. Hace ya muchos
meses empezamos a hablar del contraste entre los datos que ofrecen las
encuestas de confianza del productor y del consumidor.
La
perspectiva del consumidor es de corto plazo, inmediata y responde a las
necesidades diarias básicas de subsistencia; la perspectiva del productor es,
en cambio, de largo plazo, de expectativas y ahí tenemos serias discrepancias.
Han
pasado meses desde que se advierte esa divergencia y ésta no sólo se mantiene
sino que se amplía. Se trata de un fenómeno esencialmente de percepción,
“crisis de expectativas”, dicen los economistas más avezados. Sin embargo, si
persiste se va a convertir en realidad y la gente dejará de consumir y los
empresarios de invertir.
Hoy
tenemos un mal humor social que nubla la perspectiva global pero que puede
cambiar si se conecta nuestra perspectiva individual. Para hacer ese giro, es
bueno reconocer que existe este mal humor pero sería mejor hacer lo necesario
para que cambie; sin embargo, como país, o no lo hemos hecho o no queremos
hacerlo y ese es el gran reto de la administración de Peña Nieto en lo que
queda de sexenio.
Como un
ejemplo de lo que digo, vayamos a lo que sucede con las elecciones primarias en
Estados Unidos. No dejan de sorprenderme dos cosas. Primero, que ningún medio,
experto, analista o politólogo haya presagiado el éxito de la campaña demócrata
de Bernie Sanders, o de la republicana de Donald Trump.
Segundo,
que los propios partidos políticos hayan estado tan desconectados de las
evidentes frustraciones y enojos que ahora manifiesta el electorado. Estando en
la recta final del proceso, unos y otros siguen dando palos de ciego tratando
de entender qué pasa.
Me
pregunto si en México estamos viviendo un fenómeno análogo. Gobierno y partidos
políticos parecen poco enterados del hartazgo de la población sobre temas de
corrupción, impunidad, abuso de poder e inseguridad. La administración peñista
sigue pensando que basta con sólo controlar a los medios de información para
que terribles acontecimientos cotidianos no impacten lo político. Parecen creer
que un poco de maquillaje arregla todo. Los medios se mueven con cautela
tratando de hablar de lo que pasa, para que no se diga que lo omiten, pero
cuidando no hacerlo la noticia del día.
Estando
apenas en su cuarto año de gobierno, esta administración no puede permitirse el
desmoronamiento de un estado importante como Veracruz, víctima del pésimo
manejo económico, de la flagrante corrupción del gobierno de Duarte y de la
brutal impunidad que gozan sus allegados.
El
Estado mexicano no puede volverse comparsa de exgobernadores que devastaron a
su estado, como es el caso de Moreira, cuando la Procuradora General de
Justicia y la Canciller mueven cielo mar y tierra para evitar que sea procesado
en España.
La
clase política mexicana no está midiendo bien el nivel de hartazgo de la
población. El Senado no puede ignorar una Ley Anticorrupción después de que 634
mil mexicanos firmaron exigiendo que la Ley Tres de Tres sea considerada. El
procedimiento para presentar esa petición fue ejemplo de participación
ciudadana y cultura cívica.
Después
de dos administraciones panistas, un argumento por el cual muchos votantes
optaron por el PRI se debía a su mejor manejo político. Éste ha brillado por su
ausencia. Independientemente de lo que uno crea sobre la matanza de Ayotzinapa,
la actitud del gobierno ante la investigación del Grupo Interdisciplinario de
Expertos Independientes es de llamar la atención. Parecieran asumir que
mientras menos caso haga, más rápido saldrá esta noticia de las primeras
planas. Pero ese no es el problema. Por mucho que se controle a los medios
dentro de las fronteras, los medios internacionales infieren que esa actitud
refleja culpa, que las acusaciones de tortura a manos de la policía son un
esfuerzo desesperado por ocultar una verdad tremenda. Son actitudes que lejos
de reflejar a un Estado moderno, fuerte y pujante que busca insertarse en el
mundo desarrollado, corresponden a un gobierno autoritario que se esconde en un
sistema legal débil que oculta culpas y otorga impunidad.
No
olvidemos que la corrupción e impunidad se reflejan en baja inversión, poco
crecimiento, más pobreza, más desigualdad, más violencia. No es casual que el
Estado de Veracruz, rico en recursos, sea el cuarto estado que menos ha crecido
en el país, sólo por encima de Tabasco y Campeche, fuertemente afectados por su
dependencia a Pemex y Chiapas (estado no en manos priistas) que también es un
desastre. En los últimos tres años, Chiapas muestra una tasa anual promedio de
crecimiento de -0.6% (mientras la nacional es de +2.1%). Los estados que más
crecen (Querétaro, Aguascalientes y Guanajuato) se han beneficiado de recibir
enorme inversión extranjera, que difícilmente iría a estados tan evidentemente
disfuncionales.
A dos
años de 2018, es imposible pronosticar cómo se reflejará el creciente hartazgo
de la población en las urnas. Por lo pronto, sabemos que, en el mejor de los
casos, el estancamiento económico internacional no ayudará a que lleguemos a
ese momento en un entorno de alto crecimiento.
El PRI
se está confiando al pensar que les bastará con el voto duro (más Partido Verde
y Nueva Alianza) para quedarse en Los Pinos. Si persisten en la misma negación
de la realidad, se podrían llevar una sorpresa similar al constatar que, como
en Estados Unidos, las dinámicas electorales ya cambiaron.
De “no
gobernar” con las encuestas a “ignorarlas” hay un gran trecho. Hace ya muchos
meses empezamos a hablar del contraste entre los datos que ofrecen la
perspectiva de corto plazo de los ciudadanos y la de los empresarios. Es bueno
reconocer que existe mal humor social pero sería mejor hacer lo necesario para
que cambie.
@leon_alvarez