Red de publicación y opinión profesional
Política · Economía · Sociedad · Cultura · Ciencia · Tecnología ·
Últimas etiquetas:   Escritores   ·   Periodismo   ·   Lectores   ·   Libros   ·   Tecnología   ·   5G   ·   Novela   ·   Reseña   ·   Cine   ·   Informática



Naufragando en tierra firme


Inicio > Política Internacional
20/08/2016

992 Visitas



Cuando hablamos de los millones de personas que huyen de Siria hacia Europa, inmediatamente dirigimos la apesadumbrada mirada hacia las azules aguas del Mediterráneo como escenario de una tragedia griega donde las personas son rescatadas al borde mismo del naufragio por esforzados hombres y mujeres de vistosos chalecos naranja que representan lo mejor de nosotros.


La gráfica es recurrente; desde personal del servicio guardacostas, pasando por humildes pescadores curtidos por la mar, solidarias tripulaciones de buques mercantes hasta las balsas neumáticas sobre las que cabalgan las olas los esforzados voluntarios de una cantidad difícil de estimar de ONG entregadas a labores de rescate.

Es noticia, es actualidad, nos concierne, nos afecta, nos duele en carne ajena y nos preocupa. Miramos al Mediterráneo desde nuestra atalaya en Grecia, en Sicilia, en Malta o España, pero al hacerlo nos centramos en el detalle de una imagen mucho más amplia y extensa. Un fenómeno de visión de túnel que afecta y limita de manera significativa nuestra la percepción periférica del conjunto.

La espectacularidad del inmenso drama que se está produciendo en alta mar es tan imponente que nos impide girar la cabeza hacia tierra firme y ver, en alguna lejana frontera, el tráfico de vehículos de toda índole donde viajan hacinadas una importante y significativa cantidad de mujeres y niñas de origen sirio buscando huir de la pesadilla, inocentes de estar protagonizando las primeras líneas de otro capítulo de su propia tragedia; la de la esclavitud sexual.

La crisis de refugiados es un tema recurrente. No lo es tanto la crisis de migrantes que no ostentan la calidad de refugiados, la otra cara de la oscura moneda de uno de los negocios ilícitos más rentables para las bandas criminales organizadas; la crisis de mujeres y niñas sirias que intentan cruzar de manera ilegal la frontera hacia los países de la Unión Europea, un desfile diario de víctimas que sucede mientras las autoridades y la sociedad miran hacia otro lado, de manera consciente, inconsciente o cómplice.

Entramos en el terreno escabroso del tráfico ilícito de migrantes, como se le denomina de manera oficial, pero esa definición universalmente aceptada y compartida, tiene el gusto casi imperceptible y anodino del eufemismo. Sacrificando la formalidad, hablamos en estos casos del “contrabando de mujeres y niñas”. La figura del contrabando nos permite visualizar una imagen mucho más clara, precisa y familiar para aquellas personas que no tienen por costumbre, afición u oficio leer partes judiciales ni densos tratados, disertaciones, informes o protocolos internacionales.

Contrabando; como el de cigarrillos y, ya que estamos, mencionar de paso y con intención que ambas actividades se cruzan en la misma ruta, junto con el tráfico ilegal de armas, mercancías y drogas. Todas sin excepción, controladas por bandas criminales.

El punto y el acento de esta tragedia está en que estos miles de mujeres y niñas no son refugiadas. Son consideradas simplemente inmigrantes ilegales, lo que implica -por definición- que solicitan, acuerdan o consienten expresamente ser traficadas en condiciones peligrosas y degradantes. A diferencia de la trata de personas, la relación del traficante con la víctima termina con la llegada de la migrante a su destino, donde en muchas ocasiones es vendida con el fin de someterla como esclava sexual. Las cifras son claras en este sentido, según estimaciones de las autoridades de la UE dos tercios del total de mujeres y niñas traficadas son destinadas a ejercer la prostitución.

