. Plinio,
Cartas.
Ludovicus
Plinio suo plurimam salutem dat. Buscando
un poco esa variedad, querido Plinio, me gustaría que dejáramos de
lado la política, por llamarlo de alguna forma, y este angustioso
movimiento para formar gobierno en esta provincia denominada
Hispania. No hay forma de que los políticos lleguen a ningún
acuerdo. Quizás deberían retirarse todas las cabezas visibles de
ahora, y ocupar su lugar otras que estuvieran limpias de corrupción,
de megalomanía y de otras zarandajas. Tal vez esto sea pedir cotufas
en el golfo, o, como se decían en tu época, pedirle agua a una
piedra pómez.
Por
desgracia ya no pasan cosas como las que sucedían en la lejana Roma,
y que, conforme transcurre el tiempo, son más difíciles de creer:
unos senadores, ante el inminente peligro de que el enemigo tome la
ciudad, se van a buscar a un labrador; este, vestido con un
taparrabos, los recibe en el campo que está arando; tras oírlos,
pide la toga; sin ducharse va al senado, asume el poder, derrota a
los enemigos, salva a la madre patria, y entrega el poder para
quitarse la toga y con taparrabos volver a labrar su olvidado campo.
¿Sucedió eso alguna vez? ¿En serio? Esto no se le ocurre ni al
hagiógrafo más empecinado. Imagino que todo pueblo necesita crearse
unos mitos para espolear a las promesas del mañana a fin de que
sigan la zanahoria que les ponen delante. Y no es que dude que no
haya personas virtuosas, que las hay, las ha habido y las habrá.
Pero el poder, y tú lo sabes muy bien, siempre es muy peligroso:
corrompe todo cuanto toca, como le sucedía al rey Midas. Y a
algunos, la mayoría, los vuelve estúpidos.
No obstante, igual que, siendo un
infante, con la cabeza llena de películas y relatos heroicos,
esperaba encontrar lanzas, escudos, túnicas, espadas, leones y
gladiadores cuando me llevaron al viejo castillo de Sagunto, también
me gustaría ahora hallar a un Cincinato que, con taparrabos o sin
él, se hiciera cargo de esta provincia, y la pusiera a funcionar con
rigor, equidad y justicia; y, a ser posible, sin robar él ni
consentir que robaran sus conmilitones. Como puedes comprobar estamos
exprimiendo la piedra pómez. Lo cual me recuerda la infinita
tristeza que sentí en el viejo castillo romano de Sagunto: allí no
había ni lanzas, ni escudos, ni leones... solo hierbajos, piedras
caídas, tristeza y desolación. ¡Cuánta tristeza sentí yo
también! No, creo que ni con una linterna, y en pleno día, diéramos
en este bendito país con un Cincinato. Ahorrémonos, pues, el
trabajo de buscarlo.
Por
cierto, querido Plinio, ya que hemos hablado de la piedra pómez: el
otro día me tropecé con una traducción de tu famosa carta en la
que narras la erupción del Vesubio. Recuerdo que la primera vez que
la leí, en latín, me llamó la atención que no apareciera, en el
texto, ni una sola vez, la palabra volcán. Busqué dicha palabra en
todos los diccionarios que tengo por casa, y, efectivamente, no está
registrada en latín. Quise indagar más. Y parece que sí, y tu tío
los nombra, conocías los terremotos, y varias desgracias naturales
más, pero no los volcanes. Al menos no teníais un nombre para
ellos. Me llenó de extrañeza dicho desconocimiento, pues creo
recordar que el conocíais la erupción del Etna, y que los griegos,
y los teníais en la Magna Grecia, si que conocían dicha palabra. Es
un misterio. No obstante, no era de eso de lo que quería hablarte.
Al leer, como te he dicho, una reciente traducción de tu famosa
carta sobre la erupción del Vesubio, se dice, en la traducción,
cito de memoria, que los tejados de las casas de Pompeya se hundían
por efecto de las
piedras volcánicas. Con
eso, una vez más, se me volvió a plantear el problema de la
traducción: la piedra pómez es una piedra volcánica. Ahora bien,
está claro que si hubiera utilizado el sintagma piedras
pómez, o
hubiera tenido, el traductor, que poner una nota a pie de página, o
el lector, cosa que a muchos les produce una infinita pereza, hubiese
tenido que echar mano de algún diccionario o de alguna enciclopedia.
Y eso que hoy en Internet hay varias y muy potentes.
Pensé que no estaba bien, y más
actualmente, con los medios que hay, poner en tu boca una palabra que
tú desconocías. Y eso me llevó a pensar en cuántas palabras se
habrán puesto en boca de autores que ni pensaron en ellas, ni
tuvieron el más mínimo conocimiento de las mismas. Pero, claro, de
alguna forma os tenemos que leer a los antiguos. Es todo un arte,
querido Plinio, caduco por lo demás, como el teatro, hacer una
traducción respetando el espíritu del autor, y conseguir que un
público actual, comprenda, sin muchas trabas a ser posible, lo que
el autor dijo o quiso decir en su momento.
