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Cartas a Plinio el Joven I


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06/07/2016

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CARTAS A PLINIO (EL JOVEN)


I





Vicente Adelantado Soriano





Mi deseo era, en efecto, mostrarme enérgico, no tedioso.

Plinio.





Ludovicus Plinio suo salutem plurimam dat. Han tenido que pasar unos cuantos y largos días para ser capaz de ponerme delante del ordenador y escribirte una carta a ti que, lo sé, es imposible que contestes. En eso no te diferencias en nada de muchas personas vivas que, en el mejor de los casos, cuando reciben una carta, cogen el móvil y envían dos o tres emoticones, es decir dos o tres dibujos prefabricados, a quien tuvo la osadía de mandarles un par de folios de letra apretada que, tal vez, ni han tenido la deferencia de leer. Así son los tiempos que nos han tocado vivir.

Como compensación por esas respuestas a mis cartas, que no llegaban, di en leer y releer las tuyas como si fueran dirigidas a mí. Fue un acierto, máxime cuando tuve la suerte de encontrarlas en latín. Me costó, sí, un gran esfuerzo leerlas, pero valió la pena.

La primera vez que, en respuesta a una larga y sentida carta, alguien me envió estas horribles caras amarillas, me quedé blanco y sin habla. No obstante, me acordé en seguida de un libro que leí en mi juventud, aquella lejana juventud sin ordenadores, móviles, ni internet, entre otras cosas. En dicho libro, El defensor, su autor, Pedro Salinas, compara el reloj que la gente, en la actualidad, lleva en la muñeca izquierda con una rodela medieval: es el moderno escudo que utilizan para defenderse del peligro de la lectura: no tienen tiempo, la rodela lo demuestra, y al no tenerlo, blanden y agitan el escudo como justificación para no leer. Ahora, y seguramente también entonces, tampoco hay tiempo para escribir. Es lógico: si no hay tiempo para una cosa tampoco lo hay para la otra. Para eso están los eslóganes y los emoticones. Para hacernos la vida más llevadera y sencilla. Qué tiempos nos ha tocado vivir. Cuánta vaciedad.

Pese a todo, querido Plinio, no dejo de asombrarme cuando voy a alguna librería: en los largos y anchos expositores se amontonan infinidad de novelas, muy gruesas por lo general, anunciadas siempre como novedades, como lo último de lo último. Unas novedades que se renuevan con la misma facilidad con la que uno se cambia de camisa en verano. Ante esos mamotretos, muchos de ellos pretendidamente históricos, me hago la misma pregunta que cuando, en la televisión, he visto algún desfile de moda: ¿alguien se pone para ir por la calle esos ridículos trapos que las modelos lucen en las pasarelas? No he visto a nadie que vistiera esos modelos por la ciudad; ni conozco a nadie que se haya leído alguno de esos mamotretos recién impresos. Quizás es que vivo demasiado aislado. Y la verdad es que tampoco tengo muchas ganas de relacionarme con la gente.

El resultado de estas elecciones pasadas, es inevitable hablar de ello, permíteme que cambie de tema, ha hecho que me aísle todavía más. No hace falta que te diga que me ha decepcionado que la misma gente que está en el poder, un partido tan corrompido como aquellos gobernadores que, en el imperio, y también en la república, enviabais a las provincias, haya vuelto a ganar las elecciones. Vosotros, al menos, en Roma, si no estoy mal informado, os deshacíais del corrupto, y no volvía a gobernar nunca jamás. Eso cuando no iba acompañado de unos discursos que han quedado como modelo literario y forense. Por ejemplo los dedicados a Verres, quizás el más conocido de aquellos viejos corruptos; al lado de los actuales políticos, de algunos, el hombre queda como un aprendiz. Pero, claro, los tiempos cambian y las técnicas se perfeccionan. Verres al menos dio origen a las verrinas ciceronianas. Algo es algo. Ahora no nos quedan sino los berrinches. Así son los tiempos que nos ha tocado vivir.

Si bien llevo ya bastante tiempo sin ver la televisión, ni oír la radio, ni casi leer los periódicos, no por ello han dejado de llegar a mis oídos y ojos las mil y una interpretación que han dado algunos periodistas, sociólogos, politólogos, palabra fea y horrible donde las haya, y demás personal para intentar explicar el resultado electoral, que ha decepcionado a todos, menos a quien ha ganado. Como no podía dejar de suceder hay opiniones para todos los gustos, y de todos los colores. Tantos son los bachilleres, tantos son los pareceres. Yo no voy a abundar en ello: ni sabría hacerlo, ni me siento capaz. Lo único que me atrevería a decir es lo que los partidos políticos, unos y otros, me han parecido a mí. Pero no creo, sinceramente, que eso le interese a nadie, ni tenga ningún interés en sí.

