.cl/2011/05/23/hidroaysen-una-verdad-incomoda/">columna de Central Energía, Daniel Walker expuso algunas
razones contundentes para apoyar Hidroaysén. Resumiendo burdamente, la tesis
del mal menor. Hasta hace no mucho, yo adhería a la misma idea. Pero cada vez
me surgen más dudas.
Veamos. Las tres alternativas para generar energía masivamente son la
hidroelectricidad, la termoelectricidad y la energía nuclear. Las ERNC por si
mismas difícilmente podrán aportar el grueso de la base del crecimiento en los
próximos 10-15 años. Más adelante, es otro cuento.
Dado que la primera unidad del complejo hidroeléctrico estaría entrando en
operaciones en torno a 2021, se descarta la energía nuclear, ya que aún cuando
Chile decidiera implementarla, no la tendría disponible a tiempo para que sea
una alternativa a Hidroaysén. Y terminamos con el dilema: hidroelectricidad vs
termoelectricidad.
¿Cuáles son las 3 razones que menciona Hidroaysén en su campaña para
posicionar su proyecto? Limpia. Renovable. Chilena. Vamos punto por punto.
La hidroelectricidad efectivamente es limpia en comparación con las
alternativas, aunque emita millones de toneladas por descomposición de materia
vegetal. Y más encima, entre las exigencias que se le hizo al proyecto en la
Comisión de Evaluación se cuenta la tala de los árboles en los sectores a
inundar, justamente para prevenir este efecto. En contraposición, es conocido
el efecto que han tenido las centrales térmicas en lugares como Puchuncaví.
Sin embargo, es evidente que unidades construidas hace más de 40 años no
son comparables a una unidad de última generación. No lo son por el cambio
tecnológico, avance que se puede hacer análogo al consumo de un automóvil de
los años 60 con un modelo del último salón del automóvil. Y no lo son por el
cambio mentalidad, esa que en la década del 60 no se preocupaba las emisiones
locales y no conocía el concepto de los contaminantes globales, y hoy ha
impulsado una nueva norma de emisiones termoeléctricas que levanta las
exigencias al nivel de algunos países europeos, si bien aún es perfectible. Y
es posible, incluso probable, en vista de las masivas expresiones ciudadanas en
torno a la nueva sensibilidad ambiental, el ingreso a la OCDE y los crecientes
niveles de bienestar económico de Chile como país, ésta se haga aún más
estricta hasta 2017, año en que tendría que comenzar la construcción de la
central termoeléctrica que reemplace el primer embalse de Hidroaysén. Con
tecnología de 2017 (léase con tintes futuristas). Incluso no se puede descartar
que ante las nuevas exigencias ambientales, la irrupción del shale gas y los
esfuerzos del gobierno por liberar el acceso a los terminales regasificadores
las unidades de Ciclo Combinado, ambientalmente mucho más amigables que las
unidades a carbón, vuelvan a ser competitivas.
Quedaría el tema de las emisiones de CO2. Actualmente existen tecnologías
para la captura y almacenamiento de carbono (CCS). Pese a los grandes esfuerzos
que los países industrializados le están dedicando, aún no son comercialmente
viables. Sin embargo, para 2021 puede que lo sean. O en algún momento
posterior. La tecnología puede ser implementada en una planta operativa,
análogamente a la instalación de filtros. Hoy es difícil que persona alguna se
aventure a ponerle fecha a la implementación masiva del CCS. Pero al menos,
estos párrafos sirven para poner en entredicho la ventaja en cuanto a limpieza
de la hidroelectricidad por sobre la termoelectricidad en la próxima década.
Vamos al segundo punto. Renovable. Tampoco voy a poner en duda la calidad
de renovable de la hidroelectricidad. Sin embargo, la acumulación de sedimentos
en la presa le pone un horizonte al tiempo que éste puede operar. La vida útil
difícilmente podrá superar los 100 años. Dada la abundancia de carbón en el
mundo, es difícil que las reservas se extingan a tiempo como para calificar el
concepto de renovable como una ventaja del agua por sobre el carbón. ¿Cuál
sería la relevancia desde el punto de vista económico del hecho de no ser
renovable, si no hay escasez?
Y el tercer punto. Chileno. Aquí el gran argumento es la dependencia
energética de Chile debido a la importación de combustibles fósiles. Sin
embargo, la aprobación del proyecto Isla Riesco, si bien está lejos de resolver
este punto, lo alivia para la generación a carbón. Las 7 unidades de 350 MW que
se requieren para reemplazar Hidroaysén consumirían anualmente del orden de 6
millones de toneladas de carbón. El mismo nivel de producción que pretende
alcanzar Mina Invierno, uno de los yacimientos de Isla Riesco. Y con ese nivel
de producción, las reservas de 240 millones de toneladas alcanzan para 40 años,
o sea, cercano a la vida útil de una unidad a carbón. Más allá de las emociones
que a uno le pueda provocar el proyecto Isla Riesco, el hecho de su aprobación
debilita el argumento ventajoso del agua como recurso natural frente al carbón.
Finalmente, hay otro punto que se utiliza como fuerte argumento en favor de
Hidroaysén: es económico. Y efectivamente, considerando una inversión de 7.500
millones de US$ entre centrales y línea, el costo de desarrollo del proyecto
resulta del orden de 40 US$/MWh. Esto es muy económico. Pero para sus
impulsores. No olvidemos que en la reciente licitación de suministro eléctrico,
Endesa, el primer generador hidroeléctrico del país y controlador de
Hidroaysén, se adjudicó bloques en más de 90 US$/MWh, y Colbún, el segundo
generador hidroeléctrico y otro socio del proyecto, ni siquiera presentó
oferta. ¿A qué voy con esto? Que mientras el marco regulatorio del sector
eléctrico se mantenga inalterado, bajos costos de producción no necesariamente
implicarán bajos precios.
Al fin y al cabo, Hidroaysén es un proyecto muy relevante, pero carga con
el peso de expectativas desmedidas. La eventual eliminación de la pobreza no se
le podrá atribuir a su realización como tampoco se podrá culpar la persistencia
de ésta si no se llegara a construir. Eso tiene que ver con cosas más profundas
como la distribución del ingreso. No se va a deber a Hidroaysén si bajan los
precios de la energía como tampoco se podrán achacar futuros períodos de
estrechez a la ausencia del proyecto. Eso va a depender de la posibilidad de
implementar una política energética con planificación de largo plazo.
¿Qué quiero concluir? Creo que la hidroelectricidad es un recurso que Chile
debe explotar, a toda escala, integrando los mejores estándares ambientales en
el diseño. Pero en el caso particular de este proyecto, es complejo concluir si
lo anterior se cumple y anticipar si Hidroaysén, sumando y restando, resultará
a la larga conveniente para Chile. Pero ante la gran incertidumbre e
irreversibilidad de la decisión, vale la pena sopesar la termoelectricidad bajo
la siguiente mirada: una alternativa transitoria a desarrollar mientras maduran
otras alternativas tecnológicas, la que, bien ejecutada, puede suponer un
compromiso balanceado entre los diferentes argumentos que impulsan la
discusión. Y contar con esa alternativa, una termoelectricidad no satanizada,
ciertamente le pondrá presión a Hidroaysén para lo que viene: diseñar una línea
de transmisión con el menor impacto posible y hacer los máximos esfuerzos para
no tener dos líneas paralelas por no haber llegado a acuerdo con Energía
Austral.
Por Renato Valdivia, cofundador y editor de Central Energía.