. Fue el antídoto perfecto para toda la cantidad de trapacerías utilizadas
por los partidos y fue, sin duda, un llamado de atención de la sociedad ante la
indolencia, el descrédito y los pobres resultados de gobiernos y clase política
en todo el país. Es multifactorial y en cada estado hay matices y diferencias.
No
obstante, no hay que echar las campanas al vuelo. Hay que tomarlo con calma y
mantenernos atentos. Si bien se generó una “alternancia” de grupos de poder que
no había ocurrido en México en varios gobiernos estatales (entre ellos
Durango), la experiencia reciente nos indica que solo se trata del primer paso
para aspirar a una verdadera democracia participativa; es decir, la alternancia
es una condición necesaria pero no suficiente para incrementar el capital
social y generar aquellos contrapesos necesarios en toda democracia.
En este
sentido, el mapa electoral cambia de manera importante de cara a lo que serán
las elecciones del Estado de México, Nayarit y Colima, en 2017, y las
presidenciales, en 2018.
De las
12 gubernaturas que estuvieron en juego, el PRI ganó en 5 entidades: Hidalgo,
Tlaxcala y Zacatecas las mantiene; en tanto que, recupera Oaxaca y Sinaloa.
El PAN
ganó en 7 entidades: Puebla, es la única que mantiene; Aguascalientes y
Chihuahua, las recupera; mientras que, gana Tamaulipas, Durango, Quintana Roo y
Veracruz, estas tres últimas en coalición y/o candidatura común con el PRD.
En
términos de gubernaturas, ahora la distribución del poder es como sigue: PRI,
gobierna 15 estados; Acción Nacional, gobierna 8; PRD, en 4; PAN-PRD, gobiernan
3; el Partido Verde gobierna en una y solo Nuevo León permanece en poder de un
independiente.
Si
consideramos los votos totales de la pasada elección, incluidas las alianzas,
el PAN es el partido con mayor cantidad de votos; en otras palabras, si las
elecciones del domingo hubieran sido las presidenciales, de acuerdo a los conteos
preliminares (y sin contar las elecciones locales de Baja California), el PAN y
sus alianzas hubieran obtenido 28.4% de los votos, seguido por el PRI y sus
aliados, con 27.7% de la votación emitida. Hubiera ganado el PAN por siete
décimas.
Ahora
bien, si consideramos la posición de cada partido sin tomar en cuenta las
alianzas; es decir, los partidos solos, esta nueva distribución de poder define
para el futuro un panorama a tercios: PRI 20%, perdió 8 puntos respecto a 2015;
PAN 25%, llegó a su máximo histórico; MORENA 17%, se convierte en la tercera
fuerza del país; y PRD 7%, perdió siete puntos, una gran derrota para el PRD y
lo deja en una difícil posición para las siguientes elecciones.
Viendo
fríamente los números queda claro que el gran ganador de la elección es el PAN,
no sólo por el número de gubernaturas que ganó sino por el avance de su
votación a escala nacional.
Morena
es quien en términos relativos más creció, pero como parte de bases más bajas,
no es tan significativo su avance en cifras absolutas de votos, lo que explica
que aún no gane ningún gobierno estatal.
Los dos
perdedores netos de este proceso son el PRI y el PRD. El PRD por la pérdida de
7 puntos de la votación, mientras que en el caso del PRI por la pérdida de seis
estados que actualmente gobernaba, que compensó muy pobremente con la ganancia
de dos en los que gobernaba el PAN-PRD.@leon_alvarez