. Por el camino han dejado algún que otro cadáver (que le pregunten a
Rosa Díez), y han pagado en forma de aluvión el peaje para presentar
candidaturas en prácticamente todas las circunscripciones. Sin embargo, y a
pesar de llenar sus listas de exPP, exPSOE, exUPyD, tienen el desparpajo
suficiente para llamarse a sí mismos "nueva política".
Hay quien prefiere crecer poco a poco y
consolidar cada día lo construido, pero la crisis del bipartidismo ofreció a
Ciudadanos la oportunidad de crecer como la espuma y no cabe duda de que lo han
aprovechado. Pero el vértigo de este rápido ascenso ha debido producir mal de
altura en algunos de sus líderes, de forma que el partido se ha convertido hoy
en algo difícilmente reconocible para algunos de sus fundadores.
Los azares de la demoscopia pusieron a los
de Albert Rivera en vísperas del 20D en situación de convertirse en la segunda
fuerza política, o incluso quién sabe... El espejismo era tan bonito que era
difícil resistirse a creerlo, y los líderes del partido naranja y sus consejeros/patronos
mediáticos empezaron a pensar en grande. Ahí se fraguó ese falso mito del
"candidato del IBEX" que, a fuerza de oírlo de sus aduladores, parece
haberse creído hasta el propio Rivera. El IBEX no tiene candidatos, y los tiene
a todos.
Pero las elecciones no se ganan en las
encuestas sino en las urnas, y el 20D debía haber devuelto a Ciudadanos a la
sensatez de la realidad. Por el contrario, lejos de resignarse al papel de
bisagra que le otorgaban sus 40 diputados, Rivera quiso ser el actor principal.
Por eso en lugar de facilitar la investidura de Rajoy (se limitó a ofrecerle
una abstención como mucho), se embarcó en un pacto con el PSOE condenado al
fracaso, convencido por sus mentores de que ante una situación de bloqueo, él,
en una especie de “operación Armada”, podría ser el hombre de consenso al que
el Rey encomendara la formación de gobierno. El resultado fueron varios meses
de postureo, firmas solemnes y dos sesiones fallidas de investidura, y el país
abocado a unas nuevas elecciones.
No les importó dejarse en la gatera su
imagen de partido defensor de la unidad de España apoyando el federalismo
asimétrico de Sánchez, ni dar la espalda a un electorado en buena medida
procedente del centro derecha, para echarse en manos del PSOE más radicalizado
de los últimos tiempos.
Tras el experimento fallido, lejos de
rectificar, la formación naranja se lanzó a la nueva campaña electoral como si
el pacto de investidura con el PSOE siguiera plenamente vigente, y haciendo del
veto a Rajoy el eje de su campaña. La apuesta era arriesgada como lo demostró
el resultado del 26J, que supuso un importante correctivo para los de Rivera.
Con sus consejeros áulicos diciéndole que el
pacto con el PP supone la muerte política de Ciudadanos, y con sus mentores mediáticos
empeñados en la revancha personal con Rajoy, una vez más se ha optado por la
huida hacia adelante: si el 20D se ofreció al PP una abstención en primera
instancia, tras el 26J la abstención se ofrece como mucho en la segunda
votación. Todas las gracias que se consistieron a Sánchez antes del pacto de
investidura se vuelven ahora obstáculos insalvables para apoyar al PP, y todo
el empeño de Ciudadanos parece seguir siendo forzar una situación de bloqueo en
la que pescar como en río revuelto.
Para colmo del esperpento, Rivera no ha
dudado en pedirle al Rey que borbonée jugando un papel que la constitución no
le otorga. De tanto oír a sus mentores que el Rey podría proponerle como
presidente por encima del resultado de las urnas, Rivera ha debido pensar que
Felipe VI tiene unos poderes como los de los Felipes que le antecedieron en el
trono.
No caben golpes de palacio para imponer
candidatos por encima del resultado electoral. Una vez que Rajoy ha aceptado el
encargo del Rey para formar gobierno, ya no hay lugar al veto, no hay otro
candidato, y Ciudadanos deberá decidir entre hacer lo que le piden sus votantes
o lo que le piden sus mentores mediáticos, entre el interés general o los
personalísimos, entre optar por la gobernabilidad o forzar un bloqueo que nos
conducirá sin remedio a unas terceras elecciones, en las que las perspectivas
para Ciudadanos no son precisamente halagüeñas.
Apoyar la investidura de Rajoy, después de
haber hecho “casus beli” del veto a su persona, es un sapo duro de tragar para
los naranjitos, y de ahí que pidan (y prácticamente supliquen) la abstención
del PSOE, a fin de que el gallego pudiera tener su investidura sin necesidad
del apoyo de Ciudadanos. Pero la hora de retratarse ha llegado. Rivera ha
puesto a los suyos al borde del precipicio, y ahora debe decidir si se traga el
veto o por el contrario salta hacia la misma nada de otros experimentos de
centroizquierda como el CDS o UPyD. Tiene una ocasión de oro para hacer que su
partido tenga una influencia positiva en el futuro gobierno de España. Por el
bien de todos no debería desaprovecharla.