Confiaba, y puedes tildarme de ingenuo, que tras tantos años de corrupción, escándalos, falta de ética, vergüenza y sentido común, la gente, mis conciudadanos, apostarían por un relevo, por un cambio por mínimo que este fuera. Pero no ha sido así. Parece ser, dicen, que ha triunfado la resignación, el más vale malo conocido que bueno por conocer. Cierto es que las opciones que había tampoco eran para tirar cohetes. Pero no era como escoger, para que lo entiendas, entre Pompeyo y César. O sí. Vete a saber. Sea como fuere, cada vez me siento menos interesado por la política, si a esto se le puede llamar política, y por las decisiones que adoptan esas personas nacidas al calor de unos votos, que vaya usted a saber en qué condiciones se han otorgado.

Siempre he dicho que me gustaría mucho saber cómo funciona un partido político por dentro. Está claro que lo podía haber averiguado metiéndome en uno. Pero me parece una pérdida total de tiempo. Creo que hay cosas más importantes en esta vida. En tu época, y aun antes, querido Plinio, un joven comenzaba su carrera política, el cursus honorum, porque así lo creía: era un deber servir a la patria. Y sirviendo a la patria, por supuesto, defendía sus propios intereses. El senado estaba formado por los optimates, por los ricos, quienes miraban con desconfianza a todo hombre nuevo, homo novus. ¿Qué persiguen quienes se meten ahora en los partidos políticos que no están formados, desde luego, por los optimates, los ricos o los mejores? Dudo mucho que sea un afán de servicio público, pues las cosas cada vez funcionan peor: hay demasiadas personas en el paro, el sistema educativo es penoso, con él se está castrando a la juventud, y las estafas, los escándalos y las corruptelas no cesan. Y los partidos políticos no hacen nada, que no sea hablar y mentir, por corregir y acabar con tamaños desmanes. Parece ser que el triunfo todo lo justifica. ¿Y para qué quieren ganar las elecciones? ¿Tal vez porque más cornadas da el hambre?

Recuerdo que tenía dieciocho años cuando leí los Diálogos, de Platón. Y lo recuerdo porque me enfadé mucho con Sócrates: no me cabía en la cabeza que este fuera contrario al sistema democrático. Creo recordar que Sócrates se rebelaba contra un sistema que daba el mismo valor a su voto que al de un zapatero remendón. Sí, me enfadé mucho con Sócrates. Lo bajé del pedestal donde lo tenía colocado. Hoy, sin embargo, cuando leo algunos comentarios de los lectores a las noticias, que no son zapateros por cierto, o a las opiniones de unos y de otros, no dejó de recordarlo y añorarlo. Pero claro, entonces, a los dieciocho años, yo vivía bajo una dictadura, y ahora lo hago bajo algo que ya no sé cómo definirte. Digamos que vivo bajo una monarquía parlamentaria. Con la salvedad de que el monarca no decide nada, ni el parlamento tampoco: las mayorías absolutas de los partidos políticos, cosa que debería estar prohibida, como la monarquía absoluta, ha terminado por arruinarlo, o arrinconarlo. Y un político en el poder se debe a quien le paga, que no a la generosidad con los oponentes. Pagan y mandan, querido Plinio, los mismos que pagaban y mandaban en tu época, y que no son los pequeños terratenientes precisamente. Cuando un senador en la vieja Roma hablaba de patria estaba pensando en sus propios intereses. No ha cambiado nada. La patria es como dios: tiene unas espaldas muy anchas.

Siempre me digo que no voy a ir a votar, y siempre acudo al colegio electoral. Y siempre me digo que mi voto no sirve para nada, como así es. Y tras cada nueva votación, vuelvo a casa, me encierro en mis libros y me echo a temblar. Veo que vamos por una senda equivocada y peligrosa. Sí, Europa tras la II Guerra Mundial parece que aprendió algo, y ahora hay organismos que, aparentemente, podrían frenar cualquier conato de utilización de la fuerza. Lo malo es que esos organismos se están convirtiendo en organismos de mercado, en imposiciones de unos países hacia otros, en lo mismo de siempre, y con las mismas soluciones de siempre. Ahí tienes los montones de refugiados. Y no, querido amigo, no considero que sea dulce y decoroso morir por ninguna patria. Yo también te podría decir, como el viejo poeta, que mi patria es mi infancia, y mi infancia hace muchos años que murió. Es suficiente con una muerte. Ni la propia naturaleza nos pide más.

Cuando llego a este punto, se me ocurre pensar que estaría muy bien que estuviera yo equivocado. A veces, con esa esperanza, abro algún periódico, u oigo alguna entrevista. Pero a los pocos minutos, el pesimismo vuelve a mí, pues no leo, en la prensa, más que vaciedades, de uno u otro signo, desde luego, pero vaciedades en ambos casos. Así que, querido amigo, igual que cuando escribía una carta, y recibía emoticones, di en leer, como respuesta a la mía, cualquiera de tus cartas, ahora me refugio en ellas, o en discursos de Cicerón, o de quien sea. Y como en latín me cuesta mucho leer, paso el día muy ocupado y con la mente centrada en cosas importantes y que me llenan de orgullo y contento, como por ejemplo ser capaz de leer y entender, mal que bien, cosas que se escribieron, hace miles de años en una lengua que tan rica y productiva ha resultado. Y así justifico, de paso, ante quien tenga oídos para oír la importancia de ciertos estudios. Vale.















Etiquetas:   Corrupción   ·   Elecciones   ·   Lectura

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