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Supersticiones


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27/05/2016

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Pues mucha gente, en verdad, a causa de su estupidez y de su miedo a la muerte, muere por los esfuerzos que hace para no morir.


Plutarco, Obras morales y de costumbres.

-¿Usted es supersticioso? -me preguntó aquella mañana doña Paquita en cuanto me vio por los pasillos de la residencia de ancianos. La pregunta, y más viniendo de ella, me causó cierta estupefacción. Temí, no obstante, que estuviera gastándome alguna broma- pese a que habían anunciado el inicio de la primavera, estaba lloviendo a mares, no se podía salir, y hasta el jardín estaba embarrado- así que, pese a mis prevenciones, decidí seguir la conversación.

-Yo creo que eso de la superstición -le dije sentándome frente a ella para poder observarla bien- es propio de pueblos jóvenes, por no utilizar el término bárbaros, que no lo son, y de gente de poca edad.

-Es decir -matizó- que la superstición es propia de personas que tienen el futuro abierto, que tienen ante sí todas las expectativas del mundo.

-Sí, en efecto, así es.

-Y los pueblos maduros, y nosotros, por supuesto, en la tercera edad, rozando la cuarta, ya tenemos el horizonte bastante despejado, muy despejado, hasta el punto de saber todo cuanto se nos viene encima sin necesidad de echar mano de bolas de cristal, vuelo de pájaros y similares.

-Ni el mismo Aristóteles lo hubiera definido mejor -le sonreí halagador-. A nosotros, señora mía, sólo nos queda el carpe diem, sin grandes ilusiones por el mañana.

-¡Vaya! -exclamó la mujer asombrada- está claro que en esta vida nunca se termina de aprender. Jamás se me hubiera ocurrido pensar que el famoso carpe diem es propio de gente que no tiene futuro.

-Que no lo tiene, o que no confía mucho en él. Y yo creo que sí que se ha dado cuenta de esto. Nada más tiene que recordar alguna novela o película, que seguro que ha leído o visto, donde los personajes estén sometidos a una presión muy fuerte, por ejemplo a un inminente combate, o a un asedio en una ciudad. Entonces se come, se bebe y se hace todo tipo de cosas, prohibidas o vedadas hasta entonces, pues el fin está al volver la esquina. Y ya no es el carpe diem, es el carpe horam, si así puede decirse.

-Sí. Creo que tiene razón. Y entonces la superstición quedaría reservada para aquel que sabe que tiene futuro, pero que este es incierto.

-Efectivamente. Y así puede haber personas sin futuro, o con un futuro fijado e inmutable. Y otros con uno incierto. En estos últimos se ceba la superstición.

-Bueno, señor mío, los romanos parece que eran bastante supersticiosos. Y tenían un futuro bastante despejado, como dice usted.

-Yo creo que los romanos, como todo imperio, jamás tuvieron el futuro nada claro. Roma siempre necesitaba más tierras para repartir entre las crecientes legiones: era la pescadilla que se muerde la cola: una guerra llevaba a otra, y las guerras no siempre se ganan. Ellos lo sabían por propia experiencia.

-¿Y usted cree que el futuro de nuestro país está claro? ¿Que no es un país supersticioso?

-Yo creo que no. Creo, por el contrario, que somos un país de escépticos inmovilistas: gane quien gane estas elecciones, o las que vengan, muy poco van a cambiar las cosas. Quizás porque en el fondo no nos interesa que cambien, bien sea por miedo, por pereza o por ambas cosas y alguna más.

-Es usted -dijo como si me estuviera riñendo- una persona muy negativa. Quizás de las más negativas que he conocido.

-Es posible; no se lo niego. Quizás se deba eso a que percibo con toda claridad que los políticos, aquí y allá, se han convertido en los tontos de la clase, siempre acusando al vecino de haber copiado más que ellos, sin ideas y sin ganas de hacer nada más que el dolce far niente, y pedir tutorías en caso de suspenso, es decir siempre; son, en verdad, los necios de la clase, aquellos que nunca avanzan, siempre dicen y hacen lo mismo, y a los que, encima, les confiamos el gobierno del país. Por no hablar de otras cosas.

