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Esto
implica un pequeño problema: ella va arriba en todas las encuestas y es la que
tiene más posibilidades de ganar en noviembre, aun y cuando haya indicios de
que Trump tiene posibilidades de repuntar y ganar la elección. Lo vemos muy
difícil aunque los norteamericanos tengan fama de masoquistas, incluso.
La
situación para nuestro país después de lo sucedido es muy difícil ante nuestro
socio comercial más importante. Compromete muy seriamente cualquier margen de
negociación y manda señales confusas a los inversionistas extranjeros. El
problema planteado por Starndard & Poors (S&P) de “debilidad
institucional” parece haberse confirmado con la visita/invitación de Donald
Trump.
Además,
abre la puerta a suspicacias: parece una especie de revancha (de pésima
categoría) del gobierno mexicano hacia Obama y Hillary Clinton por los
constantes desaires y agravios que han hecho al presidente Peña Nieto y su
gobierno a través de la prensa afín a los demócratas. Recuerde lo que sucedió
en Canadá, cuando Obama le enmendó la plana respecto de lo que es ser un
“populista”. Al parecer, el equipo cercano al presidente Peña Nieto se lo ha
tomado personal y con esta acción han buscado golpear a los demócratas. Es una
suposición muy audaz, que implica una gran dosis de “teoría de la conspiración”;
sin embargo, no es descabellado el asunto. Más, si analizamos que fue Videgaray
el encargado de fraguar este encuentro y dejaron al margen a Claudia Ruíz
Massieu, Osorio Chong, y al embajador de México en Estados Unidos, algo que
terminó por fracturar al gabinete. Le recomiendo el artículo de Raymundo
Rivapalacio del viernes 02 de septiembre.
http://www.elfinanciero.com.mx/opinion/trump-y-la-crisis-del-gabinete.html
Ante
esta compleja y confusa situación, ¿Podrá el gobierno mexicano desagraviar a la
señora Clinton? La cuestión es relevante, entre otras cosas, por el impacto que
una mala química con la abanderada demócrata podría traer en nuestra relación
comercial con Estados Unidos. Tengan en cuenta que ella no es simpatizante del
Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) y la cuestión viene de
tiempo atrás.
El
matrimonio Clinton tiene un asunto con el NAFTA: nunca les ha gustado y por
ello nunca han asumido su paternidad. Hillary traerá muchos dolores de cabeza
para México con el TLC, muchos más de los que podría provocar Donald Trump. La
razón es muy poderosa: la señora Clinton conoce mucho mejor las tripas del
acuerdo comercial que el candidato republicano y sabe dónde apretar para que
duela.
Las
malas vibraciones de los Clinton hacia el NAFTA vienen de la década de los 90.
Hay que recordar que la primera versión del acuerdo fue negociada por el
expresidente Bush, antecesor de Bill Clinton. Éste se encontró con la
complicada tarea de tomar una decisión respecto de un acuerdo que había sido
negociado por la élite republicana. Su decisión fue pragmática: lo aprobó con
reservas. Entendió las ventajas económicas que traía para su país, pero sabía
de la molestia que provocaba entre los trabajadores sindicalizados de Estados
Unidos. Ellos son uno de los pistones que mueven la maquinaria electoral
demócrata y “socios” del matrimonio Clinton en su operación política.
En el
contexto del 2016, Donald Trump se ha llevado los reflectores por la
estridencia de sus declaraciones en contra de los mexicanos y el acuerdo
comercial. Quizá por eso, hemos pasado por alto que Hillary Clinton tampoco
quiere el TLCAN, en los términos que ahora está.
Cuál es
el problema, si México está dispuesto a renegociar el acuerdo. Eso lo ha dicho
la canciller, Claudia Ruiz Massieu. La cuestión es tan simple como endiablada:
las cosas que Estados Unidos quisiera cambiar no son, necesariamente, las que
México desea modificar. En el fondo, está el asunto de cómo se reparten
geográficamente los beneficios del comercio bilateral, incluyendo la creación
de empleos y el desarrollo de clústeres industriales. Es seguro que vendrá una renegociación.
Del otro lado de la mesa, con toda probabilidad estará la señora Clinton.
La
situación no es nada sencilla. Y debemos entender la posición de los Clinton,
precisamente a la luz de lo que es ser un populista: son afines a los
sindicatos, a los jóvenes sin empleo, a la clase media que no tiene trabajo, al
grupo poblacional de más edad que tampoco tiene un trabajo bien remunerado y
quienes ven en la globalización la causa de sus problemas. Es decir, los
norteamericanos que son los verdaderos perdedores de la globalización que se
han visto afectados por los inmigrantes latinos (en su mayoría mexicanos) y que
debido a la crisis inmobiliaria de 2008 y a la desaceleración económica de años
recientes, no han visto sus bolsillos mejorar. Otro apunte no menor: los
demócratas son por naturaleza afines o consustanciales a Andrés Manuel López
Obrador y no a la derecha recalcitrante y retrógrada mexicana. Algo que
detestan que critican abiertamente del presidente Peña Nieto y del PRI de esta
generación.
En este
contexto, no es una casualidad que en el ánimo de los demócratas, entre ellos
los Clinton, haya un abismo del tamaño del Océano Pacífico en cuanto a sus
posturas políticas. Eso es lo que está en el centro del debate y lo que al
final de cuentas nos deja este affaire entre Donald Trump y Enrique Peña Nieto
y su equipo más cercano.
Sin
duda, hay alguien que está más enojada que usted con la invitación a Donald
Trump: se llama Hillary Clinton. Esto implica un pequeño problema: ella va
arriba en todas las encuestas y es la que tiene más posibilidades de ganar en
noviembre.
@leon_alvarez