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Cartas a Plinio (el Joven) XII


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15/09/2016

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Mi señor, los ciudadanos de Nicomedia se gastaron tiempo atrás tres millones trescientos dieciocho mil sestercios en un acueducto que aún hoy no está acabado, que incluso ha sido abandonado y se halla prácticamente destruido.


Plinio, Cartas (a Trajano)





Ludovicus Plinio suo salutem plurimam dat. Estos días han pasado unas cuantas cosas, querido maestro, que no han dejado de producirme una cierta risa burlona por no decir sarcástica. Una de ellas ha sido la inmensa cantidad de fotos, de prosopopeya y literatura barata, que ha despertado el que algunos deportistas españoles se hayan hecho con algunas medallas en los juegos olímpicos de Río de Janeiro. Vaya por delante que a mí me gusta algún que otro deporte, pero me gusta practicarlo, no verlo a través de retransmisiones. Soy incapaz, por lo tanto, de estar delante de la televisión, durante horas y horas, para ver quien mete más goles o llega más lejos lanzando lo que tienen a mano. Me parece una enorme pérdida de tiempo.

No entiendo, además, por qué un deportista cuando gana una medalla, sea del metal que sea, se tienen que envolver en la bandera de su país e ir por ahí lanzando gritos y haciendo el indio, mientras que el resto de sus conciudadanos, o una minoría gritona, tiene que secundar ese grito y esos epilépticos espasmos. Ni entiendo por qué todo un país se tiene que alegrar por semejante triunfo. Ante estas absurdas demostraciones, sin el más mínimo interés, devolvería ahora la pregunta que tan necia e insistentemente se me ha hecho cuando he dicho, por ejemplo, que me dedico a estudiar latín. Me preguntaban entonces lo que yo pregunto ahora: ¿Y eso para qué sirve? Bien, fulanita y zutanita han ganado una medalla cada una, o media docena, las que quieran. ¿Y ha servido eso para que a los políticos que tenemos que sufrir les entre un poco de sentido común? Parece que no. Les ha servido los Juegos Olímpicos, desde luego, para que durante unas semanas no se hable de lo inútiles y necios que son. ¿Han servido, por el contrario, para acabar con la corrupción y sacar a la ética de esta gente de las cloacas? No hace falta contestar.

A mí las tales medallas olímpicas me dejan totalmente indiferente. Bien es sabido que, para el común de los mortales, tal indiferencia puede pasar por una falta total de patriotismo. Es posible. Ahora bien, todo depende de cómo definamos este. Patriotismo puede ser, por ejemplo, haberse leído a don Francisco de Quevedo, a don Juan de Zabaleta, a los hermanos Valdés, a Fernando de Rojas, a Joanot Martorell, a Bécquer, a Rosalía de Castro y a un largo etcétera que no hace falta mentar. Este pretendido patriotismo cuesta más esfuerzo que el de gritar y saltar cada cuatro o cinco años. Las medallas o los fracasos, pues, de los Juegos Olímpicos, que hace tiempo que dejaron de ser olímpicos, me ha dejado totalmente indiferente. Igual de indiferente me deja que un equipo de fútbol gane la liga o la pierda.

No me deja indiferente, querido Plinio, leer tus textos, o los de otro autor cualquiera, y no entenderlos. Y con esto veremos una de las muchas utilidades del latín.

Más de una vez he dicho que cuando leo a los historiadores, a Tito Livio, a Salustio, o cualquier historia de Roma; y los senadores, en esos textos, en medio de un inminente peligro, con más o menos patetismo, invocan a la patria, a la sagrada Roma y a sus sagrados templos, en realidad no hacen más que defender sus sagrados intereses, presentándolos, eso sí, como si fueran intereses de tipo general, que no lo son. La patria siempre ha sido el cortijo de unos pocos por el que han tenido que morir muchos. Es interesante estudiar la historia, más que ver retransmisiones de juegos olímpicos, y hacerlo con desapasionamiento. Enseña bastantes cosas. Muy curiosas algunas de ellas.

No ha dejado, pues, de llamarme la atención que, últimamente, tras dos elecciones y un abultado número de días con un absurdo gobierno en funciones, algún que otro partido no haga sino invocar a la patria, a que esta se va a hundir si no se toman medidas drásticas, lo cual quiere decir que hay que pactar, pues ningún partido tiene la suficiente fuerza como para gobernar por sí mismo. Pero pactar, ¿qué? ¿y con quién? ¿y para qué?

