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Reseña "La mejor de las vidas" de David de Juan Marcos


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05/08/2016


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En la dedicatoria David de Juan Marcos me decía: «espero que disfrutes de este viaje literario». Lo he hecho. Esta novela es un viaje que se disfruta en muchos sentidos: geográfico y sobre todo, emocional.


  Nicolás es quien pone en marcha este trayecto que acabará siendo el de Ella y el de Pierre. Por el camino se cruzarán, despedirán y volverán a encontrarse. Un boomerang desigual donde la vida de uno salpica la del otro.

  Aunque el narrador es Nicolás y se dirija a Ella, David de Juan convierte al lector en una especie de confesor de los motivos de todos. Porque parece que viajan, pero en realidad huyen aunque disfracen sus movimientos de búsqueda.

  Todos cargan con una experiencia personal que se convierte en lastre. Nada más diré de su contenido. Y aunque parezca lo más importante –que lo es– en realidad, los detalles de cada de una de sus tragedias íntimas son la excusa para asentar la trama que se enreda y desenreda en un vaivén narrativo por Europa y Africa.

El primer continente, desplegado por diferentes ciudades y el segundo, casi como un concepto global sobre una tierra desconocida por mucho que leamos y nos cuenten de su belleza y su horror. Porque como dice el abuelo de Nicolás –que no desperdicia palabras sin motivo–, «para hablar de algo hay que vivirlo».

  Precisamente su abuelo es el único refugio de Nicolás. Aunque parezca inaccesible y esté aislado del mundo de manera voluntaria. «A mi abuelo no se le daba bien bien ser otra persona», dice Nicolás. Estupenda frase.

  Pero no hay refugio posible. Las enseñanzas ajenas son difíciles de aplicar en nuestra propia vida. Por eso Nicolás no encuentra su sitio. Por más kilómetros que recorra. Pero tiene mérito. Se molesta en hacerlo que no es poco. Aunque su perdición sea la misma a lo largo de la novela. Desde que posa sus sentidos sobre Ella, no hará más que buscarla aunque sepa que volverá a fallarle. Está claro desde el primer momento. No hay sorpresas, salvo por la insistente ceguera por tropezar con la misma piedra. Lo sabe, pero saber no es garantía de nada, porque la cabeza no siempre casa con lo que nos mueve hacia “la mejor de las vidas”, la nuestra. No tenemos otra y lo sabemos y aún así, tropezamos en la misma piedra. «Nos empeñamos en vivir como si fuéramos a hacerlo dos veces», le dice Nico a Ella. Pretende transmitir una enseñanza que sabe que es la correcta, pero lo complicado es aplicarse el cuento a uno mismo.

  David de Juan Marcos aguijonea una y otra vez en la emoción. Con la de sus protagonistas trata de contarnos como es o puede ser la vida. A veces está en nuestras manos, a veces no. Pero cuando creemos tenerla en nuestro poder, volvemos a tomar el camino equivocado. No somos prácticos. Somos emocionales, parece decirnos el autor. Cuando nuestras vivencias se convierten en trauma y no se cortan de raíz, se cronifica el sufrimiento, se arrastra como la cola de un vestido. Y no sólo es la juventud de los protagonistas lo que puede justificar esta actitud, es parte de nuestra esencia si no la combatimos con inteligencia.

  Eso le ocurre incluso a Pierre. El que parece estar más centrado de las tres. El más optimista y generoso. Cómo adoro este personaje. Participar en una competición de remo de la universidad no es para él un simple reto deportivo. Es una batalla de vida. Representa todo lo que quiere decir al mundo, al suyo personal, claro. Y así, estaremos durante toda la novela: buscando, tratando de entender, equivocándonos con los personajes, reconciliándonos con ellos a ratos. Otros, les miraremos de reojo. No sabemos muy bien que pensar. De eso se trata. Aunque es cierto, que de los tres, quienes más patinan son Nicolás y Ella.

  Por eso creo que me he enamorado un poquito de Pierre. De sus descripciones de lo que es y no es África. De lo que allí encuentra y pierde, porque hasta es sencillo perder la cordura con lo que le toca vivir. Y aún así, la marca personal, la que arrastra desde su casa –como al final ocurre en muchas vidas– es la que le pierde.

  Para comprender toda esta profundidad emocional hay que leer despacio. Es un libro para paladear. Con una capa de lirismo que predomina, rodea, envuelve por arriba y por abajo su narrativa. De hecho, en ocasiones, se excede. Tanto que a veces, cae en digresiones que no siempre parecen intencionadas. Es como si se le escaparan y por eso, parecen no encajar demasiado bien en el transcurso del relato, con el riesgo de convertirse en divagaciones  que despistan y hacen que el lector se pierda a ratos.

  Pero esa pega no es incompatible con la belleza que desprenden muchas de sus frases. No me gusta subrayar, pintar,destrozar un libro. Y Juan de Marcos «me ha obligado» a coger un lapicero. Con cada línea bajo las letras pretendía aferrarme a su contenido.

  Es difícil seleccionar. Además resultaría pesado enunciar todas aquellas que me llamaron la atención, que me emocionaron, porque resonaron como un eco, pero no me resisto a presentar un pequeño listado de ellas. Ahí van algunos ejemplos:

–“Aún guardo esos labios en algún cajón de la memoria. Un cajón que sólo miro cuando necesito algo de dolor para sentirme vivo”. ¿No es terrible? ¿Puede ser sana una relación que inspira estas dos frases? La combinación Nico–Ella es una bomba. Destructiva. Pero inspira tanta poesía… Por supuesto, de la que hace sufrir. Dice que esta chica “le desajusta el corazón” (me encanta) y de Ella, Pierre comenta a Nico “Ha sufrido y la gente que sufre mucho es capaz de hacer daño sin querer. No hay que darle más vueltas”. Otra más: “en busca de un lugar donde morir de ti”… A veces agota tanto sufrimiento de tragedia griega en esta novela, pero un puntito moderado de masoquismo narrativo tiene su encanto.

–De manera especial me cautivan algunas de sus alusiones a la maternidad. Alguien ha sabido transmitirle lo que significa o ha captado realmente su esencia. No lo sé, pero me fascina si quien lo cuenta es un hombre: “Hay que ser estúpido para subestimar ese campo magnético, esos grilletes biológicos que quedan entre una hija y su madre”.

–Ya he dicho que siento especial predilección por Pierre y cuando se refiere a lo que ha visto y sentido en África, más me cautiva: “El día que se den cuenta de que no necesitan el primer mundo, los blancos nos podemos dar por jodidos. Tienen el mundo en sus manos y no se dan cuenta”.

–Me gustaría destacar además dos frases: “No puedo pensar en algo más triste que un último día de verano. Sólo hay que ser un niño para saberlo” y “Todos los niños deberían tener un pueblo”. Me parecen pasajes con magia para quien pueda sentir lo mismo que el autor.

  Y por último me gustaría hacer mención de esa pincelada puntual que deleita atravesando la novela. Me refiero a las constantes citas acompañadas de títulos de películas y de libros.

  Un libro diferente como el estilo particular de este autor. Sin duda. Tiene sus matices, pero atrae.







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