Si usted no ama a la gente, no se dedique a la política. No defienda su idea, al menos que su idea contenga el más alto grado de intención: ver que otra persona sea feliz… si su idea no promuevo lo anterior, ¡deséchela, y dedíquese a otra cosa!
Si usted no ama a la gente, no se dedique a la política. No defienda su idea, al menos que su idea contenga el más alto grado de intención: ver que otra persona sea feliz… si su idea no promuevo lo anterior, ¡deséchela, y dedíquese a otra cosa!

. No defienda su idea, al menos que su idea contenga el más alto grado de intención: ver que otra persona sea feliz… si su idea no promuevo lo anterior, ¡deséchela, y dedíquese a otra cosa!
Para dedicarse a la política, como en la mayoría de las actividades formales, se debe Ser, necesaria e imperativamente profesional. Cuando digo profesional, no me refiero a la adquisición de un título académico (a pesar de que es muy fácil si se tienen recursos y algo de habilidad para estudiar). Me refiero al sentido más amplio y elevado del término profesional: del latín “professiōnis” que alude a la acción y al resultado de profesar: como los individuos que profesan pasionalmente una fe en determinada religión u otra actividad, siguiendo con amor y esfuerzo los preceptos que ésta le encomienda. Es decir, un profesional profesa dedicada, intencional, y emocionalmente una acción, una función: en el caso de los políticos, en la política. No existe humanismo en el político, si no profesa y trabaja desde su sistema visceral por la humanidad, teniendo como sujeto superior al humano, y no a las cosas que a éste le rodean. Es lamentable oír las demagógicas palabrerías de los mal llamados humanistas; que en su resultado, de humanista tienen muy poco: en muchos casos, nada.