Mujeres y niñas son consideradas “colectivos frágiles” en atención a su género y el rol de marginación al que se han visto y se ven sometidas dentro del contexto social, cultural y psicológico, asumiendo en muchas ocasiones el maltrato como inherente a su condición dentro de la sociedad y reforzando el círculo vicioso de la repetición de patrones de interdependencia víctima-maltratador.

Hablamos de una tragedia en tres actos; víctimas en sus países de origen dentro de un conflicto armado, víctimas durante la huida y víctimas al llegar al lugar de destino.

El primer acto de la tragedia transcurre, en el caso particular de Siria, en la ciudad o pueblo de origen, donde las de mujeres y niñas son consideradas botín de guerra para milicia y soldados que ejercen actos violencia sexual extrema de manera sistemática e indiscriminada con el objetivo de desmoralizar a la población, suprimir la resistencia, amenazar y humillar durante las ocupaciones y, en última instancia, desintegrar mediante este tipo de abusos la sociedad en su conjunto.

El segundo capítulo se desarrolla en la ruta de huida, controlada por bandas criminales, asaltadas sexualmente con impunidad por los propios traficantes a quienes han contratado y por las autoridades locales asociadas a la actividad. La movilización masiva y desbordada de personas también es aprovechada por los traficantes para negociar con las familias la entrega de sus hijas a cambio de permitirles cruzar las fronteras, a lo que muchas familias tienen que acceder al verse sin otra opción que regresar por sus propios medios al lugar de partida y privar al resto de sus hijos de la posibilidad de un futuro más amable en otro país.

El tercer capítulo tiene como escenario el lugar de destino y su condición de inmigrantes ilegales, sin documentación que les permita la permanencia y amenazadas con ser deportadas. Vulnerables, desamparadas y sin opciones terminan por caer víctimas de las bandas criminales organizadas y sus métodos de violencia indiscriminada, la amenaza y el endeudamiento como medios siniestros para doblegar la voluntad de las víctimas y rentabilizar su desgracia en cifras que ascienden a miles de millones de Euros.

Las bandas criminales organizadas de tráfico de mujeres para ser explotadas sexualmente no son algo nuevo, pero cabe destacar la forma en que han aprovechado la crisis migratoria hacia los países de la Unión Europea para incrementar sus beneficios, una realidad oculta a plena vista hacia la que pocas veces miramos con la misma empatía con la que seguimos el rescate de un grupo de migrantes a la deriva en el mar Mediterráneo.

Son muchas las víctimas que sufren a nuestras espaldas, miles de mujeres y niñas sirias naufragando en plena tierra firme, sin el recurso del chaleco salvavidas de color naranja que las salve de hundirse en las aguas oscuras y profundas del tráfico ilícito de mujeres. Condenadas a transformarse en sirenas atrapadas en las redes tendidas por las bandas criminales.

No es de sorprender que la palabra sirena provenga del griego antiguo cuyo significado era encadenada y ésta del sánscrito quimera.

Regresando a el Mediterráneo con la imagen de mujeres encadenadas que caen víctimas de la quimera de encontrar una vida mejor en algún país de Europa.

Etiquetas:   Europa   ·   Siria   ·   Emigración

Compartir
Tu nombre:

E-mail amigo:
Enviar
PDF

0 comentarios  Deja tu comentario




Los más leídos de los últimos 5 días

Comienza
a leer


Un espacio que invita a la actualidad e información
 

Publica tus artículos


Queremos ser tus consejeros y tu casa editorial

Una comunidad de expertos


Rodéate de los mejores y comienza a influir
 

Ayudamos a tu negocio


El lugar y el momento adecuado donde debes estar
Secciones
18409 publicaciones
4670 usuarios
Columnas destacadas
Los más leídos
Mapa web
Categorías
Política
Economía
Sociedad
Cultura
Ciencia
Tecnología
Conócenos
Quiénes somos
Cómo publicar en Reeditor
Contacto
Síguenos


reeditor.com © 2014  ·  Todos los derechos reservados  ·  Términos y condiciones  ·  Políticas de privacidad  ·  Diseño web sitelicon.com  ·  Únete ahora