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Con la aparición del DSM-III la
fobia social se definió como el miedo
excesivo a ser observado por parte de otras personas en una actuación pública,
dando lugar a síntomas parecidos a la angustia (p.ej., palpitaciones cardiacas,
enrojecimiento, sudoración, temblor) generando un intenso malestar. Esto hace que las personas con este trastorno se pongan
todavía más nerviosas ya que piensan que los demás se están dando cuenta de lo
que les sucede. Debido al temor que
tienen a hacer el ridículo ante otras personas y a la aparición de los síntomas
antes descritos, los pacientes evitan las situaciones sociales incómodas para resolver el
problema. Estas conductas de evitación terminan aislando a los pacientes e
impidiéndoles llevar a cabo una vida social, laboral e incluso familiar normal. Para que el diagnóstico de fobia social sea
completo se exige que el paciente reconozca que sus temores son exagerados e irracionales.
La
fobia social puede abarcar múltiples situaciones sociales desencadenantes
(fobia social generalizada) o situaciones sociales muy concretas (fobia social
específica). La primera de ellas (fobia
social generalizada) es considerada más grave, presentando los pacientes más
síntomas de ansiedad, depresión y conductas de evitación que los pacientes con
fobia social específica. La fobia social generalizada se suele dar en personas
con timidez en la infancia, mientras que la fobia social específica aparece más
en personas que han experimentado alguna situación traumática. La fobia social
generalizada tiene frecuentemente un alto carácter familiar, no siendo raro que
la padezca alguno de los progenitores o familiares cercanos. Esta enfermedad
afecta aproximadamente a un 10% de la población, aparece frecuentemente en la
adolescencia y afecta por igual a ambos sexos.
La fobia social no es lo mismo que la timidez. La timidez se diferencia de la fobia social en que es más
leve, no afecta a todas las relaciones de la persona, y la repercusión sobre la
vida del sujeto es menor o insignificante. Los sujetos tímidos pueden llevar una vida
dentro de la normalidad, aunque tengan algunas dificultades de relación que no
llegan a interferir en su vida cotidiana. Por el
contrario, los fóbicos sociales no pueden llevar una vida normal, tienen
grandes dificultades en los estudios, en el trabajo, en su relación con el sexo
opuesto, con personas poco conocidas etc. Su vida se ve tremendamente afectada.
Los pacientes con fobia social, pueden
presentar con frecuencia otros síntomas como son la depresión mayor, el
trastorno de angustia, la agorafobia y trastornos de la conducta alimentaria. La
fobia social es un trastorno que mejora con los tratamientos psicoterapéuticos
así como farmacológicos, pero su desarrollo escapa a la extensión de este
artículo.
A continuación vamos a describir brevemente un
caso clínico de una paciente con fobia social, que por desgracia, pasó muchos
años sin ser diagnosticada ni tratada.
María es una mujer madrileña de 41 años que ha
sido derivada al psicólogo por su médico de familia desde su centro de salud.
María es costurera en paro, soltera y vive con sus padres. El motivo por el que
consulta es el siguiente:
“Me pongo muy nerviosa delante de la gente.
Desde pequeña me costaba relacionarme con otras niñas pues pensaba que se
burlaban de mí. Nunca me sentí aceptada. He rechazado algunos trabajos por
evitar relacionarme con otras personas. Me da miedo la gente y que se den
cuenta de lo que me ocurre…”.
La sintomatología actual de María es mostrar
síntomas de ansiedad cuando tiene que relacionarse con personas no pertenecientes
a su ámbito familiar. En estos casos presenta sudoración, temblor y
enrojecimiento facial. Dado el malestar que siente intenta evitar estas
situaciones. Considera que este miedo es excesivo y le supone una importante
limitación en sus relaciones y vida laboral. A consecuencia de todo esto
presenta además síntomas depresivos.
María
es la mayor de dos hermanas. Tiene una buena relación con su familia. Vive con
sus padres a los cuales describe “mi padre es poco hablador, sale poco de casa
y siempre he tenido una buena relación con él. Mi madre es muy buena conmigo, está
muy pendiente de mí, pero creo que nunca quiso darse cuenta de mi problema”.
María se describe así: “miedosa y tímida desde siempre, nunca he tenido amigas,
todos los niñas del barrio se burlaban de mí, por ser fea y bajita, en clase me
bloqueaba y no podía hablar, y se reían de mí…, no soy capaz de mirar a los
ojos de la gente. Cuando tenía 25 años salí con un chico durante un tiempo, y nos
llevábamos bien, aunque yo no le gustaba mucho y un día me dejó sin explicación
ninguna. Más tarde salí dos meses con otro chico, que también me dejó, después
de eso ya no he tenido pareja”
Estudió
con malas notas hasta 8º de EGB, trabajó varios años como costurera en un
taller que cerró hace unos años con la crisis y en la actualidad está en el
paro. Cuenta una situación, a los 14 años, dónde unos chicos del barrio se
burlaron de ella y comenzó a sentir palpitaciones, sudoración, temblores y
sensación de que la faltaba el aire, lo que provocó aún más burlas en los
chicos. Podemos considerar que en ese momento se inicia la verdadera fobia.
Fue tratada en varias ocasiones “con pastillas
para los nervios” que no recuerda con mejorías parciales y poco duraderas. Hace
unos meses una prima la convenció para que fuera de nuevo a su médico de
cabecera, el cual la aconsejó ir al psicólogo, donde ha iniciado recientemente
tratamiento psicoterapéutico, además de tratamiento farmacológico.
Probablemente alguno de los lectores
se sienta reflejado, al menos parcialmente en la historia de María y pueda
pensar que padece una fobia social. En un próximo capítulo pondré a disposición
de los lectores una herramienta para que ellos mismos puedan evaluar su
situación personal.Nuestro Psicólogo en Madrid