.5cm; font-size: 10pt;">Pues, aun en el caso de que mis
amigos no sean tal y como yo los describo, yo soy feliz pensando que
son tal y como me parecen ser.
Plinio,
Cartas.
Ludovicus
Plinio suo plurimam salutem dat.
Estas palabras tuyas, que sirven de introducción a esta carta mía,
son las más próximas que recuerdo, de ti, a lo que podríamos
llamar una leve melancolía; o tienen, al menos, un cierto sabor
agridulce entre lo que fue, o es, y lo que pudo ser, y es. O tal vez
yo esté forzando un poco el sentido de las mismas para hablar de lo
que me apetece: del tiempo pasado, de cómo fluye este, de cómo se
nos escapa de entre las manos sin dejar apenas el rastro de un etéreo
perfume, de un aroma que desaparece en cuanto es aspirado para no
volver nunca jamás. Y entonces la memoria nos presenta las cosas,
como a ti tus amigos, no como fueron sino como nos parece que
debieron ser. Y el fracaso, de esta forma, se convierte en triunfo, y
la cuenta de cristal en diamante o zafiro.
Me vas a permitir, por lo tanto,
querido Plinio, que sea hoy muy subjetivo; y que cuente experiencias
propias, reales. Las contaré como las recuerdo, como fueron, o como
creo que fueron o debieron ser.
Este
año he vivido unas vacaciones un tanto pesadas y atípicas, y no
porque haya hecho nada especial sino por el comportamiento de mi
cuerpo. Un cuerpo que me iba dejando más y más descolocado conforme
avanzaba el verano. Al principio de las vacaciones se portó bien,
más que bien diría yo: me obedecía en todo cuanto me proponía, y
hacía cuanto yo quería: salir a caminar, largas y profundas
caminatas, largas horas de estudio; y largas horas, por la tarde, de
lecturas variadas, filosofía, novela contemporánea o actual, y
alguna que otra película por las noches. Todo perfecto. No obstante,
en un momento determinado, comenzó un ligero cambio totalmente
justificado: la lectura, en latín, de la obra de Cicerón, De
natura deorum, de
9 de la mañana a la 1 del mediodía, en medio de este calor, me
dejaba exhausto: las cuatro horas de lectura, dudando de todo,
consultando el diccionario y la gramática siempre, dándole vueltas
a mi interpretación, a esta palabra, a aquel concepto, etc., me
dejaban tan rendido que, tras la comida, mi cuerpo deliraba por
extenderse en la cama. Y le daba cama. Día hubo, además, en los que
me dolieron todos los rincones de la cabeza.
Siempre he dormido muy poco, y que
yo recuerde jamás he hecho la siesta. Nunca salvo este verano. En
verdad, querido amigo, no sé si eso se ha debido a mi provecta edad,
a la lectura, con mi pobre latín, de Cicerón, al calor, agotador, o
a todo eso junto y alguna cosa más. La cuestión es que no hacía la
siesta; no, aquello era algo más, mucho más: cada vez que apoyaba
la cabeza en el almohadón me atiborraba de sueño. Dedicaba más de
una hora al descanso, y más de dos. Teniendo en cuenta que en esta
tu casa se come muy pronto, todavía conseguía aprovechar parte de
la tarde. Otras veces, sin dormir tanto, la desaprovechaba dando
tumbos sin conseguir concentrarme en nada.
Me despertaba recordando largas
discusiones con personajes de varias épocas. No obstante, a los
pocos segundos olvidaba los sueños, salvo si alguno de ellos me
había impresionado mucho.
Hace
algún tiempo, comiendo con un matrimonio amigo, hablé de la lectura
de tus cartas, y de lo mucho que me había gustado aquella en la que
narras la erupción del Vesubio. Como consecuencia de la apasionada
conversación, mi amiga, al cabo de unos días, me regaló una novela
que, según dijo, me gustaría mucho, dado mi interés por tu carta
sobre la destrucción de Pompeya. Se trataba de El
amante del volcán, de
Susan Sontag. La novela languideció durante varios meses sobre una
mesa sin que nadie, salvo el suave polvo, le prestara la más mínima
atención.
Una
tarde noche, cansado de Cicerón, de los presocráticos y de
cualquier otro libro, me puse delante de la televisión, y di con una
película que, cuanto menos, me resultó interesante. No obstante,
tenía la vista tan cansada que apenas si pude distinguir los títulos
de crédito de la misma. La película no estuvo mal. Y al día
siguiente, soy de naturaleza curiosa, busqué información sobre ella
en Internet. Pero no había conseguido leer el título. Por un cierto
protagonismo de una construcción de la casa di en pensar que se
titulaba la casa de la chimenea.
