.5cm; font-size: 10pt;">Mi señor, los ciudadanos de
Nicomedia se gastaron tiempo atrás tres millones trescientos
dieciocho mil sestercios en un acueducto que aún hoy no está
acabado, que incluso ha sido abandonado y se halla prácticamente
destruido.
Plinio,
Cartas
(a Trajano)
Ludovicus
Plinio suo salutem plurimam dat. Estos
días han pasado unas cuantas cosas, querido maestro, que no han
dejado de producirme una cierta risa burlona por no decir sarcástica.
Una de ellas ha sido la inmensa cantidad de fotos, de prosopopeya y
literatura barata, que ha despertado el que algunos deportistas
españoles se hayan hecho con algunas medallas en los juegos
olímpicos de Río de Janeiro. Vaya por delante que a mí me gusta
algún que otro deporte, pero me gusta practicarlo, no verlo a través
de retransmisiones. Soy incapaz, por lo tanto, de estar delante de la
televisión, durante horas y horas, para ver quien mete más goles o
llega más lejos lanzando lo que tienen a mano. Me parece una enorme
pérdida de tiempo.
No
entiendo, además, por qué un deportista cuando gana una medalla,
sea del metal que sea, se tienen que envolver en la bandera de su
país e ir por ahí lanzando gritos y haciendo el indio, mientras que
el resto de sus conciudadanos, o una minoría gritona, tiene que
secundar ese grito y esos epilépticos espasmos. Ni entiendo por qué
todo un país se tiene que alegrar por semejante triunfo. Ante estas
absurdas demostraciones, sin el más mínimo interés, devolvería
ahora la pregunta que tan necia e insistentemente se me ha hecho
cuando he dicho, por ejemplo, que me dedico a estudiar latín. Me
preguntaban entonces lo que yo pregunto ahora: ¿Y eso para qué
sirve? Bien, fulanita y zutanita han ganado una medalla cada una, o
media docena, las que quieran. ¿Y ha servido eso para que a los
políticos que tenemos que sufrir les entre un poco de sentido común?
Parece que no. Les ha servido los Juegos Olímpicos, desde luego,
para que durante unas semanas no se hable de lo inútiles y necios
que son. ¿Han servido, por el contrario, para acabar con la
corrupción y sacar a la ética de esta gente de las cloacas? No hace
falta contestar.
A
mí las tales medallas olímpicas me dejan totalmente indiferente.
Bien es sabido que, para el común de los mortales, tal indiferencia
puede pasar por una falta total de patriotismo. Es posible. Ahora
bien, todo depende de cómo definamos este. Patriotismo puede ser,
por ejemplo, haberse leído a don Francisco de Quevedo, a don Juan de
Zabaleta, a los hermanos Valdés, a Fernando de Rojas, a Joanot
Martorell, a Bécquer, a Rosalía de Castro y a un largo etcétera
que no hace falta mentar. Este pretendido patriotismo cuesta más
esfuerzo que el de gritar y saltar cada cuatro o cinco años. Las
medallas o los fracasos, pues, de los Juegos Olímpicos, que hace
tiempo que dejaron de ser olímpicos, me ha dejado totalmente
indiferente. Igual de indiferente me deja que un equipo de fútbol
gane la liga o la pierda.
No me deja indiferente, querido
Plinio, leer tus textos, o los de otro autor cualquiera, y no
entenderlos. Y con esto veremos una de las muchas utilidades del
latín.
Más
de una vez he dicho que cuando leo a los historiadores, a Tito Livio,
a Salustio, o cualquier historia de Roma; y los senadores, en esos
textos, en medio de un inminente peligro, con más o menos patetismo,
invocan a la patria, a la sagrada Roma y a sus sagrados templos, en
realidad no hacen más que defender sus sagrados intereses,
presentándolos, eso sí, como si fueran intereses de tipo general,
que no lo son. La patria siempre ha sido el cortijo de unos pocos por
el que han tenido que morir muchos. Es interesante estudiar la
historia, más que ver retransmisiones de juegos olímpicos, y
hacerlo con desapasionamiento. Enseña bastantes cosas. Muy curiosas
algunas de ellas.
No ha dejado, pues, de llamarme la
atención que, últimamente, tras dos elecciones y un abultado número
de días con un absurdo gobierno en funciones, algún que otro
partido no haga sino invocar a la patria, a que esta se va a hundir
si no se toman medidas drásticas, lo cual quiere decir que hay que
pactar, pues ningún partido tiene la suficiente fuerza como para
gobernar por sí mismo. Pero pactar, ¿qué? ¿y con quién? ¿y para
qué?
