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Memoria del Futuro


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08/08/2011


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Cuando niño, soñaba con ser bombero y mi hermana con ser pastelera. Seguramente, si se le hubiese preguntado a mil niños y niñas, en esos años, seguramente sus respuestas habrían ido por el mismo rumbo, además de doctores, fabricantes de volantines, vendedores de árboles de Navidad, astronautas, y/o, por cierto, lo mismo que hacían sus papá o mamá, como el primer gran espejo en que todos nos vemos cuando comenzamos a valerlos por nosotros mismos. A partir de ahí, las respuestas también surgían cubriendo todo lo que, la infinitamente fértil imaginación infantil, permitía crear.


 

Hoy, en el Chile del siglo XXI, ante la misma pregunta, hay dos respuestas que compiten por su recurrencia: (1) “quiero tener plata”; (2) “Quiero …. quiero … no sé qué quiero ser cuando grande”. Ambas respuestas tienen un punto de encuentro. La segunda es directamente una expresión de ausencia de motivaciones concretas. La primera, lo mismo, dado que la solución a ese “sueño” es tan disperso que, por lo mismo, puede dar para cualquier línea motivacional, asunto que la homologa con que no existe ninguna línea de interés focal.

 

¿Recuerda el diálogo que Lewis Carroll colocó en las bocas del gato y Alicia, en “Alicia en el País de las Maravillas”?:

 

“¿Me podrías indicar hacia donde tengo que ir desde aquí?” pregunta Alicia. … ”Eso depende de a dónde quieras llegar” responde el gato. … “A mí no me importa demasiado a donde” dijo Alicia. …“En ese caso, da igual hacia donde vayas”, responde el gato

 

Este texto mantiene su plena vigencia. Cuando no se tiene claro, o simplemente no se sabe para donde se quiere ir, al final, todos los caminos sirven al objetivo. Lo grave, es que en ese andar en la oscuridad, la posibilidad de llegar donde no se quiere estar, adquiere una probabilidad tremenda.

 

Cuando se tiene un objetivo concreto (sea en lo laboral, en lo familiar, en lo social y en lo personal) se simplifica la toma de decisiones respecto de nuestros recursos, en especial, del más complejo porque se agota en si mismo y no se puede acumular: el tiempo. Cuando no tenemos esa claridad, andamos a la deriva, tal vez, precisamente buscando ese sentido trascendente para nuestros día a día.

 

Al objetivo por alcanzar (el ser bombero o pastelero y todas sus posteriores actualizaciones), se le entiende como la “memoria del futuro”. La que nos coloca un punto en el horizonte hacia el cual mirar y hacia donde desplazarnos. Es “memoria” porque aparece repetitivamente en nuestras reflexiones y en las perspectivas para la toma de de decisiones.

 

Así como la memoria “del pasado” permite aprovechar los aprendizajes de las experiencias vividas, transformadas en conocimiento, la memoria “del futuro”, facilita discriminar y tomar decisiones que aproximen a tales metas situadas en el futuro. Y si, con el paso del tiempo,  se cambian tales metas, ese reemplazo mantiene su rol orientador.

 

Por estos días, la agenda social de Chile está marcada por el tema educacional. Nuestros hijos e hijas, han activado un reclamo masivo en procura de acceder a una formación que, efectivamente les permita cumplir sus anhelos. Detrás de ellos, emergieron los profesores, sus padres, en suma la comunidad toda, incluyendo por cierto al Gobierno, como el actor clave que deberá traducir los acuerdos en acciones concretas.

 

En este tipo de escenarios controversiales, tanto la memoria del pasado como la del futuro juegan roles interdependientes. La del pasado es la que provee de (1) el punto de partida, es decir el camino ya recorrido y los avances vigentes; (2) la mayor o menor confianza respecto de los acuerdos que se vayan a lograr. A mayor credibilidad mayor espacio para negociar avances intermedios y, a menor confianza con el interlocutor, mayor polarización de las posiciones (la fantasmal expresión “letra chica”, en este caso está desempeñando un rol indiscutible).

 

Por su lado, la memoria del futuro, nos provee de (1) lo que se quiere que sea la educación en Chile, de cara a un proyecto de país desarrollado (económica y socialmente), (2) nos aporta la solución también a nuestros miedos, en el sentido de la frase recurrente de que, si no se es profesional, la vida será un transitar de angustia en angustia, en un marco de inestabilidades recurrentes (expresión que no comparto pero que está en el imaginario de todo escolar y la mayoría de los padres).

 

Por lo último es que abrí esta columna, con las respuestas a la pregunta de qué se quiere ser “cuando grande”. Cuando las respuestas son tan ambiguas y el foco se fija en un medio (el dinero) y no en su fin (para qué quiero ese dinero), y la palabra “felicidad” se difumina casi hasta desaparecer del lenguaje de los jóvenes, es porque algo, o más de algo, lo hemos estado haciendo muy mal (en el hogar y el colegio). 

