtendrán sanciones que
van desde restricción de la libertad (los acuerdos dicen que no podrán ser
amnistiados los responsables de delitos atroces, de lesa humanidad o crímenes
de guerra graves) hasta actividades, trabajos y obras que contribuyan a la
reparación a las víctimas.
En cuanto a las ventajas del
acuerdo, son inconmensurables. Algunas estimaciones realizadas muestran que la
economía podría crecer por encima de lo esperado, según estudio presentado por
el DNP -Departamento Nacional de Planeación-, el dividendo económico para el
país se ha calculado entre 1,1 y 1,9 puntos porcentuales (pp) adicionales para
el PIB. El mismo estudio dice que la tasa de inversión es la que tendría mayor
crecimiento, 5,5 pp del PIB. Debe sumarse a estos aspectos la posibilidad de
invertir los recursos actualmente dedicados para la guerra, al desarrollo de
actividades propias del sector productivo o a la garantía del cumplimiento de
los derechos (más inversión en educación, salud, vivienda, etc). Para Xavier
Sala-i-Martin, si el país votará por el NO, volvería a poner en el radar de los
inversionistas un tema que ya se había interiorizado, este del conflicto armado
como amenaza para los empresarios extranjeros. En ese caso el dividendo sería
negativo.
En tiempos de construcción de paz
es necesario desempolvar ideas sobre simpatía (o empatía). Esas ideas tratadas
por Adam Smith, en su teoría de sentimientos morales, permite juicios más concienzudos
ya que supone un ejercicio de imaginación sobre aspectos que podríamos sentir
en el lugar del otro. Creo que ese puede ser un buen inicio para la construcción
de un escenario de paz.
Votaré por el SÍ. Porque igual “nos
reprocharán que llamemos absurda a esta guerra” Saint-Exupéry