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Cartas a Plinio (el Joven) VIII


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25/08/2016

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Es de lo más útil, y muchos lo han aconsejado antes que yo, traducir del griego al latín o del latín al griego. Con este tipo de práctica, se llega a conocer el verdadero significado de las palabras y toda su belleza, se domina la riqueza de las figuras del estilo, se alcanza la capacidad de exponer adecuadamente cualquier asunto, y además, por la imitación de los mejores modelos, se adquiere una fertilidad creativa tal que puede producir obras semejantes a las suyas. Asimismo, todas aquellas cualidades que pasan desapercibidas al lector, al traductor no se le escapan. Con ello se obtiene sentido crítico y buen gusto.


Plinio, Cartas.

Ludovicus Plinio suo salutem plurimam dat. ¡Ah, mi querido y buen maestro! ¿Por dónde empiezo para comentar estas bellas palabras tuyas? Se me agolpan tantas ideas en la cabeza que no sé si no sería mejor, dejar estar el artículo y marcharme a pasear, cosa que no me apetece mucho: hace demasiado calor, y cada día soporto menos los rayos del sol. Volvamos, pues, a nuestro asunto. Creo que tal vez lo mejor para comentar tus palabras sea comenzar por contar una pequeña anécdota. No sé si fue ayer, o hace un par de días, a un grupo de ociosos y aburridos turistas se les ocurrió gastar una broma que, dados los tiempos, puede tomarse por una broma pesada o una gamberrada en todo el amplio sentido de la palabra. Reunidos en un punto determinado, esos turistas comenzaron a correr gritando como si huyeran de un enorme peligro. Con el miedo en el cuerpo por los recientes atentados de Francia, Bélgica y Alemania, y, temiendo lo peor, la gente, que estaba en bares y terrazas, por mimetismo se levantó y comenzó a correr como alma que lleva el diablo. Muchos aprovecharon el tirón para irse sin pagar de las terrazas en las que estaban tomando cervezas y refrescos.

En una carta anterior ya te conté un par de bromas que gastaron en un pueblo, donde viví, la noche que se celebraba el toro embolado1. Recuerdo que aquella hazaña, y con diversos tonos de voz, fue muy comentada en el pueblo a la mañana siguiente. Unos y otros la definían como una gamberrada, un animalada o una salvajada, dado el contexto en el que se produjo. Pues bien, ahora tenemos una nueva palabra, proveniente del inglés, para definir semejante situación. Comprendo, querido Plinio, que nuestro periodistas tiren mano del inglés a dos por tres, pues pocos idiomas hay tan pobres de literatura y de vocablos como el nuestro. Y poca gente tan dada a leer como aquella que vive de una pretendida escritura. Ya se sabe: en casa del herrero, cuchillo de palo.

La palabra utilizada, ahora, para definir la gamberrada de los turistas, ha sido la de flashmob. No cabe más precisión. Aunque a mí me hubiera parecido más gráfico utilizar expresiones como una desbandada de descerebrados siembra el pánico... Unos gamberros, corriendo y gritando, atemorizan... y así podría continuar poniéndote más y más ejemplos. Y todos, como puedes ver, en este idioma que deriva directamente del tuyo. Y no hago esto porque yo sea más inteligente que los periodistas o me haya educado en un colegio de pago sino todo lo contrario. Es curioso cómo cambian las cosas.

No voy a traicionar el pacto que hicimos de no contarnos nuestras respectivas vidas, cosa que, al parecer, nos molesta a ambos. Pero sí te diré que, por unas cosas y otras, económicas y sentimentales, bien joven, un niño todavía, terminé en un seminario de frailes franciscanos. Me sacó mi madre de allí al cabo de un año porque se percató de que se quedaba sin hijo. Una vez, que vino a visitarme, tuve la ocurrencia de salir a verla vestido con el hábito de fraile. Y nada más verla le comuniqué que me quería ir de misionero al África negra. Creo que tenía yo diez años. Pero mi madre se tomó aquello tan serio que se acabaron para mí las misas y los latines.

Creo que hay por ahí una rima de Bécquer en la que se dice que basta con una sonrisa o un suspiro para generar una tormenta. Yo tuve algo más. Yo tuve, en aquel seminario, un año de latín; y, fíjate, un año en el que empezamos a leer, a los diez años, el Epítome de la Historia Sagrada, del padre Lhomond. Y con unas técnicas de estudio, por otra parte, totalmente modernas: se trataba de leer y comprender, no de traducir. Por supuesto también estudiamos las declinaciones, verbos y demás.

