. Plinio,
Cartas.
Ludovicus
Plinio suo salutem plurimam dat. He
de confesarte, querido amigo, que cuando leí estas palabras tuyas en
una de tus cartas, regresé, casi automáticamente, como le pasó a
Proust con la magdalena, a una olvidada parte de mi dilatada vida. A
aquella en la que, con un grupo de amigos y conocidos, pasaba las
tardes enteras, fumando y tomando cafés, en cualquier bar donde
discutíamos, durante horas y horas, sin llegar jamás a ninguna
conclusión, si el hombre es bueno por naturaleza y la sociedad, es
decir los otros hombres, lo corrompen o no. O si este nace ya
corrupto o bueno. Allí había opiniones para todos los gustos: unos
creían en el destino, y se sabían ya predestinados para ser de una
forma o de otra; otros no pensaban nada porque el problema, decían,
era irresoluble y, además, no nos conducía a nada; y los más,
influidos por lo que en aquella época entendíamos de marxismo y de
dialéctica, creíamos que todos nacemos iguales, y que son nuestras
actuaciones, nuestra situación social, y la interacción con los
demás, los que nos van haciendo de una forma o de otra. Como puedes
ver, y aunque los resumo, había para casi todos los gustos.
Se
logró un cierto consenso al decir uno de aquellos compañeros que
ser bueno o malo, por poner dos ejemplos un tanto burdos, no se
consigue de golpe, y por nacimiento. Se logra, por el contrario, poco
a poco, con pequeñas decisiones que, a veces, consideramos erróneas,
lo cual nos hace cambiar de forma de actuar: y así tenemos que una
misma persona puede ser y actuar de una forma u otra, según las
circunstancias, o lo que ha juzgado como erróneo y que no debe
volver a cometer; y, también, según el humor o las personas con las
que se rodee en el momento. Ahora bien, ¿es posible que se dé el
caso de que una persona yerre, y en vez de corregir su error,
emprenda eso que se ha dado en llamar una huida hacia delante? Si es
así, esta persona va amontonando errores sobre errores. Y puede
suceder que en un momento de su vida todo se vuelva en su contra, o
que se muera odiando al mundo entero por culpa de toda una vida
cuajada de decisiones erróneas. Y surgía entonces la otra pregunta:
¿Tan difícil es rectificar? ¿Hasta qué punto una persona es capaz
de ver y percibir sus propios errores?
No
tuvimos en cuenta, en aquellos momentos, quizás por la poca
relevancia que les dábamos, a los maestros y profesores que nos
enseñaban, y que, de alguna forma, nos educaban. Y menos todavía a
nuestros padres de quienes necesitábamos distanciarnos. No obstante,
no le falta razón a Juan Luis Vives cuando dice aquello de
“desgraciado aquel que no tiene quien lo amoneste cuando lo
necesita”.
Cierto
es, no obstante, que había compañeros en aquel grupo que le daban
importancia, y mucha, a la educación, al ambiente que cada uno
respirábamos en nuestra propia casa, a los padres, a los familiares,
a los profesores y a los amigos. Pero eso nos llevaba a otro problema
no menos acuciante e interesante: ¿Cómo es posible que de los
mismos padres surjan hijos tan dispares? ¿Un Caín y un Abel por
ejemplo? Y a partir de ahí también nos veíamos en la necesidad de
definir el bien y el mal. ¿Era culpable Caín de su crimen? Todos
estaban de acuerdo en que sí: Caín, como todos nosotros, tenía
libre albedrío, así que podía haber escogido no matar a su
hermano, alejarse de él, olvidarlo y no derramar sangre. No lo hizo.
Mató, por el contrario, a su hermano. Y para mis compañeros ahí se
terminaba el problema: él había escogido ser un asesino. Para mí
no se terminaba nada, comenzaba otro planteamiento.
Me
llamaba la atención, y mucho, que un dios tan terrible y vengativo
como el de la Biblia dejara irse, sin más, al primer homicida de la
historia. ¿Y por qué? Cuando perdí el miedo a blasfemar, pensé
que dios, en el fondo, se sentía culpable por lo que había
sucedido. Culpable por mimar y preferir al boquirrubio que pasaba el
día tumbado a la bartola en tanto engordaban sus ovejas sin que él
se tomara ninguna molestia ni trabajo. Caín, por el contrario,
trabajaba de sol a sol, y con qué herramientas, para sacar una mala
cosecha de una tierra árida e ingrata. Es lógico que lo bueno del
campo se lo quedara para él y para su familia, y le ofreciera a
aquel dios que lo estaba matando a trabajar las espigas menos
jugosas, y que, al fin y al cabo, no las necesitaba. Por eso, Abel,
por un inútil mantecoso cordero sacrificado, fue el preferido de
dios, y por eso surgieron los celos, y de los celos vino la quijada
del burro y la sangre derramada. Siempre he creído que dios se
sintió parte de la culpa de aquel asesinato, y que por esa culpa
dejó escapar a Caín sin ningún castigo. Pues lo que le dice de que
irás errante por el mundo, etc, etc., no son sino palabras sin
ningún sentido.