Me
equivoqué. Sí, en la película hay una chimenea que juega un
importante papel, pero solo una. Al escribir en el ordenador la casa
de la chimenea, me apareció la casa de las siete chimeneas. Nada que
ver con la película. Y no sé ya lo que hice, ni dónde busqué;
pero en una de las búsquedas apareció ante mi pantalla un título
que me intrigó, La
casa de los siete tejados.
Despertó mi curiosidad el hecho de que una casa tuviera siete
tejados. Averigüé que el título corresponde a una novela de
Nathaniel Hawthorne que si bien nada tenía que ver con la película
que había visto yo, me llamó la atención. Aun así tardé varios
días en conseguir dicha obra. Mientras, y desando salir un poco de
Grecia y de Roma, comencé a leer El
amante del volcán. Como
puedes ver, pese a mi cuerpo, no dejaba de trabajar. Sí, al final di
con la película. Se titula De
una época a otra, de
Julian Fellowes. Pero volvamos a las novelas.
Es
curioso, querido Plinio, así lo dice Sontag, que con tan magna obra
como escribió tu tío, cierto es que totalmente obsoleta hoy en día,
sea recordado más que nada por la forma en que murió, contemplando
el volcán. Sus libros parecen haber sido olvidados.
A
veces la vida es totalmente injusta, aunque creo que Plinio el Viejo
cometió un fatal error en Historia
natural,
tal vez porque no tuvo capacidad para ello: olvidó la lírica. Pues
igualmente están obsoletas muchas de los principios que sostiene
Cicerón en De
natura... pero
la escritura de este es un modelo de buen hacer. Y hay páginas, como
la descripción del cielo, de un lirismo precioso. Leyéndolas me
acordé mucho de fray Luis de León:
Cuando contemplo el cielo
de innumerables luces adornado...
Tuve
mis dudas, no obstante, con el lenguaje de Cicerón, o, mejor, con su
recepción: una cosa es cómo lo leemos nosotros, y otra muy
distinta, cómo lo leyeron sus contemporáneos, si es que lo leyeron.
Con
estos ánimos comencé y terminé El
amante del volcán. La
obra de Susan Sontag me atrajo enseguida. No obstante, me pareció
muy extraña su forma de novelar. Y quizás por esa extrañeza me
atrajo todavía más. Es una forma de narrar, y con todas las
salvedades que quieras, que se aproxima más a Ulises,
de
James Joyce, que a la novela clásica, con aventuras, diálogos, etc.
En esta obra se diseccionan a los personajes. El autor, totalmente
omnisciente, cuenta una mínima anécdota, y a través de ella
analiza al personaje hasta no dejar ni una brizna de él por
revolver. Me pregunté si era esa una característica propia de
Sontag o de la novela americana. Desde luego, por lo que recordaba,
no es el caso de la novela negra, Hammet y Chandler, sin ir más
lejos.
Esa
pregunta me hizo volver a acordarme de la película, de la búsqueda
de información sobre ella, y de mi casual tropiezo con la obra de
Nathaniel Hawthorne. Estaba impaciente por ponerme a leerla. Pero
quise antes terminar El
amante del volcán. Sus
últimos capítulos se me hicieron largos y pesados. Y creo,
sinceramente, que sobran, que no aportan nada, y que, perfectamente,
podrían haber sido eliminados. Al fin y al cabo cuenta, entonces, la
vida de dos personajes secundarios, sin apenas relación con los
protagonistas de la historia, y que, además, ni aclaran nada, ni
aportan nada nuevo. El resto de la novela, no obstante, me pareció
muy digno.
Ni
Sontag, ni Hawthorne hacen una literatura fácil o de consumo. Ni El
amante del volcán, ni,
mucho menos, La
casa de los siete tejados es
una literatura de entretenimiento ni menos todavía de usar y tirar.
Y ambas se caracterizan por lo mismo: por la casi total ausencia de
acción, o por lo que entendemos por tal. Leyendo ambas obras me
pregunté cómo era posible que hoy en día se siguieran publicando
tales novelas. No porque sean malas, que no lo son, sino precisamente
por no ser comerciales, ni tener ninguna consideración ni piedad con
el lector. ¿Quién lee semejantes obras? ¿Les resulta rentable a
las editoriales publicarlas?
Siempre que me hago esta pregunta, o
alguna parecida, recuerdo lo que una vez, hablando de la Iglesia, me
dijo un amigo: la comparó a unos grandes almacenes en los que puedes
encontrar de todo: desde un tornillo del número dos hasta una casa
prefabricada. Aquí lo que interesa es vender, así que nos acoplamos
a lo que usted es y a su demanda. Tal y como hacen algunos medios de
comunicación, que están a favor de todos los partidos políticos y
de ninguno. Quiero decir con esto que la venta de otro tipo de
literatura seguramente compensará las pérdidas de esta. Es posible.