El partido en el gobierno, y algunas de sus vacías cabezas, tras dos mayorías absolutas en el poder, se creyó que era poco menos que el Rey Sol. Durante esas dos legislaturas absolutistas no habló con los otros partidos, representantes legítimos de una parte importante del pueblo, ni para darle los buenos días. Hizo lo que le dio la gana. Y como nadie lo podía controlar, dejó que la corrupción campara a sus anchas, pues eso le permitía seguir ganando más y más elecciones, entre otras cosas. Ahora nadie quiere pactar con ese gobierno; y el presidente en funciones, ya resulta patético, no hay vez que no aparezca en la televisión que no recuerde a un parvulito de un jardín de infancia con la nariz llena de mocos: llora porque el resto de los niños no lo juntan, ni lo dejan ser jefe de la tribu. Ya ni las amenazas de la “seño” tienen efecto.

El enfado del Rey Sol ha sido tal que ha hecho caer, por si no lo eligen a él, las próximas elecciones en el día de Navidad. Hace falta ser miserable.

Dicen que ningún partido político quiere unas terceras elecciones. No sé porqué. Puede ser divertido ir a votar el día de Navidad, o formar parte de una mesa electoral en tan señalado día. ¿Los políticos pueden ser llamados para estos menesteres? Deberían dar ejemplo. Sea como fuere, uno de los partidos se ha puesto a negociar con el Rey Sol, o sus representantes, invocando, cómo no, el bien de España. Lo que se esconde tras ese bien de la patria, después de tantas mentiras, dichos y contradichos, es el miedo a desaparecer como fuerza política, por irrelevante, en unas terceras elecciones. Ya tenemos aquí, querido Plinio, a los viejos senadores romanos defendiendo su domus et hortus.

Me cuenta un buen amigo que algunos partidos, y tal vez sea una excusa, no quieren pactar con el Rey Sol por cuanto simboliza la corrupción llevada a su punto álgido. El partido del Rey Sol está corrompido hasta la medula. Por eso ha forzado a su único oponente negociador a redefinir lo que es la corrupción, para ver si se podía escapar por algún agujero, o, como mínimo, salvar a alguno de los suyos por este o aquel resquicio. Y así se han metido en una discusión tan necia como absurda: ¿Qué es la corrupción?

Creo que una buena parte de nuestros políticos estudiaron derecho. Pero claro, el Derecho Romano parece que ya no forma parte de los estudios actuales. Tampoco el latín, por supuesto, ni el griego. Y no leen. Arriba tienen un fragmento de una carta tuya traducido. ¿Es corrupción dejar un acueducto a medio terminar, haberlo hecho con materiales de mala calidad, y haber huido con el dinero de su coste? Imagino que como se trata de Nicomedia, todo el mundo estará de acuerdo en que sí, es corrupción. Nicomedia queda lejos, y no tiene coste político lo que opinemos sobre ella. Ninguno de los nuestros está implicado en el dichoso acueducto de Nicomedia.

Este mismo buen amigo también me informa de que el otro día, en una tertulia en la televisión, un contertulio, que besa la mano que le da de comer con mucha devoción, decía, cuando comenzaron a plantearle la gran cantidad de obras que el gobierno del Rey Sol ha dejado inacabadas, o se han hecho con la finalidad de embolsarse dinero, decía, repito, que el gobierno muchas veces hace las cosas lo mejor que puede, y siempre con la mira puesta en el bien público, pero claro, a veces se tuercen las buenas intenciones. Una pena, que este personaje y otros como él, se dediquen luego a atacar a los alcaldes populistas porque, según ellos, tienen las ciudades llenas de basura y dejadas de la mano de Dios. ¿Eso no se hace por el bien público? Viendo las toneladas de basura, tal vez la gente aprenda algo de educación y comience a utilizar las papeleras, cosa que dudo, en ambos casos.

Por lo tanto, querido Plinio, como puedes ver y observar, el que deportistas de mi país ganen o dejen de ganar medallas olímpicas, a mí no me sirve de nada. No me es útil. Estudiar latín, por el contrario, me ha servido para conocer algo de historia y algo de literatura, y saber lo que es o no corrupción e impedir que me tomen el pelo. Por supuesto que no hacía falta ir tan lejos como a Nicomedia. Sobraba con consultar cualquier diccionario escolar. Véase la entrada corruptio o el verbo corrumpo. O lo que significa el brazo incorrupto de un santo o santa, al que se aclaman los corruptos en la hora de su muerte. Creo que está claro, lo demás son sofisterías y llenarnos la boca con el sagrado nombre de la patria cuando lo que queremos es salvar nuestro campo y nuestro burro. Que los dioses se apiaden de nosotros. Vale.







Etiquetas:   Juegos Olímpicos

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