.” Como
se sabe, éstas son parte de las palabras de John Donne que usó Ernest Hemingway
como epígrafe en su ya clásica obra sobre la guerra civil española Por
quién doblan las campanas. Las mismas nos han venido a la mente estos días tras
conocer la terrible hambruna que se ha desatado en Somalia, los atentados de
Noruega y el atípico caso de Rais Bhuiyan, quien suplica perdón para su
agresor.
Alguien dijo por allí que
para acabar con el hambre en el mundo sólo se necesitan 30.000 millones de
dólares anuales y que si las sumas de dinero que se le han inyectado al sistema
bancario de Estados Unidos desde la crisis del 2008 ( y que ese analista calcula en 1.700
millones de dólares ) se destinaran a dicho propósito, nadie dejaría de comer
por lo que resta del milenio. Tal vez esto sea así, y quizás ello confirme una
vez más las tesis de Mosca y de Pareto
de que el 20% de los habitantes concentra el 80% de los recursos, pero el caso
de Somalia constituye un ejemplo también de lo que sucede en un país cuando la
intolerancia, la locura y el desacuerdo
se apoderan de él.
Desde que en 1960 se formara
la nación de Somalia por la unión de los
protectorados de Somalilandia británica y la Somalia italiana, esta nación ha
sufrido toda suerte de luchas intestinas por el control del territorio, derivando
en un espacio sin ley y sin estructuras administrativas, por lo que se
considera un Estado “irreal” “fallido”, “inexistente” y hasta un “pseudopaís” .
La situación se ha complicado con la
peor sequía que ha azotado el cuerno de áfrica desde hace 50 años. Sin embargo,
no es la primera vez que la ONU declara la hambruna en este país. Ya lo había
hecho antes en 1992, pero hora la situación es mucho más preocupante que en
aquellos años. Aproximadamente cuatro
millones de habitantes, la mitad de la población del país, necesita ayuda
urgente y muchos de ellos en su desesperación buscan refugio en las vecinas
Kenia y Etiopía, donde a los campos instalados por Médicos sin Fronteras (MSF)
han llegado aproximadamente 500.000 personas, muchas de las cuales han tenido
que abandonar el cadáver de sus hijos en el camino. Esta circunstancia se hubiera podido mitigar en alguna medida si el grupo
fundamentalista islámico Al Shabad, que se supone afiliado a al Qaeda, y el
cual controla parte del centro y sur de
Somalia, no hubiera impedido desde 2009
el ingreso a esos territorios de las organizaciones internacionales de
ayuda humanitaria. Pero la hambruna está haciendo tantos estragos en Somalia,
que es ahora el mismo Al Shabad el que ha pedido la asistencia de estos
organismo, los cuales todavía no se sienten seguros con este grupo, ya en
aquella oportunidad se retiraron porque el mismo les exigía parte de las ayudas
y que ninguno de sus trabajadores fuera mujer.
Tanto este caso como el que recientemente
ha tenido lugar en Noruega, donde el fundamentalista ( pero esta vez anti musulmán) Anders
Behring acaba de sacudir con sus asesinatos
los cimientos de la misma sociedad noruega, contrastan con la actitud asumida por Rais Bhuiyan, un bengalí
que ha demandado al gobernador de Texas
Rick Perry, en su afán por detener la ejecución de Mark Stroman, un miembro de
una hermandad aria, quien después de los atentados del 11 de septiembre, en los
que había perdido a su hermana, le disparó a quemarropa al mismo tiempo que mataba a sus compañeros, al indio Vasudev
Patel y al paquistaní Waqar Hassan.
Como si Rais Bhuiyan
encarnara las palabras de Donne con las que hemos comenzado este escrito, ha declarado que “el 11 de septiembre produjo
algo horrible, no sólo a Estados Unidos, sino al mundo entero. Este es un
momento en que podemos tomar un nuevo camino, el camino del perdón, de la comprensión, de la tolerancia y de la
sanación”.
Seguramente Rais Bhuiyan no
se equivoca cuando dice que el 11 de septiembre produjo algo horrible dentro y
fuera de Estados Unidos, lo que sí dudamos es que muchos sigan su ejemplo tomando
un nuevo camino y que las campanas dejen de sonar algún día. Pero quién sabe,
todo es posible en un mundo donde una persona demanda a un gobernador porque no
le conmuta la pena a su agresor y asesino
de sus amigos.