-La gobernanza, se dice ahora, les confiamos la gobernanza, quizás porque rima con templanza, aunque son bastante inmoderados tanto a la hora de hablar como a la de tomar lo que no es suyo.

-Parece -le dije sonriendo- que no soy el único que habla mal de los políticos.

-Sí, tiene usted razón. Pero dejemos a los políticos, que de ahí muy poco vamos a sacar en claro. ¿Usted cree -me preguntó volviendo al inicio de la conversación- que la superstición tiene algo que ver con la religión? Que tiene contactos -se apresuró a explicar- está claro. Quiero decir que si la verdadera religión puede aceptar al supersticioso, o si el verdadero creyente puede ser, también, una persona supersticiosa.

-Como usted sabe -dije un tanto sorprendido por aquel galimatías- tendríamos que definir antes qué es un verdadero creyente y qué es una superstición.

-Sí, tiene razón -dijo con la expresión de un alumno que, en un examen oral, se ha percatado de haber dejado varias cosas sin analizar, al albur del examinador-. En el fondo todo es cuestión de definiciones. Creo.

-Yo también creo lo mismo. Y del punto de vista que adoptemos. Por ejemplo, sacrificar un animal a Poseidón para que calme las aguas será juzgado, sin lugar a dudas, hoy en día, como una superstición o una necedad; pero no lo será, ante una mar embravecida, ponerse a rezar el rosario, o encenderle candelas a santa Rita.

-¡Ah, ya dijo aquel pedid y recibiréis! Poseidón no dijo nada.

-O al menos no se ha conservado. Pero es muy probable que dentro de mil años, Poseidón y Cristo estén al mismo nivel. Entonces ambos sean vistos como supersticiones del pasado.

-Eso, señor mío, es aventurar demasiado.

-¿Usted cree que los griegos se podían imaginar cómo iba a terminar su religión?

-Pues no lo sé; pero las diferencias son enormes: los griegos, para empezar, no contaban con un Vaticano ni con una red de intereses tan diversificada como tiene el cristianismo. De eso sabe usted más que yo.

-No necesariamente. Pero dejando intereses crematísticos de lado, podríamos aplicar a la religión lo que yo, en la universidad, aplicaba a los libros. Hay muchas personas que leen, pero lo que yo me preguntaba era, y es, hasta que punto los libros son interiorizados, son capaces de cambiar la opinión y los modos de actuar de la gente. Porque sí, leíamos libros de crítica social, de política, de economía, de todo, éramos esponjas; pero luego se veían por allí unos egoísmos terribles, unos egos más grandes que la catedral de Colonia. Y al final todo parecía que era oropel y adorno. Y eran muchos quienes creían que Sócrates había vivido para que ellos hicieran apología de él, estudios varios y tesis, que no para aprovechar sus enseñanzas, que de poco o de nada servían.

-Yo creo que eso de lo que usted habla, la interiorización, ha sido la religión quien ha intentado hacerlo.

-Lo dudo. De todas formas, la religión ha sido fuente de muchos conflictos, y nada pequeños ni despreciables.

-Bueno, el hombre es como es. Y de no haberse despedazado por la religión, hubiera sido por color del pelo, o por modo de vestir, o por la forma de hablar, o algo similar. Parece que no podemos vivir en paz. Ya me maravilla y asombra que en Europa llevemos tanto tiempo sin ningún estallido serio y sus consiguientes ríos de sangre.

-Sí, es digno de admiración. Y eso pese a la absurda cantidad de leyes que tenemos.

-De poco sirven: los conflictos siguen siendo los mismos; no olvide la enorme cantidad de personas que se agolpan en Grecia, la enorme cantidad de refugiados que huyen de sus países y que la culta y solidaria Europa se quiere quitar de encima como sea. Y cuanto más rico es un país, más insolidario resulta. Curioso.

