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La gráfica es recurrente; desde
personal del servicio guardacostas, pasando por humildes pescadores
curtidos por la mar, solidarias tripulaciones de buques mercantes
hasta las balsas neumáticas sobre las que cabalgan las olas los
esforzados voluntarios de una cantidad difícil de estimar de ONG
entregadas a labores de rescate.
Es noticia, es actualidad, nos
concierne, nos afecta, nos duele en carne ajena y nos preocupa.
Miramos al Mediterráneo desde nuestra atalaya en Grecia, en Sicilia,
en Malta o España, pero al hacerlo nos centramos en el detalle de
una imagen mucho más amplia y extensa. Un fenómeno de visión de
túnel que afecta y limita de manera significativa nuestra la
percepción periférica del conjunto.
La espectacularidad del inmenso drama
que se está produciendo en alta mar es tan imponente que nos impide
girar la cabeza hacia tierra firme y ver, en alguna lejana frontera,
el tráfico de vehículos de toda índole donde viajan hacinadas una
importante y significativa cantidad de mujeres y niñas de origen
sirio buscando huir de la pesadilla, inocentes de estar
protagonizando las primeras líneas de otro capítulo de su propia
tragedia; la de la esclavitud sexual.
La crisis de refugiados es un tema
recurrente. No lo es tanto la crisis de migrantes que no ostentan la
calidad de refugiados, la otra cara de la oscura moneda de uno de los
negocios ilícitos más rentables para las bandas criminales
organizadas; la crisis de mujeres y niñas sirias que intentan cruzar
de manera ilegal la frontera hacia los países de la Unión Europea,
un desfile diario de víctimas que sucede mientras las autoridades y
la sociedad miran hacia otro lado, de manera consciente, inconsciente
o cómplice.
Entramos en el terreno escabroso del
tráfico ilícito de migrantes, como se le denomina de manera
oficial, pero esa definición universalmente aceptada y compartida,
tiene el gusto casi imperceptible y anodino del eufemismo.
Sacrificando la formalidad, hablamos en estos casos del “contrabando
de mujeres y niñas”. La figura del contrabando nos permite
visualizar una imagen mucho más clara, precisa y familiar para
aquellas personas que no tienen por costumbre, afición u oficio leer
partes judiciales ni densos tratados, disertaciones, informes o
protocolos internacionales.
Contrabando; como el de cigarrillos y,
ya que estamos, mencionar de paso y con intención que ambas
actividades se cruzan en la misma ruta, junto con el tráfico ilegal
de armas, mercancías y drogas. Todas sin excepción, controladas por
bandas criminales.
El punto y el acento de esta tragedia
está en que estos miles de mujeres y niñas no son refugiadas. Son
consideradas simplemente inmigrantes ilegales, lo que implica -por
definición- que solicitan, acuerdan o consienten expresamente ser
traficadas en condiciones peligrosas y degradantes. A diferencia de
la trata de personas, la relación del traficante con la víctima
termina con la llegada de la migrante a su destino, donde en muchas
ocasiones es vendida con el fin de someterla como esclava sexual. Las
cifras son claras en este sentido, según estimaciones de las
autoridades de la UE dos tercios del total de mujeres y niñas
traficadas son destinadas a ejercer la prostitución.
Mujeres y niñas son consideradas
“colectivos frágiles” en atención a su género y el rol de
marginación al que se han visto y se ven sometidas dentro del
contexto social, cultural y psicológico, asumiendo en muchas
ocasiones el maltrato como inherente a su condición dentro de la
sociedad y reforzando el círculo vicioso de la repetición de
patrones de interdependencia víctima-maltratador.
Hablamos de una tragedia en tres actos;
víctimas en sus países de origen dentro de un conflicto armado,
víctimas durante la huida y víctimas al llegar al lugar de destino.
El primer acto de la tragedia
transcurre, en el caso particular de Siria, en la ciudad o pueblo de
origen, donde las de mujeres y niñas son consideradas botín de
guerra para milicia y soldados que ejercen actos violencia sexual
extrema de manera sistemática e indiscriminada con el objetivo de
desmoralizar a la población, suprimir la resistencia, amenazar y
humillar durante las ocupaciones y, en última instancia, desintegrar
mediante este tipo de abusos la sociedad en su conjunto.
El segundo capítulo se desarrolla en
la ruta de huida, controlada por bandas criminales, asaltadas
sexualmente con impunidad por los propios traficantes a quienes han
contratado y por las autoridades locales asociadas a la actividad. La
movilización masiva y desbordada de personas también es aprovechada
por los traficantes para negociar con las familias la entrega de sus
hijas a cambio de permitirles cruzar las fronteras, a lo que muchas
familias tienen que acceder al verse sin otra opción que regresar
por sus propios medios al lugar de partida y privar al resto de sus
hijos de la posibilidad de un futuro más amable en otro país.
El tercer capítulo tiene como
escenario el lugar de destino y su condición de inmigrantes
ilegales, sin documentación que les permita la permanencia y
amenazadas con ser deportadas. Vulnerables, desamparadas y sin
opciones terminan por caer víctimas de las bandas criminales
organizadas y sus métodos de violencia indiscriminada, la amenaza y
el endeudamiento como medios siniestros para doblegar la voluntad de
las víctimas y rentabilizar su desgracia en cifras que ascienden a
miles de millones de Euros.
Las bandas criminales organizadas de
tráfico de mujeres para ser explotadas sexualmente no son algo
nuevo, pero cabe destacar la forma en que han aprovechado la crisis
migratoria hacia los países de la Unión Europea para incrementar
sus beneficios, una realidad oculta a plena vista hacia la que pocas
veces miramos con la misma empatía con la que seguimos el rescate de
un grupo de migrantes a la deriva en el mar Mediterráneo.
Son muchas las víctimas que sufren a
nuestras espaldas, miles de mujeres y niñas sirias naufragando en
plena tierra firme, sin el recurso del chaleco salvavidas de color
naranja que las salve de hundirse en las aguas oscuras y profundas
del tráfico ilícito de mujeres. Condenadas a transformarse en
sirenas atrapadas en las redes tendidas por las bandas criminales.
No es de sorprender que la palabra
sirena provenga del griego antiguo cuyo significado era encadenada y
ésta del sánscrito quimera.
Regresando a el Mediterráneo con la
imagen de mujeres encadenadas que caen víctimas de la quimera de
encontrar una vida mejor en algún país de Europa.