 

Ante ello, es imperioso construir un sueño compartido respecto de qué es lo que queremos como educación. En su diseño, el “¿para qué queremos lo que queremos?” es esencial. El punto ya lo he abordado en otras columnas. Con eso establecido, el paso siguiente es concordar una ruta de navegación. No todo se puede hacer ahora. Por lo demás, siempre los cambios más significativos, en todo orden de cosas, suelen ser de largo plazo. En política, trascienden gobiernos y son como carreras de postas, donde cada gobernante recibe un bastón (lo hecho hasta ese momento), avanza lo que le corresponde (o puede hacer), para entregárselo a quien le vaya a suceder, y así sucesivamente.

 

Actuar en un sentido diferente, el tratar de lograr todo en el plazo inmediato, es un imposible, en términos prácticos. De hecho, los fundamentalismos, vengan de donde vengan, nunca son buenos consejeros. Así como a un almendro no lo podemos hacer crecer más rápido a tirones, los grandes cambios en la sociedad necesitan de sus propios tiempos, de modo que para llegar luego, hay que avanzar, tal vez, más lento, pero con cuidado de que no sea necesario, en ningún momento detenerse ni, mucho menos, devolverse para reencontrar el camino extraviado.

 

Solo cuando nos percatemos que, al mirar por el espejo retrovisor de la vida, nuestra memoria del pasado está crecientemente alineada con lo que nos provee nuestra memoria del futuro, podremos sentirnos tranquilos por el camino sobre el cual avanzamos.

 

En ese escenario, el “qué queremos ser cuando grandes”, tal vez deje de ser un “no sé” o un “millonario”, y nos reencontremos con pasteleros, fabricantes de juguetes y, por sobre todo, con felicidad al contestar la pregunta, y no una carita de angustia contenida al no saber qué responder.

 

Seguramente nunca logremos el 100% de aquello que tenemos registrado en nuestra memoria del futuro pero, claramente, al existir tal referente, llegaremos bastante más arriba que si este no existiese.



Etiquetas:   Educación   ·   Recursos Humanos

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6 comentarios  Deja tu comentario


Hugo Vergara Reyes, Académico, Facilitador y Consultor Organizacional Estimada Verónica:

Gracias por tu comentario, porque lo que cuentas de tu conversación con tus hijos, es para todos nosotros una enseñanza. Y no solo están haciendo estupendamente las cosas, sino que, al llevarlo al papel, seguramente otras personas te imitarán, no solo en la pregunta, sino, por sobre todo, en las reacciones que las respuestas nos provoquen. Ah! yo también, además de ser bombero, quería ser arquero, claro que para que me felicitaran (me sentí muy egoísta, con efecto retroactivo, al leer la respuesta de tu hijo). Un abrazo.


Verónica Sánchez , Hola, Hugo:

¡Me encantó tu columna! Tener objetivos de vida claros es lo que les hace falta a muchos en nuestra sociedad. Si el éxito sólo se mide de acuerdo al dinero obtenido, estamos educando niños que no valoran las cosas simples de la vida y que no escuchan a su corazón. Les pregunté a mis niños qué querían ser cuando crecieran y el niño me dijo que quería ser arquero de fútbol, le pregunté por qué y respondió que para hacer feliz a la gente. La niña me dijo que quería ser artista y profesora de arte, también le pregunté por qué y dijo que le encantaba el arte porque es bonito. Al menos, pensé yo, algo estamos haciendo bien mi marido y yo. Muchas gracias por poner en palabras la memoria del futuro...

Verónica


Hugo Vergara Reyes, Académico, Facilitador y Consultor Organizacional Estimada Maribel

Tus reflexiones le han dado una vuelta adicional a la columna y, claramente la has enriquecido. El tema, al final es transversal a todas las edades, en los correspondientes distintos roles. Para ello, ayuda mucho esto de saber valorar cada día de nuestros días, asunto en que, la memoria del futuro, ayuda mucho.

Gracias por tu tiempo


Maribel Valle, Ojalá los acontecimientos que vivimos en el país, nos sirvan, entre otras cosas, a re valorar interrogantes como ésta. Una tarea de cada familia, en el enfoque que damos a nuestras hijas e hijos, a la escala que construimos,a los valores que le asignamos a cada peldaño...
Ojalá; no sólo niños y niñas se planteen la interrogante, ya que puesta en mi adultez, aún no me siento grande y me gustaría "crecer" hasta lograr una aproximación cercana a ser una "gran" persona...me encantaría que mis hijos también se sumarán a la vida con sus genuinos sueños, sin la calculadora que los restrinja...
Gracias Hugo, por invitarnos a reflexionar, a establecer esta pausa que permite abrir la ventana y ver un poco más allá de la rutina, ver que el horizonte es más amplio que la contingencia... gracias por la oportunidad de compartir...

Maribel


Hugo Vergara Reyes, Académico, Facilitador y Consultor Organizacional Estimada Karen:

En lo que dices encierras una de las claves del problema. Cuando el foco es el medio (dinero), este nunca se termina de lograr. Cuando se coloca por delante la vocación, el dinero adquiere su rol verdadero y es más fácil vivir con las oportunidades que se nos despliegan respecto de aquello que nos gusta hacer y/o ser. Parafraseando el título de la columna, se nos acerca y factibiliza más aquello que está en nuestra memoria del futuro. Muchas gracias por tu tiempo.




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