. Por eso los servicios secretos del régimen alentaban “por
lo bajini” a aquel incipiente PSOE de Suresnes que, patrocinado por la
socialdemocracia alemana y apoyado por la CIA, ofrecía un plantel de caras
nuevas que suponía una mirada hacia el futuro dejando atrás los fantasmas del
pasado.
Y fue este aspecto “nuevo” el que, llegado el
momento, iba a seducir a la gran mayoría de los votantes, dándole al PSOE la
primera mayoría absoluta de nuestra joven democracia. Mientras que al frente del
centro y la derecha seguían caras que habían vestido camisa azul hacía cuatro
ratos, el PSOE llegaba con un halo de modernidad, de “cambio”, y parecía
destinado a enterrar de forma definitiva lo peor de nuestra historia. Y hubo
cambio, y modernización, pero el PSOE cometió el error de creer que España era
un cortijo de su propiedad, y empezó a comportarse como si así fuera. Mientras
que los palmeros de la prensa oficial identificaban partido y país, las
elecciones sólo servían para saber si la mayoría del PSOE iba a ser absoluta o
absolutísima.
Nadie quiso ver los síntomas de la decadencia, y se
menospreciaba a una alternativa que poco a poco se iba fraguando y consolidando,
dándole a la derecha española ese mismo aspecto “nuevo” que en su día fue el
banderín de enganche de los socialistas. Un casi desconocido José María Aznar,
rodeado de un grupo de jovenzuelos de aquella nueva derecha, se atrevían a
plantar cara al hasta entonces todopoderoso PSOE infringiéndole aquella “dulce
derrota” del 96.
Muy lejos de haber entendido el mensaje, la lectura
que hizo el PSOE fue que la derrota era por defecto de ideología, y se empezó a
virar a la izquierda hasta el punto de llegar al acuerdo electoral de Almunia
con la IU de Frutos, que condujo al PSOE al batacazo definitivo en las
elecciones del 2000, que otorgaron la mayoría absoluta al PP de Aznar.
Si lo de Almunia fue un error de cálculo, lo que
iba a venir después iba a ser el acabose. La era Zapatero iba a estar presidida
por una radicalización tanto en las formas como en el discurso. Se empezó con la
deslealtad absoluta que supuso firmar un pacto antiterrorista para después
negociar con los etarras a espaldas del gobierno, y se terminó con la
justificación del asalto a las sedes del PP, en una falta de respeto a la
libertad política sin precedentes en la etapa democrática emprendida en España
desde 1978. En el discurso, la
radicalización se expresó fundamentalmente en la recuperación del
guerracivilismo, con el abuelo fusilado y la memoria histórica, el extremismo
ideológico de género, y la rendición absoluta ante los separatismos.
Es difícil saber a dónde hubiera llegado el PSOE de
Zapatero de no haber sido por el atentado del 11-M, pero el caso es que, para
desgracia de España, Zapatero se convirtió en presidente del gobierno, y lo fue
durante ocho años, dejando a España en una situación de emergencia económica y
política como no se recuerda en la historia reciente, y al PSOE con el peor
resultado electoral de toda la democracia hasta entonces.
El balance del periodo de radicalización de
Zapatero no puede ser más nefasto para el PSOE. No sólo dejó a su partido por
debajo del suelo electoral de Almunia, sino que ha contribuido a revitalizar a
una extrema izquierda que estaba desparecida del mapa, y que hoy está en
disposición de disputar la hegemonía de la izquierda al PSOE. Cultivando el
radicalismo de izquierda no sólo no consiguió fortalecer a su partido sino que
le creó un nuevo enemigo que antes no tenía.
Por desgracia en el PSOE, o al menos en su
dirección, siguen sin hacer el diagnóstico adecuado, y así la etapa de Sánchez
no es más que una continuación de aquella huida hacia adelante que inició su
antecesor. En lugar de hacer un discurso centrado e igual en todos los
territorios del Estado, en lugar de recuperar las esencias de la
socialdemocracia, se empeñan en mirar hacia Podemos y en copiar sus consignas,
llenado aún más el caladero de la extrema izquierda. El resultado no puede ser
más claro, y en las dos últimas convocatorias electorales Sánchez no ha conseguido
sino rebajar dos veces consecutivas el suelo electoral del PSOE.
A Aznar le costó más de siete años pasar de los
pedazos de Alianza Popular al PP gobernante, y reconstruir al PSOE a partir del
erial que han dejado Zapatero y Sánchez no va ser fácil. Pero alguien dentro
del partido deberá elegir entre continuar con esta huida que sólo puede
llevarles a la desaparición, o empezar a reconstruir un partido útil para
España.