Arrancado del seminario no pude continuar los estudios del latín sino muchos años después. Y no te puedes imaginar la alegría que me llevé el día que, en una librería, me encontré el Epítome, me lo llevé, y lo volví a leer. Y desde entonces, querido Plinio, no he cesado de oír la tediosa pregunta que, en tu época, tal vez hubiera hecho pasar al inquisidor por loco: ¿para qué sirve el latín? Dicen los budistas que el sabio hasta en el infierno estará a gusto. Imagino que porque sabrá acoplarse a lo que hay, e incluso sacarle provecho. Quiero decirte con esto que, ante determinadas preguntas, sobran determinadas explicaciones. En el infierno se ha de actuar de una forma y en el cielo de otra. Así que la explicación, mía, que más éxito ha tenido, ante tan necia pregunta, ha sido la de “es que no me gusta ni el fútbol ni la tele, y en algo me tengo que entretener”. Mi oponente me toma por imbécil, y me deja en paz. ¿Qué va a contestar ante semejante imbecilidad?

Ignoro si esta gente que cuestiona el estudio del latín, o pregunta por su utilidad, lee libros o periódicos, y qué clase de libros y periódicos. Yo sí leo periódicos. Y hay periodistas que más valdría que se dedicaran a trabajar en la construcción, como albañiles: para leer sus artículos, y entenderlos, tienes que tener un conocimiento, muy superficial, por supuesto, del inglés, del lenguaje de la calle, y del de su barrio, pues para ellos utilizar un pretendido argot es lo más moderno que se puede hacer. Por supuesto ninguno de estos pretendidos periodistas ha tenido la suerte de ser pobre, pasar por un seminario para sacarse el bachillerato, y ser tocados por la gracia del latín. Al fin y al cabo lo único que les hace falta para escribir es los dedos.

Cuando tuve tiempo para volver al latín, fui, durante una temporada, dando tumbos en busca de lo que yo recordaba. Uno de esos tumbos me llevó a una aula donde un profesor, un cura para más señas, dijo que en la Roma clásica durante un tiempo se hablaba más el griego que el latín. Me sorprendió la afirmación, y me quedé con ganas de hablar con él. Pero tuvo la ocurrencia de morirse al día siguiente. Una pena.

Dicen que donde una puerta se cierra otra se abre. Lo he experimentado ya un par de veces. Así que poco después tuve la suerte de tropezarme con otros profesores, y entrar en contacto con nuestro querido amigo Marco Tulio Cicerón. Parece que es cierto lo que dijo aquel buen cura, pues parece que Cicerón, harto de tanto griego, de tanto petimetre utilizando flashmob en lugar de gamberrada o salvajada en la Roma que empezaba ya a ser clásica, dio en traducir o adaptar al latín toda la filosofía griega. No es baladí el trabajo que se impuso: adaptar en aquella época, sin diccionarios, ni móviles, ni internet, ni siquiera máquinas de escribir, la filosofía griega no era cualquier cosa. Y escribir De natura deorum, la adaptación, supone un trabajo tal, tan hercúleo, que a mí, sinceramente, me pone los pelos de punta. Y en todo el libro apenas si utiliza palabras en griego. Tú, en tus cartas, tampoco eres muy helenista que digamos. Y eso que aun se queja la profesora Mary Beard de lo poco que te alargas en esta lengua. Mejor para mí, que sé algo de latín, pero nada de griego. Así que cuando leí Noctes atticae me volví loco buscando alguien que me tradujera los textos griegos. Hasta que di con una edición bilingüe.

A esto hemos llegado con el desprecio al latín y al griego, que se hace ya extensivo al propio idioma, tan pobre él que necesita del inglés macarrónico, del alemán, o de la jerga que haya principiado a hablar el periodista de turno en su barrio. Eso cuando no da origen a respuestas que nos pueden hacer pasar por el país más permisivo del mundo. Pues un día a un insidioso que me hizo la típica pregunta, le contesté que me explicará porque del olivo sale la oliva, y porqué de la oliva sale el aceite. Me miró con cara de estúpido, y me dijo que él sabía lo que era una oliva, el aceite y el olivo, y que lo demás era buscarle los mil pies al gato. Es, dijo, como empezar a indagar si la mujer con la que estás ha estado con mil, dos mil o con nadie. ¿Qué más da? ¿No nos entendemos? Pensé que tenía razón. Al fin y al cabo, dudo que en la Roma que empezaba a ser clásica, Cicerón fuera un autor tan leído como comentado. Tal vez sea mejor no leerlo: demasiado esfuerzo. Ahora bien, si me ponen en la tesitura de escoger entre él, un partido de fútbol y un artículo de estos nuevos petimetres, la elección está clara. Algunos de estos chicos, y de otros dedicados a otros menesteres, todavía a estas alturas van buscando la definición de corrupto y corrupción. Quizás la etimología les aclarara algo, si se trata de tener las cosas claras. Si por el contrario lo que se quiere es meter una manguera de doscientos metros en el estómago de un enfermo, ya es harina de otro costal. Que el Señor nos coja contritos y confesados. Seguiré leyendo tus cartas, querido Plinio. Vale.









1La broma consistía en que cuatro o cinco jóvenes se escondían tras una fuente, que estaba situada frente al cine. Cuando salían los últimos, unos de los jóvenes hacían sonar una esquila, salían corriendo de su escondite, en tanto otros, subidos a una moto, haciendo mucho ruido y con las luces encendidas, iban tras ellos. La broma estuvo a punto de costar un par de infartos.





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