Y esto nos lleva una vez más a las
complicaciones unamunianas, a aquel don Sandalio jugador de ajedrez:
una cosa es lo que yo soy, otra lo que creo ser, otra lo que digo ser
ante los otros, y otra muy distinta, lo que los otros deducen de mis
palabras y comportamientos. Quizás, si dejamos de lado a los
ambiciosos políticos, que está claro lo que son, todos seamos unos
perfectos desconocidos hasta para nosotros mismos. Y todo esto,
querido Plinio, me ha llevado a pensar, una vez más, en los
problemas de la transmisión cultural. Imagino que leer cartas, obras
o fragmentos, de tu época, y anteriores, debe de ser un trabajo
hercúleo para el que se necesita una enorme preparación y una gran
paciencia. Yo, terminada la carrera, tuve la suerte de leer muchos
manuscritos de la Edad Media. Estaban sin puntuar, y ahí, al tener
que transcribirlos, comenzaba mi primera interpretación, pues no me
permitieron dejarlos tal y como estaban. Nunca estuve seguro de
entenderlos del todo, al menos no hasta el punto de saber con certeza
que estaban bien pautados. Tampoco tenía entonces la suficiente
preparación como para traducirlos al lenguaje actual. Me sentí solo
y desamparado. Como nunca en la vida.
Una
mañana, leyendo aquellos manuscritos, me tropecé con la noticia de
la muerte de la reina María de Castilla, relicta,
así lo decía el texto, del rey Alfonso el Magnánimo. La erre de
relicta,
me di cuenta luego de lo necio que había sido, tenía la forma de
una ro griega, ρ.
Con un rabo excesivamente largo. No entendí el significado de dicha
palabra. Me quedé con elicta,
y
fui haciendo pruebas y más pruebas con todas las consonantes. Hasta
que en uno de los diccionarios di con el participio del verbo
relinquo:
relictus, relicta, relictum,
de donde reliquia, relicario y viuda. El paso de relicta
a viuda me tuvo ocupado unos cuantos meses, y estoy seguro de no
haber solucionado nada. Tal vez las dos palabras convivieran durante
un tiempo, y luego, así parece, la gente y los textos se decantaron
por viuda. Viduus,
a, um, sí
que existe en latín, así como el verbo viduo,
que
significa quedarse viudo.
Y volviendo a don Miguel de Unamuno,
recuerdo que de bien joven di en leer algunos ensayos suyos. Uno, y
sigo citando de memoria, hablaba de los problemas de la transmisión
cultural. Ponía don Miguel varios ejemplos de malas
interpretaciones. Se me quedó grabada aquella de que Jesús jamás
dijo que es más difícil que un rico entre en el reino de los cielos
que un camello pase por el ojo de una aguja. Al parecer Jesús no
utilizó la palabra en griego, κάμηλος, camello, sino cuerda o
maroma. Algún escribano añadió una lambda, al parecer, y se
produjo una confusión, y dio pie a una magnífica metáfora, pues
también los errores son creativos.
Creo que la juventud se caracteriza
por ser muy dogmática y puritana. Al menos así me recuerdo yo de
joven: me enfada con todo el mundo cuando algo no correspondía con
la otra cosa al cien por cien. Por ejemplo, me molestaban mucho las
representaciones teatrales en las que Edipo, pongamos por caso,
aparecía con traje de chaqueta y corbata. Y no digo nada cuando, y
me cansé de verlo, sacaban al rey Lear con el tres cuartos nazi y
pistola al cinto. Hay que tener mucho pulso para hacer esas cosas y
que queden bien. Y hay personas que careciendo de esos pulsos, y de
otros, tiran por el camino del medio: actualizar un texto es que el
trono del rey sea una silla de ruedas, y las hijas unas perdularias.
Amén.
Hoy, en el último recodo del
camino, ya no me enfado. Creo que está bien traducir piedra pómez
por piedra volcánica. Cuando esa traducción caiga en manos de algún
estudiante algo curioso, le llevará a indagar sobre esas palabras, y
así adquirirá un poco más de conocimiento. Mejor eso que estar
todo el santo día, y llevamos así siete u ocho meses, discutiendo
si vamos a tener o no gobierno, y si va a tener la culpa menganito o
zutanito de que vayamos a unas terceras elecciones. Y lo que te
rondaré, morena, si no se rompe la guitarra. Y ánimo, que la
procesión es larga y el cirio corto. Aquí antes encontrarás una
aguja en un pajar que a un posible Cincinato. Vale.