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La soberbia del perdedor


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29/06/2016

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Pasó el 26J y al final ni hubo sorpaso, ni avance hacia la “mayoría de progreso” (que de progreso no tiene nada y de mayoría cada vez menos). Es más, de los cuatro partidos que parten el bacalao, sólo uno, el PP, salió reforzado, mientras que los otros tres salieron escaldados en mayor o menor medida.Las ruedas de prensa de la noche electoral no arrojaron grandes sorpresas. Iglesias aceptó con deportividad el batacazo de la confluencia comunista, e Incluso Sánchez nos ahorró un ridículo como el del 20D, cuando afirmó haber “hecho historia” después de obtener el peor resultado del PSOE hasta entonces. Es decir, perdedores asumiendo su derrota.


Pero en estas salió Rivera, como casi siempre encantado de haberse conocido, y tras dejarse por el camino al 13% de sus votantes se puso a repartir excusas, y a formular ataques contra la ley electoral, y poco faltó para que culpara al día de playa de sus malos resultados electorales. Sus vaivenes durante los últimos meses, su atrincheramiento antiPP, su encamamiento con Sánchez, o su campaña llena de frases hechas y carente de definición en lo esencial, no habían tenido nada que ver en el retroceso de la formación naranja; la culpa siempre es de otros.

La primera excusa que esgrimió Rivera fue la de la participación. Guiado una vez más por la osadía que da la inexperiencia, y con el dato de participación de las seis de la tarde rondando por su cabeza, se puso a decir que la baja participación les había perjudicado, sin reparar ni él ni ninguno de sus asesores en que el dato final de participación (el de las ocho) fue prácticamente igual que el del 20D. Pero es que aunque la participación hubiera caído a la mitad, Rivera hubiera tenido que reflexionar sobre por qué la baja participación le perjudica más a su partido que, por ejemplo, al PP.

Si la excusa de la participación es difícil de sostener, no lo es menos la siguiente excusa esgrimida por Rivera: la polarización. El voto no se polarizó entre PP y Podemos. De hecho Podemos fue quien más votantes perdió. No hubo polarización alguna, sino un desplazamiento del voto hacia el PP, y por tanto esta excusa es si cabe más barata que la primera.

Como la inconsistencia de estas excusas debió quedarles patente incluso a los palmeros que rodean a Rivera, al día siguiente de las elecciones ya no hablaban ni de participación ni de polarización, y echaban la culpa del retroceso de C’s al voto del miedo y al Brexit. Estas dos excusas tienen un denominador común, la hipótesis de que ante el temor por la situación en la Unión Europea tras el referéndum británico, o ante el miedo a la llegada del comunismo bolivariano, el votante se haya refugiado en el PP. Y aunque esta hipótesis fuera cierta, Rivera debería pensar en por qué ante una situación de temor los votantes prefieren refugiarse bajo el paraguas del denostado Rajoy en lugar de echarse en brazos del clarividente y supermegaguay líder de Ciudadanos.

Pero donde Rivera cargó con más virulencia fue sin duda en el tema de la ley electoral, la misma ley que se aplicó a los comicios del 20 de diciembre y de la que curiosamente entonces no se acordó cuando salió a presumir de sus 40 escaños. Lo primero que se puede decir de la ley electoral es que es igual de justa o injusta para todos los partidos que concurren a las elecciones. No valen esas cuentas manipuladas de si al PP le cuesta el escaño no sé cuántos votos y a Ciudadanos no sé cuántos, porque no son datos comparables. Si el señor Rivera hubiera obtenido 8 millones de votos, los escaños le hubieran salido por los mismos votos que al PP; es así de simple. La Ley D´Hont se aplica para favorecer la formación de gobiernos más estables, dando un plus a los partidos mayoritarios. Si el señor Rivera no está de acuerdo con la formación de gobiernos estables (cosa que por lo visto en los últimos meses parece probable) que lo diga claramente.

Por ejemplo tuvo una ocasión de decir lo que piensa hacer en materia electoral en el tan cacareado pacto que suscribió con Pedro Sánchez, pero ahí se limitó a promover las listas paritarias, y a regular los debates electorales (esos que el señor Rivera ganaba en la universidad y pierde ahora en las teles). En el citado pacto sólo aparece una mención genérica a “mejorar la proporcionalidad”. ¿Eso qué es, señor Rivera? ¿Es cargarse la Ley D’Hont, modificarla o matizarla? Me temo que en este tema como en otros muchos, el ideario de Ciudadanos se mueve en la nebulosa de la indefinición. Por cierto, no se dice nada en el citado pacto del tema de las circunscripciones electorales, algo que tradicionalmente ha beneficiado a los partidos nacionalistas. ¿De eso no tiene nada que decir el señor Rivera?

Y lo que ya pareció delirante fue el ejercicio de prepotencia de un señor que con 32 escaños asegura que va a cambiar una ley que, por su carácter de orgánica, requiere una mayoría cualificada de no menos de 200 diputados para modificarla.

Tras dedicarse los últimos meses a atacar a Rajoy, el señor Rivera ha conseguido que del 20D al 26J la distancia entre PP y Ciudadanos haya aumentado en un millón de votos. Creo que es un dato que debería hacerle reflexionar y ser un poco menos soberbio. Pero me temo que a este señor se le ha subido a la cabeza lo de “candidato del IBEX” y no le deja hueco ni para la autocrítica ni para la reflexión, y mucho menos para mirar por los intereses de todos.



Etiquetas:   Elecciones   ·   Política   ·   Partidos Políticos

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