. Ese día el diario norteamericano New York Times
publicó una extensa investigación,
elaborada por el dos veces Premio Pulitzer, Craig Pyes y Sam Dillon, en la que
se presentaba una funesta acusación: Raúl Salinas de Gortari, hermano
del Ex Presidente Salinas se reunía, periódicamente, con narcotraficantes,
entre ellos Armando Carrillo Fuentes, El Señor de los Cielos, en la que
repartía, miles de millones de pesos, entre otros personajes, a dos
Gobernadores y personajes centrales de la Seguridad Nacional en la década de
1980: Jorge Carrillo Olea y Manilo Fabio Beltrones.
Sin embargo, Olea Carrillo y Beltrones, tenían una relación anterior,
igualmente turbia y, desde entonces marcada por la impunidad. Ambos se formaron
y controlaron, tiempo después, el Sistema Nacional de Seguridad, en la que, por
cierto, tenían la responsabilidad y el poder de controlar al narcotráfico, cada
uno, fue un fiel y cercano colaborador del temible Fernando Gutiérrez Barrios. En la investigación de Pyes, tanto Carrillo Olea, como Beltrones, brindaban
protección al narcotráfico,
respectivamente, en el Sur y Norte del país, es curioso que ninguno de los
tres, hasta el momento ha enfrentado ningún proceso jurídico por narcotráfico. Raúl Salinas nunca fue acusado por narcotráfico, una sola acusación.
Carrillo Olea sí enfrentó la justicia por asesinato y secuestro. Se comprobó su
relación con bandas de secuestradores que tenían azolados a empresarios
pudientes del Estado de Morelos, pero por narcotráfico, una sola acusación. Y
Beltrones… bueno Beltrones se reunió, el día de ayer, con el nuevo Presidente
del Partido Revolucionario Institucional (PRI), Enrique Ochoa, el mismo día,
por cierto, que se anunció el Sistema Nacional Anticorrupción, el mismo día en
que el Gobierno del Presidente Peña Nieto hizo un compromiso y reconocimiento
público por acabar con la impunidad.
Es inevitable pensar si el cambio, promovido por Enrique Ochoa, integrará un piso mínimo de exigencia
democrática y una lucha frontal contra la impunidad. Insisto, por ello, que la
reunión, entre Ochoa y Beltrones, es un augurio funesto para la democracia y
para la transformación de un pasado que por oprobioso no se puede volver a
repetir.