-No tanto. Y ahí tiene usted la prueba de lo mucho que han cambiado algunas cosas: posiblemente en la Edad Media esto hubiera sido un intento de invasión, y hubiéramos tenido guerras en las fronteras, países y dioses en liza. Y hubiéramos hecho sacrificios a los dioses porque nuestra guerra era justa. Los otros son los invasores. Que, por cierto, están huyendo de otras guerras que, por supuesto, también son muy justas.

-Todo esto ciertamente es lamentable. Y añada a ello la diferencia de religiones, de culturas y de formas de vida que nos empeñamos en que sean incompatibles.

-Sí, la gente siempre tiene miedo a la mezcolanza. Y en el fondo creo que es un problema de pereza mental. Aunque, claro, también hay muchos intereses de por medio.

-¿Qué quiere decir?

-Si es cierto que la gente es tan descreída, que no va a misa, simplificando, qué más le da que haya catedrales que mezquitas, sinagogas o nada. Sí, ya sé, está la red de intereses, el preservar unos privilegios. ¿No le parece significativo que a la Iglesia le preocupe tantísimo el sexto mandamiento, que se prohíba a los transexuales ser padrinos o asistir a no sé qué ceremonias, y que a cualquier ministro que roba y saquea nunca se le niegue la comunión? Es como si el séptimo mandamiento no contara nada. Claro, se ve que están puestos en orden jerárquico, y los últimos son casi de relleno. Aun así la jerarquía tiene verdadero obsesión por el sexto, pero con respecto al resto del mundo; ellos tienen indulgencia plenaria y el secreto de confesión.

-¿Y usted cree que la religión es una forma de superstición?

-¿Es usted consciente de que esta pregunta hace poco nos hubiera llevado a los dos a la hoguera de la Santa Inquisición?

-Bueno, señor mío, los tiempos cambian que es una barbaridad.

-Pues entonces -le dije sonriendo- le doy una respuesta para una persona inteligente. Cuando yo, eo tempore, estuve haciendo la tesis doctoral, estudié algunos ritos de la iglesia católica, pero como espectáculo, y le garantizo que en la edad media hubo muchos derivados, algunos, de viejas ceremonias paganas, y otros revertidos. Tengo que decirle que no veía nada claro aquello que estaba estudiando, que aquello, no sé, el lavatorio de pies, pudiera ser visto como un espectáculo.

-Un poco aburrido sí que es.

-Los tiempos también cambian para los espectáculos y los espectadores.

-Cierto.

-Bueno, pues estudiando esto, un verano me fui con un amigo a París. Y un día, paseando, me metí en una iglesia ortodoxa. ¿Ha visto usted alguna misa ortodoxa? Para mí fue todo un espectáculo. Disfruté más que si hubiera estado en el cine o en el teatro. El pope, por cierto, tenía una voz magnífica: me recordó las grandes óperas rusas, Boris Gudonov. Una maravilla. Capas pluviales, cruces, iconos, incienso, movimiento de aquí para allá, de allá para acá, cánticos, cirios... Un espectáculo. Pero cuando volví a España y le pedí permiso a un cura para acceder a una determinada biblioteca, y le hablé, una estupidez mía, de una misa como si fuera un espectáculo, me tiró con cajas destempladas, y no me dejó entrar en la biblioteca. Nunca me lo hubiera imaginado.

-¿Y qué quiere decir con eso?

-Pues que el dios verdadero y único no necesita de la ayuda de un cura histérico, y la superstición sí. Debió creer que se acababa de ganar el cielo gracias a mi pobre persona.

-Muy sutil.

-Da gusto serlo con gente inteligente. Aunque también le podría preguntar si cree usted que el que unos pollos coman o beban va a determinar que mañana estemos vivos o muertos. O el que una estrella vaya de izquierda a derecha o de derecha a izquierda. No. Vivamos. Porque, al final, siempre suele suceder lo que se teme.

-Estoy de acuerdo con usted. Ahora bien, y si eso es así, podríamos ponernos de acuerdo para temer que el futuro va a ser mejor que el pasado.

-Recuerde que los dioses no regalan nada por mucho temor que tengamos.











Etiquetas:   Religión

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