. ¡Hay tanta tela de dónde cortar! Los que ya suman algunos años como
quien escribe, han de recordar que en 1988 hubo un golpe de estado a la
entonces Suprema Corte de Justicia de la Nación y por tal motivo, se redujo de
21 a 11 el número de ministros de la Corte y se crearon los Tribunales
Colegiados. Aumentó en cantidad pero se redujo y sustancialmente la calidad de
los impartidores de justicia.
Se crearon así, como de la nada, lo que ahora el poder
judicial presume en televisión: que son más de novecientos jueces y magistrados
los que se encargan de dar certeza jurídica a los ciudadanos.
Y entonces voltea uno a ver las resoluciones de esos
novecientos y también, las de los jueces y magistrados de los poderes
judiciales de los estados. Aprende uno que lo más efectivo, además de formular
el escrito respectivo, es prenderle una veladora a nuestro santo preferido; ir
a bailar a Chalma; probar el conjuro del Chamán o de plano, buscar un poderoso
para que sea nuestro padrino.
Y comienzo: presenté una demanda, de esas de jurisdicción
voluntaria que en lenguaje común significa que no tengo enemigo al frente y que
solo quiero acreditar un hecho. El juez ordena la ratificación de los tres
actores que yo llevo y también, de cuatro que se quedaron del acuerdo de donde
hicieron copy-paste para dictar mi
acuerdo. Es decir, quedaba yo obligado a llevar a ratificar a mi gente, los que
me estaban pagando y además, a cuatro personas de las que solo tenía el nombre
pero no ningún otro dato. Cuando fui a decirle al secretario, la respuesta fue:
─Así está el acuerdo. Claro, entré a hablar con el juez y se quiso disculpar,
alegando que lo hizo un meritorio y como esos no cobran, pues no son
responsables. Me pidió que promoviera para eliminarlos del acuerdo y no pasa
nada. Y sí pasó. Fueron tres días hábiles perdidos para que me dictaran el
acuerdo. Tres días perdidos, cuando tienes los tiempos justos.
En otra ocasión, fui con el actuario a notificar a una
empresa. Obvio, el fedatario público hizo todo, yo solo proporcioné los medios
de conducción. Hizo la diligencia de la que por supuesto, no me dio copia.
Pasaron unos días y vía WhatsApp se
dirigió conmigo a preguntarme en qué fecha habíamos notificado. Le dije la
fecha y me comentó, todo se quedó grabado en mi celular, que los demandados
querían copia de la notificación y que la iba a volver a hacer. Y lo hizo, pero
les regaló dos días más. Claro, usted y yo sabemos que ese error fue meramente
involuntario.
En otro asunto, el juez antes de radicarlo, ordena se
encuentre al demandado y gira oficios de localización. Y comienzan a llegar las
respuestas: las de los oficios tradicionales que yo llevé y las de los
electrónicos que ellos enviaron. Cuando voy al juzgado a revisar cuántas
respuestas hay, me encuentro con que en mi expediente, el que tiene número,
nombre de partes, actuaciones, reconocimiento de personalidad pero no está
radicado, tiene agregadas las actas de emplazamiento de otros dos expedientes
diversos. Claro, al ir a quejarme y pedir que las eliminen pues según yo los
abogados de esos asuntos han de estar buscando sus actas, me contestan así, con
un dejo de aburrimiento: eso es responsabilidad de los de la unidad de medios
de comunicación, no de nosotros. Allá presente su queja.
O cuando la justicia federal determina que las obligaciones
entre patrones, como una venta de acciones de empresas o una sustitución
patronal, deben ser responsabilidad y carga de la prueba del obrero, cuando
toda la jurisprudencia dice lo contrario. Me imagino que como el asunto el juez
lo vio sencillo, se lo encargó al meritorio en turno, quien utilizó palabras
que ha visto pero que no sabe que significan. Al menos así sentí, pues no
encontré ilación entre lo que dijo y lo que quiso decir, entre los
considerandos y los resolutivos. Pero bueno, es un juez federal y está
investido de todo el saber humano.
Y así podría irme hasta el infinito reseñando yerros
judiciales. Si entre los médicos, los errores tienen nombre: iatrogenia, entre
los abogados, ¿cómo les debemos decir? No, así no. Es contrario a la moral, a las
buenas costumbres y al derecho.
Me gustaría conocer su opinión. Vale la pena.