Así que se pueden cubrir todos los campos.
De
Sontag conocía algo, tanto de su vida como de su obra. Pero
desconocía por completo a Hawthorne. Y me llamó la atención que
este, según parece, hubiera conseguido vivir de sus libros, máxime
en el siglo XIX, y en Estados Unidos. ¿Cuánta gente leía en aquel
momento? ¿Y cuántas personas entendían lo que decía o quería
decir Hawthorne? No creo que La
casa de los siete tejados fuera
la obra más vendida, ni que sacara de ella muchas alegrías
crematísticas. Algo similar, he de confesarlo, me pasaba con Lope de
Vega y su teatro: ¿De verdad los mosqueteros entendían obras, en un
corral de comedias, como La
estrella de Sevilla? No
lo sé. Lo dudo, pero no lo sé. Sé, no obstante, que tanto La
casa de los siete tejados como
El
amante del volcán son
obras complejas, obras que exigen toda la atención del lector. Y aun
así se queda uno con la vaga sensación de no haber llegado al fondo
de la cuestión, o, si quieres, de no haber entendido muy bien lo que
sucede en ambos libros.
Obsesionado
con estas dos novelas cuando, cansado, me metía en la cama soñaba y
soñaba, y no cesaba de soñar con ellas. Me vi en más de una
ocasión en el famoso cuadro de Cesare Maccari en el que Cicerón
denuncia a un aislado Catilina. Lo bueno del caso era que, en mis
sueños, Catilina era Cicerón, y yo Cicerón. Con la actitud de quo
usque tandem Catilina abutere patientiam nostra, exponía,
con toga y todo, que aquellas novelas, la de Sontag y Hawthorne eran
dos obras peculiares, que apenas si se habían leído, y que muy
pocos entendían o habían entendido. Era imposible que sus autores,
y más en los tiempos actuales, obtuvieran ningún beneficio
económico de ellas. El senado, lejos de Cicerón, me apoyaba. Pero
este, en contra de lo que hiciera Catilina, se incorporaba de su
asiento, me miraba sonriendo y me decía que el dinero era la de
menos. La importancia residía en la comprensión. ¿Y a él, lo
entendían sus semejantes? El senado guardó un espeso silencio.
Te
busqué a ti entre los senadores, querido Plinio; pero no estabas.
Pregunté en voz alta quién había leído las obras de Cicerón.
Omnes
conticuere,
todos callaron. Ante tanto silencio, dormí profundamente. No
obstante, al día siguiente tuve un nuevo problema: ¿entendía el
romano medio la obra de Cicerón? -me pregunté despierto. Muy a
menudo he oído que Cicerón, con su difusión de la filosofía
griega, trató de romanizar a la excesivamente helenizada Roma. ¿Lo
consiguió? Al preguntárselo yo, se volvió a transformar en el
Catilina del cuadro, mirando hacia otro lado.
Me
desperté, lo recuerdo, con una extraña sensación, una sensación
triste y desalentadora: yendo los tres, Cicerón, Sontag y Hawthorne,
a bordo de una barca. Esta llegaba a la playa. El gran atún que
habían pescado lo llevaban atado a un costado de la barca, pues no
cabía a bordo. Pero al desembarcar no quedaba de él más que el
esqueleto. Los tiburones lo habían devorado durante la travesía. El
viejo y el mar. Sí,
lo recuerdo.
Está
bien. No obstante,
me
dije, sin levantarme de la cama, todavía cansado, siempre he
preferido la metáfora de Maeterlink: el cofre del inmenso y
brillante tesoro que, extraído de la cueva, se transforma en
abalorios y cuentas de cristal. Sin embargo, ahí están las tres
obras. Las tres magníficas obras. Igual que los amigos a los que se
idealiza un poco, ¿por qué no? Siempre que se regresa a la cueva,
los abalorios se vuelven a transformar en piedras preciosas. Quizás
sea cuestión de insistir. O de volverse un poco ciego.
Luego,
pese al calor y el cansancio que no me quitaba de encima, con el
mismo sentimiento de estar subiendo al Gólgota, terminé El
amante del volcán. Y
nunca, querido Plinio, me quedo convencido de haber entendido un
libro o un poema. Siempre hay algo que se me escapa, que me hace
dudar, como a ti, de mi percepción no ya de los amigos sino de casi
todo. Aun así, poco después, comencé a leer La
casa de los siete tejados. Pero
esta ya es otra historia. Vale.