El partido en el gobierno, y algunas
de sus vacías cabezas, tras dos mayorías absolutas en el poder, se
creyó que era poco menos que el Rey Sol. Durante esas dos
legislaturas absolutistas no habló con los otros partidos,
representantes legítimos de una parte importante del pueblo, ni para
darle los buenos días. Hizo lo que le dio la gana. Y como nadie lo
podía controlar, dejó que la corrupción campara a sus anchas, pues
eso le permitía seguir ganando más y más elecciones, entre otras
cosas. Ahora nadie quiere pactar con ese gobierno; y el presidente en
funciones, ya resulta patético, no hay vez que no aparezca en la
televisión que no recuerde a un parvulito de un jardín de infancia
con la nariz llena de mocos: llora porque el resto de los niños no
lo juntan, ni lo dejan ser jefe de la tribu. Ya ni las amenazas de la
“seño” tienen efecto.
El enfado del Rey Sol ha sido tal
que ha hecho caer, por si no lo eligen a él, las próximas
elecciones en el día de Navidad. Hace falta ser miserable.
Dicen
que ningún partido político quiere unas terceras elecciones. No sé
porqué. Puede ser divertido ir a votar el día de Navidad, o formar
parte de una mesa electoral en tan señalado día. ¿Los políticos
pueden ser llamados para estos menesteres? Deberían dar ejemplo. Sea
como fuere, uno de los partidos se ha puesto a negociar con el Rey
Sol, o sus representantes, invocando, cómo no, el bien de España.
Lo que se esconde tras ese bien de la patria, después de tantas
mentiras, dichos y contradichos, es el miedo a desaparecer como
fuerza política, por irrelevante, en unas terceras elecciones. Ya
tenemos aquí, querido Plinio, a los viejos senadores romanos
defendiendo su domus
et hortus.
Me
cuenta un buen amigo que algunos partidos, y tal vez sea una excusa,
no quieren pactar con el Rey Sol por cuanto simboliza la corrupción
llevada a su punto álgido. El partido del Rey Sol está corrompido
hasta la medula. Por eso ha forzado a su único oponente negociador a
redefinir lo que es la corrupción, para ver si se podía escapar por
algún agujero, o, como mínimo, salvar a alguno de los suyos por
este o aquel resquicio. Y así se han metido en una discusión tan
necia como absurda: ¿Qué es la corrupción?
Creo
que una buena parte de nuestros políticos estudiaron derecho. Pero
claro, el Derecho Romano parece que ya no forma parte de los estudios
actuales. Tampoco el latín, por supuesto, ni el griego. Y no leen.
Arriba tienen un fragmento de una carta tuya traducido. ¿Es
corrupción dejar un acueducto a medio terminar, haberlo hecho con
materiales de mala calidad, y haber huido con el dinero de su coste?
Imagino que como se trata de Nicomedia, todo el mundo estará de
acuerdo en que sí, es corrupción. Nicomedia queda lejos, y no tiene
coste político lo que opinemos sobre ella. Ninguno de los nuestros
está implicado en el dichoso acueducto de Nicomedia.
Este mismo buen amigo también me
informa de que el otro día, en una tertulia en la televisión, un
contertulio, que besa la mano que le da de comer con mucha devoción,
decía, cuando comenzaron a plantearle la gran cantidad de obras que
el gobierno del Rey Sol ha dejado inacabadas, o se han hecho con la
finalidad de embolsarse dinero, decía, repito, que el gobierno
muchas veces hace las cosas lo mejor que puede, y siempre con la mira
puesta en el bien público, pero claro, a veces se tuercen las buenas
intenciones. Una pena, que este personaje y otros como él, se
dediquen luego a atacar a los alcaldes populistas porque, según
ellos, tienen las ciudades llenas de basura y dejadas de la mano de
Dios. ¿Eso no se hace por el bien público? Viendo las toneladas de
basura, tal vez la gente aprenda algo de educación y comience a
utilizar las papeleras, cosa que dudo, en ambos casos.
Por
lo tanto, querido Plinio, como puedes ver y observar, el que
deportistas de mi país ganen o dejen de ganar medallas olímpicas, a
mí no me sirve de nada. No me es útil. Estudiar latín, por el
contrario, me ha servido para conocer algo de historia y algo de
literatura, y saber lo que es o no corrupción e impedir que me tomen
el pelo. Por supuesto que no hacía falta ir tan lejos como a
Nicomedia. Sobraba con consultar cualquier diccionario escolar. Véase
la entrada corruptio
o
el verbo corrumpo.
O
lo que significa el brazo incorrupto de un santo o santa, al que se
aclaman los corruptos en la hora de su muerte. Creo que está claro,
lo demás son sofisterías y llenarnos la boca con el sagrado nombre
de la patria cuando lo que queremos es salvar nuestro campo y nuestro
burro. Que los dioses se apiaden de nosotros. Vale.