La metáfora no le pone. La conciencia, digo; ni la ajena, ni la propia con su verbo fallido, flácido, facilón, ya embotado en la bragueta el bulto de un cerebro libidinoso venido a menos, con la hiel de la decrepitud en los exiguos labios e inspirado por el paroxismo de una inane vanidad; deforme, jorobado, monstruoso no se mira en soledad al espejo, temeroso de verse a sí mismo sin el aplauso comprado. Le dicen farsante triunfal a base de ejercitar la adulación al poderoso y la puñalada trapera al descuidado. Sus miserables actitudes conmigo no le desmienten: lo significan más, imprudente confiado, en la miseria de sus sombrías destrezas y falseadas virtudes.




