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La madurez democrática


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19/06/2016

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Soy de la opinión de que la madurez tiene poco que ver con el paso del tiempo. Madurar es aprender a gestionar por uno mismo la suerte y los reveses, los aciertos y las meteduras de pata. Y este argumento vale también para la sociedad. Una sociedad madura es la que ha aprendido de sus errores y se esfuerza en no repetirlos, la que afronta sus retos y quiere ser dueña de su destino. Y en ese sentido, la última vez que España fue una sociedad madura fue en las Cortes de Cádiz de 1812: dejada de la mano por sus reyes y gobernantes, y a merced de la insaciable ambición napoleónica, la sociedad española de ambas orillas del Atlántico quiso tomar las riendas de su porvenir y darse a sí misma, por primera vez en la historia, carta de ciudadanía. La ensoñación duró lo mismo que tardó Fernando VII en traicionar la fe de su pueblo, es decir casi nada. Desde entonces la sociedad española ha alternado periodos de tutela con otros de una virulenta y suicida adolescencia, que a punto estuvieron de arruinarla de forma definitiva.


Esta reflexión viene a cuento de la pretendida madurez democrática que algunos reclaman de la sociedad española ante el reto que se nos plantea de cara a las elecciones del próximo domingo, y al hecho de que casi cuarenta años de democracia no hayan conseguido ni siquiera ahuyentar los peores fantasmas que han atenazado a nuestro país durante los últimos doscientos años.

Desgraciadamente, tanto en términos democráticos como en todos los demás, vivimos en una sociedad no ya inmadura sino agraz. Una sociedad adolescente, que se esconde y huye de lo que considera feo, incluido el esfuerzo, la vejez, y hasta la muerte. Una sociedad inconsciente del precio del bienestar que disfruta, y, llevada de esa misma inconsciencia, desagradecida con los que han hecho posible la vida que hoy tenemos. Una sociedad nihilista hasta la náusea, que huye de lo trascendente y se entrega sin reservas al primer charlarán de feria que le promete una paga y un poco de diversión. Una sociedad en la que el individuo ha desaparecido en favor de una masa borreguil fácilmente conducible y manipulable.

¿Y como hemos llegado a esto? En lo político, y en contra de lo que se nos ha querido vender, la sociedad española tuvo un casi nulo papel en la tan cacareada transición. Después de 40 años de paternalismo franquista, se nos condujo como a una especie de gallina ciega en un proceso del que muy pocos intuían el fin. Se nos planteó un referéndum en el que los españoles dimos un cheque en blanco a nuestros gobernantes para una reforma en la que conocíamos el régimen que íbamos abandonar pero nadie nos pintó el cuadro del régimen en que nos íbamos a convertir. Entre cuatro señores, y en habitaciones de hotel, nos elaboraron una constitución que lo mismo valía para un "so" que para un "arre" y que votamos a ciegas sin prácticamente leerla.

En lo social, dejamos la encorsetada sociedad franquista fiados en que la libertad consistía en tener pornografía y divorcio. Todo el mundo nos hablaba de derechos pero nadie se acordaba de recordarnos las responsabilidades. Toda ruptura con lo establecido, o incluso con lo legal, era digna de aplauso, y se convertía en héroes a gente con El Vaquilla o El Torete. Y llegamos incluso a suprimir el servicio militar, última muestra de compromiso solidario y colectivo en la defensa de nuestro país (¿habrá algo más democrático que responsabilizarnos de forma colectiva de nuestra defensa?).

Desde los medios de comunicación se nos empezó a vender una adolescencia eterna, invitándonos a romper las normas, a ser rebeldes, a no obedecer a nada, a ir contra el sistema (luego nos preocupamos mucho de sí se promociona un tipo de mujer de talla 39, sin reparar en el modelo social que se está transmitiendo cada día en miles de cuñas publicitarias de 20 segundos). Día a día se fue demoliendo el edificio de valores que había caracterizado a la sociedad española, y nuestras ideas y creencias fueron sustituidas por los mensajes que el pseudointelectual de turno vomitaba en un disco o en una televisión.

En nuestras escuelas, institutos y universidades se fue degradando paulatinamente la formación de las nuevas generaciones de españoles, tanto en lo académico como en lo moral. Se enseñó a los españoles a avergonzarse de lo son, a renegar de su historia, de su cultura, de su religión, convirtiendo lo "español" en sinónimo de cutre y casposo.

Se nos ha convertido en un grupo humano mediatizado, que espera ansioso el eslogan del día de boca del Wyoming o el Ebole de turno. Nos quejamos de que nos toman por tontos cuando no se nos puede tomar por otra cosa, y prueba de ello es la forma en que los partidos políticos se dirigen a la ciudadanía para pedirle el voto: se pasa por encima de programas e idearios para recurrir a pulsiones casi instintivas, y pesan más factores como la animadversión o el atractivo que pueda generar un candidato, que las propuestas de éste para gobernar el país. Y esto es tan cierto como que el PP hubiera tenido más probabilidades de ganar las elecciones de 2008 si para debatir con Solbes hubiera elegido a Belén Esteban en vez de al señor Pizarro.

Sólo así se explica que ante la encrucijada que se nos plantea el domingo, lo que debería ser la España civilizada siga enfrascada en enfrentamientos intestinos que lo único que harán es facilitar la llegada al poder de lo peor de nuestra sociedad.

Hace unos días un ciudadano argentino que visitaba España por primera vez comentaba sorprendido en las redes sociales que no entendía cómo en un país como España, en el que las cosas funcionan y hay un nivel de vida envidiable, puede haber cinco millones de personas dispuestas a llevar al populismo al poder. No sólo es eso, además de esos cinco hay otros siete u ocho que aún no se han dado cuenta de lo que nos jugamos.

La sociedad española necesita replantearse a sí misma, adquirir de una vez esa madurez que nos permita coger las riendas de nuestro destino, y ser nosotros los que exijamos a nuestros políticos, plantear las reformas necesarias en nuestro sistema sobre la base de lo que hemos sido capaces de construir hasta ahora. Pero ese es el reto de pasado mañana; el inmediato es no sucumbir este domingo al empuje del populismo comunista.

Piensen en ello cuando vayan a votar



Etiquetas:   Elecciones   ·   Partidos Políticos

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