Esta puntualización, por mi parte,
nos llevó a plantearnos si no serían los padres, también, parte
del problema, pues sabido es que, a veces, se inclinan por unos o por
otros de los hijos, lo cual va encendiendo un cierto rencor en quien
se siente, o se cree, desplazado. Ahora bien, demasiado a menudo se
han visto casos de padres ejemplares que han tratado a los hijos con
idéntica consideración; y, sin embargo, cada uno de los hijos ha
salido distinto. Tan distintos, a veces, como el día y la noche.
¿Por qué sucede esto?
Siempre
me ha llamado la atención, por otra parte, aunque relacionado con el
tema del que estamos hablando, que con dos ojos, dos orejas, una
boca, una nariz, un poco de pelo y unas cejas, se puedan conseguir
hombres y mujeres tan diferentes entre sí, tanto que, salvo raras
excepciones, es casi imposible confundir a unos con otros. Y somos
millones de personas. Algo similar sucede con la voz. ¿Es posible,
pues, que los comportamientos sean tan dispares como nuestra
apariencia física? Nuestras apariencias, sin embargo, no son
contrarias, aunque sí distintas.
Tal vez en el fondo no seamos tan
distintos como nos imaginamos. Salvo contadas excepciones. Es posible
que el ser dispares, en las actuaciones, se deba a que cada uno de
nosotros cree que la felicidad está en un lugar determinado que no
coincide con la de los otros, aunque también es cierto, al final
podemos agrupar a los hombres por muchas causas, de muchos modos y
muchas maneras. Y las disimilitudes se reducen a muy pocas: el día y
la noche, el verano y el invierno, lo blanco y lo negro... Pero
también a considerar estas parejas como la continuación uno del
otro. Es decir: que el día y la noche es lo mismo, como quería
Heráclito, o que son necesarios los contrarios, pues sin ellos no
habría, cambio, mutación ni avances y retrocesos.
La
solución de Heráclito nos parecía bien para la filosofía; pero a
nosotros nos interesaba la acción cotidiana del hombre. Y ahí
seguía sin explicarse el comportamiento dispar de las personas.
Siguiendo el razonamiento de uno de los compañeros, se entendía,
hasta cierto punto, que un persona de clase inferior, en el siglo
XIX, se enrolase en el ejército y luchase defendiendo los intereses
de una clase social que no era la suya: el ejército era la única
forma de promoción que tenía. Sí, pero ¿por qué en caso de
guerra pueden llegar a enfrentarse pueblos contra pueblos que ni
siquiera se conocen y en nada se han molestado? ¿Ningún soldado
francés se percató de que no tenían ningún derecho a invadir
Rusia con Napoleón? ¿Ningún soldado alemán se percató de las
salvajadas que estaban haciendo sus superiores? Quizás lo hicieran,
pero ¿cómo sublevarse contra una situación así? Tal vez la más
mínima protesta lo hubiera llevado al paredón de fusilamiento, y no
formando parte del pelotón, sino siendo el blanco de este.
Hay
personas, en la misma familia o en la misma ciudad, que viven
preocupados por cuanto sucede a su alrededor. A otros la vida siempre
los coge por sorpresa. Bien es verdad que es una desgracia estar
todos los días preocupándose por el senado y por el imperio romano.
Pero es que, ni aun así, se logra nada. Ambos personajes, como ha
sucedido a menudo, pueden acabar luchando contra el mismo enemigo,
que no es suyo sino de las élites que se han enfrentado. Y de esta
forma llegábamos al punto crucial: ¿qué hace que un proletario
defienda, a sangre y fuego, a un burgués? ¿Cómo una persona puede
luchar contra sus propios intereses? ¿Por qué cada uno ve la
felicidad en un lugar distinto aun en contra de él mismo? ¿Por la
pereza a pensar?
Nunca,
querido amigo, llegué a ninguna conclusión válida. Quizás porque
son muchos los factores que influyen en esa elección de la felicidad
o del camino que, creemos, ingenuamente, que nos lleva a ella. O
quizás, y vuelvo a Grecia, porque se necesita lo dispar. También he
pensado a menudo que aquellos jóvenes, con nuestras absurdas y
necesarias discusiones formábamos un grupo tal vez más pretencioso
que preocupado. No obstante, un día se me ocurrió pensar que lo
mejor hubiera sido que Caín se fuera de su pueblo, sin prestar
atención a su hermano, ni al dios que lo sustentaba. Quizás hubiera
sido mejor para todos por mucho que se predique que huir es cosa de
cobardes. Tal vez; pero, y en contra del senado romano y tal vez
tuyo, creo que vale más un cobarde huyendo que una guerra declarada
por muchos valientes. O que, como dijo Erasmo, la peor de las paces
es preferible a la mejor de las guerras. Estoy intranquilo. Ya sé
que disentimos. Qué le vamos a hacer. Vale.
Miserum
illum, qui admonitorem cuum eget, non habet.