. Existe una firme percepción de que el egoísmo y el mal
imperan contra toda lógica o elemental moralidad. Se beatifica al
asesino y se anatemiza a la víctima; se endiosan mamarrachos para
convertirlos en adalides sociales que pueden traer la ruina definitiva y
se obvian las inteligencias preclaras que están enterradas bajo la
supervisión de la mediocridad y el parasitismo vitalicio del abuso. Se
protegen los derechos del criminal por encima de la dignidad de quienes
lo sufren. Muchos jueces han mostrado la vesania en instrucciones donde
el Mal juzgado tenía ganada la partida a priori ante una panda de
cobardes y negligentes seres vivos. Solo eso, vivos, que no humanos,
acaso las bestias proceden con mejor misericordia. No andamos bien, no, y
la perspectiva es peor.
Antecedentes sobre esta degeneración ya existían en el pasado siglo
dando coletazos de advertencia que ha sido desoída por esa capacidad
implícita de nuestras involuciones morales para acometer, con mínima
conciencia, las múltiples problemáticas que han cavado una tumba en
latifundio de nuestros valores antaño más civilizados; al menos en
apariencia los hubo, porque al 2014 el que es un miserable ya no ha de
disimular para salirse con la suya. Basta mostrar la baja calaña para
que, a modo de reclamo, acudan las hordas dementes del colectivo egoísta
donde cada cual mira por sus bastardos intereses arrinconando los
legítimos de la construcción social. Desde el 2004 fuimos de mal en peor
y se acrecienta la incertidumbre con sombríos horizontes.
Pero no cabe el hipócrita lamento por cuanto pueda devenir, cuando se
permiten atropellos actuales como los que ha denunciado la Asociación
de Víctimas de la Talidomida en España (AVITE) quienes, mediante la
ingeniosa y elegante denuncia, a través de un vídeo han “felicitado” a
la farmaceútica Grünenthal por un ruin triunfo. En el vídeo los
afectados aplauden, con sus miembros deformados por el fármaco, la
“brillante” acción legal de la impresentable farmaceútica. Grünenthal ha
litigado con inefable infamia contra los perjudicados de una
incompetencia criminal que está acrecentada con mayor iniquidad por la
victoria en los tribunales que la exoneran de pagar indemnizaciones en
España. No solo provocaron daños irreparables con la chapuza maldita de
la Talidomida sobre inocentes, sino que en Grünenthal además se porfió
para no responsabilizarse de la atrocidad. La deformidad no está en los
sufridos afectados sino en cuantos han conformado este vórtice de
inmundicia legal que ha dejado sin indemnizaciones a tantas personas
que, sumergidas en un calvario propiciado por inicuos canallas, han
asistido impotentes a cómo condenaban toda una vida de sacrificio con el
formulismo de la prescripción sobre las acciones emprendidas por AVITE.
La Talidomida es ese infernal fármaco dirigido a embarazadas que todo
enemigo de la Humanidad quisiera producir para causar misántropos
estragos, con la triunfal percepción de una crueldad desatada contra el
progreso y la evolución del bienestar en el mundo. Es un producto propio
de hijos de mala madre que lo fabricaron. Un fármaco a medida de los
diablos que lo crearon en Grünenthal, empresa vergonzante que lejos de
arrepentirse de la barbarie descontrolada, surgida del submundo de sus
laboratorios incompetentes, aún se ha permitido el bochornoso y maligno
recurso corporativo de negar indemnizaciones a los sufridos damnificados
que se gestaron con malformaciones durante los años cincuenta y
sesenta.
La Justicia no se libra de esa percepción ciudadana que escucho en la
calle, antes bien parece incrementar el sesgo de ruindad que aqueja a
los indefensos, algunos dicen que son túnicas que no togas de un
aquelarre martirizando víctimas diezmadas y sacrificadas por pura y
absoluta indefension legal.
En Alemania, sin embargo, los tribunales alemanes han condenado a la
negligente farmaceútica al pago de 500 millones de euros. Suerte germana
avalada por la diligencia moral de la que se carece en España.
Es paradójico que el perjuicio causado en los años cincuenta y
sesenta, con el añadido de la lentitud judicial, quede libre de
responsabilidades por una prescripción. La moralidad no prescribe, ni la
ética debería, como tampoco la decisión de la vergüenza. Quedará
semejante aberración para los anales de la Historia como una lacra más
de nuestras civilizadas hipocresías.
La Audiencia Provincial de Madrid anuló la sentencia condenatoria
contra la farmaceútica que se había dictado en el Juzgado de Primera
Instancia número 90 de Madrid. Dicha sentencia condenaba al fabricante
de la Talidomida a pagar 20.000 euros por cada punto porcentual de
minusvalía; una oxigenación de Justicia por toda una vida de amarga
lucha por la supervivencia… para nada. Una prescripción legal formulada
en un instante sacrificó la existencia torturada de muchos inocentes. El
averno está de fiesta.
Para colmo de la desfachatez más vomitiva la farmaceútica Grünenthal
que alegra las incondicionales argucias del demonio para provocar sus
injusticias, sigue presumiendo en su web de un código deontológico del
que, a tenor de los hechos que la califican, siempre careció. Son esas
malformidades del alma que campan por sus respetos las que convierten
este orbe en un engaño de tragedia y cinismo.
Si existiera bienaventurada Justicia, deberían prescribir las
oportunidades de los desalmados para no seguir provocando tanto mal como
esta farmaceútica que algunos definen ya del demonio. Ciertamente que
si los nazis hubieran pergeñado algo igual, se habrían felicitado por
ello como hoy se felicitan en Grünenthal por ganar un deshonroso pleito
que debería equivaler, sin credibilidad profesional ni moral ninguna,
por toda una quiebra… o por una rectificación y una disculpa, con
responsabilidad pecuniaria de Grünenthal para con los afectados, más
allá de los tribunales que han permitido la impunidad por un crimen de
lesa humanidad.