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El dictador sí tiene quien le escriba


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20/08/2016

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El caudillo de bigote y machete terciado que cabalga erguido y desafiante sobre la mula recia. El carismático alzado que irrumpe en la sede del gobierno por las malas, apoyado por el pueblo oprimido levantado en armas, y se apodera a sangre y fuego de las instituciones, de los palacios de grueso y pesado cortinaje granate transformados en burdeles de unos oligarcas de medio pelo. Personajes del Realismo Mágico de Gabriel García Márquez que cada día son más reales y menos mágicos en este Macondo de dilatadas fronteras que bañan las azules aguas del Caribe.


La lista de estos personajes tan carismáticos como siniestros es amplia y extensa y todos tienen en común un ansia atávica e insaciable de ejercer el poder sobre el territorio que administran como cosa propia.

“El fin justifica los medios” apuntó Napoleón Bonaparte en la última página de su ejemplar del libro “El Príncipe” de Maquiavelo, pero esta nueva generación de gobernantes de Macondo ha aprendido a alterar el sentido del axioma hasta el punto en que los “medios justifican el fin”.

Licencias literarias del realismo mágico.

Los medios son la mula sobre la que cabalgan estos caudillos, que no tienen nada de nuevos, en el Nuevo Mundo. Una mula que además del curtido casco, preciso, medido y comedido, para pisar firme sobre la sinuosa trocha del más encrespado desfiladero, es capaz de contar cuentos.

Realismo mágico en estado puro.

La mula muerde el bocado con gusto a herrumbre del que tira la rienda. En los apeaderos come con masticar pausado y regular, la avena que luego regurgita como papilla ideológica para el consumo de la población humilde y sencilla maravillada ante el fenómeno de la mula parlante, la que les cuenta los cuentos que quieren escuchar, los que les hacen soñar como cuando eran todavía más niños.

La mula cuenta-cuentos de Marxismo-Leninismo, protagonizados por un Robin Hood argentino disfrazado de Ché Guevara, bajo la afable mirada del Comandante Fidel Castro, representando al abuelito de Heidi, vestido con uniforme de campaña, donde el monstruo necesario e indispensable es un imperialismo yanki “vintage” que construía Disneylandias bananeras gestionadas por un esbirro autóctono sádico, con el rostro picado de viruelas, quien baila con torpeza la percusión rítmica de los cañonazos de los Marines del flaco y siniestro Tío Sam, conspicuo agente de la CIA.

Pero llega el momento en que a la mula se le dobla el espinazo. Mucha carga es el peso combinado de los años, las alforjas cargadas con el botín de guerra y el del ego del tirano bigotudo que la cabalga, enorme hasta el grado de la inmensidad.

Al final sobre la agonizante mula se abalanza la depredadora jauría de pícaros de turno, buscavidas taimados y genuflexos dispuestos a todo tipo de sumisión y adulación con el afán de participar de las sobras del festín del tirano y sus limosnas.

Pícaros que reescriben constituciones, leyes, decretos y reglamentos a la medida de la oportunidad que favorezca al tirano. El grueso tomo del libro de la democracia local que se modifica y actualiza regularmente para encajar en la codicia del caudillo oportunista del bigote poblado y el machete terciado. Un libro cuyas páginas se encolan con la última papilla expelida por la jeta de la mula muerta.

¿Quién se atreve a cuestionar a Robin Hood o al abuelito de Heidi sin el temor de ser denunciado como partidario del bizarro con el rostro picado de viruelas o del siniestro agente de sombrero de copa decorado con profusión de barras y estrellas?

¿Quién se atreve a denunciar a una plutocracía nepótica vestida con el traje a medida de una democracia?

¿Quién se atreve a entrar en el palacio para descorrer las gruesas y pesadas cortinas, con el noble fin de exponer a la inclemente luz de la vergüenza de la calle, el burdel de los nuevos oligarcas de medio pelo, regentado por los mismos chulos y las mismas putas, a excepción de la recién llegada a la que apodan Democracia, la más solicitada por la concurrencia para disfrutar de sus favores?

¿Quién se atreve a plantarse frente al afilado machete para afeitarle el bigote al fiero y taimado caudillo carismático, erigido y autoproclamado como objeto de culto de un pueblo sedado con arengas y edulcoradas papillas ideológicas que le inflaman el estómago vacío transmutado en corazón palpitante?

¿Quién se atreve a cuestionar el Realismo Mágico de Macondo?

Etiquetas:   América Latina   ·   Centro América   ·   Dictadura   ·   Política Exterior   ·   Demagogia

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