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El salto hacia la nada de Ciudadanos


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31/07/2016

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Ciudadanos pasó en poco tiempo de ser ese partido casi insignificante que caía bien a todo el mundo a ser un actor importante en la escena política, aunque quizás menos de lo que ellos mismos piensan. Por el camino han dejado algún que otro cadáver (que le pregunten a Rosa Díez), y han pagado en forma de aluvión el peaje para presentar candidaturas en prácticamente todas las circunscripciones. Sin embargo, y a pesar de llenar sus listas de exPP, exPSOE, exUPyD, tienen el desparpajo suficiente para llamarse a sí mismos "nueva política".


Hay quien prefiere crecer poco a poco y consolidar cada día lo construido, pero la crisis del bipartidismo ofreció a Ciudadanos la oportunidad de crecer como la espuma y no cabe duda de que lo han aprovechado. Pero el vértigo de este rápido ascenso ha debido producir mal de altura en algunos de sus líderes, de forma que el partido se ha convertido hoy en algo difícilmente reconocible para algunos de sus fundadores.

Los azares de la demoscopia pusieron a los de Albert Rivera en vísperas del 20D en situación de convertirse en la segunda fuerza política, o incluso quién sabe... El espejismo era tan bonito que era difícil resistirse a creerlo, y los líderes del partido naranja y sus consejeros/patronos mediáticos empezaron a pensar en grande. Ahí se fraguó ese falso mito del "candidato del IBEX" que, a fuerza de oírlo de sus aduladores, parece haberse creído hasta el propio Rivera. El IBEX no tiene candidatos, y los tiene a todos.

Pero las elecciones no se ganan en las encuestas sino en las urnas, y el 20D debía haber devuelto a Ciudadanos a la sensatez de la realidad. Por el contrario, lejos de resignarse al papel de bisagra que le otorgaban sus 40 diputados, Rivera quiso ser el actor principal. Por eso en lugar de facilitar la investidura de Rajoy (se limitó a ofrecerle una abstención como mucho), se embarcó en un pacto con el PSOE condenado al fracaso, convencido por sus mentores de que ante una situación de bloqueo, él, en una especie de “operación Armada”, podría ser el hombre de consenso al que el Rey encomendara la formación de gobierno. El resultado fueron varios meses de postureo, firmas solemnes y dos sesiones fallidas de investidura, y el país abocado a unas nuevas elecciones.

No les importó dejarse en la gatera su imagen de partido defensor de la unidad de España apoyando el federalismo asimétrico de Sánchez, ni dar la espalda a un electorado en buena medida procedente del centro derecha, para echarse en manos del PSOE más radicalizado de los últimos tiempos.

Tras el experimento fallido, lejos de rectificar, la formación naranja se lanzó a la nueva campaña electoral como si el pacto de investidura con el PSOE siguiera plenamente vigente, y haciendo del veto a Rajoy el eje de su campaña. La apuesta era arriesgada como lo demostró el resultado del 26J, que supuso un importante correctivo para los de Rivera.

Con sus consejeros áulicos diciéndole que el pacto con el PP supone la muerte política de Ciudadanos, y con sus mentores mediáticos empeñados en la revancha personal con Rajoy, una vez más se ha optado por la huida hacia adelante: si el 20D se ofreció al PP una abstención en primera instancia, tras el 26J la abstención se ofrece como mucho en la segunda votación. Todas las gracias que se consistieron a Sánchez antes del pacto de investidura se vuelven ahora obstáculos insalvables para apoyar al PP, y todo el empeño de Ciudadanos parece seguir siendo forzar una situación de bloqueo en la que pescar como en río revuelto.

Para colmo del esperpento, Rivera no ha dudado en pedirle al Rey que borbonée jugando un papel que la constitución no le otorga. De tanto oír a sus mentores que el Rey podría proponerle como presidente por encima del resultado de las urnas, Rivera ha debido pensar que Felipe VI tiene unos poderes como los de los Felipes que le antecedieron en el trono.

No caben golpes de palacio para imponer candidatos por encima del resultado electoral. Una vez que Rajoy ha aceptado el encargo del Rey para formar gobierno, ya no hay lugar al veto, no hay otro candidato, y Ciudadanos deberá decidir entre hacer lo que le piden sus votantes o lo que le piden sus mentores mediáticos, entre el interés general o los personalísimos, entre optar por la gobernabilidad o forzar un bloqueo que nos conducirá sin remedio a unas terceras elecciones, en las que las perspectivas para Ciudadanos no son precisamente halagüeñas.

Apoyar la investidura de Rajoy, después de haber hecho “casus beli” del veto a su persona, es un sapo duro de tragar para los naranjitos, y de ahí que pidan (y prácticamente supliquen) la abstención del PSOE, a fin de que el gallego pudiera tener su investidura sin necesidad del apoyo de Ciudadanos. Pero la hora de retratarse ha llegado. Rivera ha puesto a los suyos al borde del precipicio, y ahora debe decidir si se traga el veto o por el contrario salta hacia la misma nada de otros experimentos de centroizquierda como el CDS o UPyD. Tiene una ocasión de oro para hacer que su partido tenga una influencia positiva en el futuro gobierno de España. Por el bien de todos no debería desaprovecharla.





Etiquetas:   Partidos Políticos

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