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Venezuela: realismo trágico


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06/06/2016


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Una mujer de 35 semanas de embarazo llega a las tres de la mañana y se encuentra con una fila de quizás treinta personas que, piensa ella, fueron menos perezosas, pues se apostaron  mucho más temprano a las puertas de la farmacia. Pero no es la única floja ni la última.


Antes de que se disipe la madrugada van agregándose más rezagados: un hombre de 80 años con las várices inflamadas; una maestra de escuela que no dará su clase porque su madre necesita Avastin para reanudar sus quimio; un conductor de taxi que no rodará su carro hasta que consiga desloratadina pediátrica... La gerente del banco que volverá a llegar tarde a su jornada porque conserva la esperanza de conseguir Tegretol...; o el odontólogo al que se le acabaron los analgésicos que intercambiaba por antihistamínicos.

Frente a los supermercados o tiendas de abasto, el mismo video. La jubilada no sabe si hacer la fila para cobrar su pensión o cambiar un litro de aceite marca gato por medio kilo de café mezclado (con residuos de lo que botan a la basura las panaderías que, por cierto no tienen harina, luego tampoco hacen pan). 

El contable pasa tres días prendiendo a empujones su carro para llegar primero a un local de repuestos y ver si resulta el feliz comprador de una de las tres baterías que de pronto, tal vez, hoy se ofrezcan en venta.  No es ficción.

El servicio eléctrico se interrumpe durante horas cada tanto; el servicio de agua se suspende durante semanas; casi nadie piensa en estar fuera de casa después de las seis de la tarde porque, si bajo la luz del día la delincuencia te despoja si no de la vida al menos del coraje, durante la noche quien no la debe la teme por si acaso. 

Mientras, beisbolistas nativos conectan jonrones en las grandes ligas; en Facebook miles de chicas y adolescentes treintones comparten selfies, otros escriben en sus muros  largas (algunas no necesariamente profundas) reflexiones y otros los atapuzan con fotos de Cristo y mensajes de autoayuda. No es ficción.

Una empresa estatal prohíbe las reuniones sindicales de sus trabajadores. Twitter lleva el pulso nuestro de cada día y convierte en tendencia el tema o personaje que haya dicho la mayor sandez, la ofensa más contundente o el sarcasmo más original. Unos cuantos tratan de salvarse (y salvar) del colapso mediante la presentación de un libro o un concierto de bandas emergentes en plaza pública. Un actor lindo que no se conformó con las telenovelas triunfa en Cannes con su película más reciente. Una pianista revienta las redes con sus homenajes a los estudiantes mártires que llenan de sangre las calles de la capital o a los niños que acaban de morir en un hospital público porque la medicina salvadora no apareció.  No es ficción.

La comunidad internacional, siempre vituperada por su lentitud, medita: tardó en creer que existían campos de concentración creados por nazis y después de aceptarlo, se tomó unos treinta años para percatarse de que también Stalin había usado el mismo formato sangriento y esclavista en sus Gulag. Esos países hermanos no tuvieron muy claro qué hacer cuando desde Colombia se denunciaban masacres cometidas por paramilitares; ni cuando Yugoslavia empezó a romperse y se desató la guerra entre sus repúblicas parte. 

Hoy todavía no está segura, esa comunidad internacional, sobre qué decir en cuanto a las desapariciones forzadas o femicidios en tantos estados de México; y lo que parecía un acto de nobleza de algunas naciones europeas al recibir civiles que huyen de los horrores acontecidos en su Siria, su Irak, su Líbano, su Somalia y tantos más, se pervirtió.

Entonces, por si fuese poco el país más rico de Suramérica acumula un deterioro institucional de décadas y supera los 15 años en absoluto conflicto político, cada vez con mayores y más insólitas represalias económicas, caos gubernamental, restricciones tributarias, desfalco del tesoro público, violaciones civiles y una dirigencia oficial y opositora que va, ida y vuelta, de lo cínico a lo inepto.  

Esta combinación tóxica arroja un resultado obvio: en el país más rico de Suramérica las personas se están muriendo antes de tiempo, sea de hambre (y no es un eufemismo), a manos del hampa impune o dentro del desguarnecido sistema de salud.  No es ficción.

La comunidad internacional, siempre vituperada por su lentitud, medita, pero adentro, y a pesar de todos sus pésimos antecedentes, en el ojo de esa centrífuga o centrípeta (quién puede saberlo) llamada Venezuela, la comunidad internacional se mantiene como último recurso para paliar, recomponer o dar auxilios eficaces a esta no ficción.  Hay extremistas, es natural, que claman por aquel Estados Unidos que auspició el asesinato de Letelier, de Allende, o le mordió las patas al panameño Noriega en 1989, o financió a los contras nicaraguenses o se inventó una falacia para invadir Irak no una, sino dos veces. 

Pero, incluso cuando ha estado más polarizada, Venezuela no ha sido ni es una nación de extremos. La gente en Venezuela está enfadada, vulnerada, desorientada, exhausta y hambrienta, pero ya sabe en qué terminan las intervenciones atroces o ilegales.  ¿Es el camino más largo? Sí y solo por eso la comunidad internacional podría zafarse de su condición de espectadora VIP de estos snuff movies que son los dramas humanitarios y masivos del planeta que, de ficción, nada.

@yeniterpoleo

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(Foto AP-Fernando Llano)



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