. Esa es la
impresión de este gobierno y me resisto a hacerles caso.
Me
gusta leer más sobre triunfos imposibles que de fracasos. Mi vida se ciñe
entorno a los primeros, por supuesto. Y vaya que para ganar primero hay que
perder; esa es una lógica universal. En este sentido, la historia que relata
una joven escritora nigeriana de nombre Chimamanda Adichie, no tiene
desperdicio: hablar sobre “el peligro de una historia única”. Le recomiendo
esta historia en el siguiente link: http://www.ted.com/talks/chimamanda_adichie_the_danger_of_a_single_story/transcript?language=es
Al
hablar de la “historia única”, Adichie se refiere al problema de los
estereotipos. Éstos tienen siempre algo de verdad, pero son historias incompletas,
“roban dignidad y enfatizan no en por qué
somos similares a los demás, sino en nuestras diferencias”.
En
México hemos dejado que la violencia y la corrupción se vuelvan la “historia
única” que domina nuestras vidas, un gran yugo, un pesado lastre que
imposibilita la acción e impone límites. Como ejemplo basta ver el estigma
brasileño hacia el progreso y el gusto por ganar y ser competitivos: En una
charla escuché cómo un estadounidense le comentaba a un brasileño sobre los
tremendos problemas políticos en su país, a lo cual el brasileño simplemente
respondió diciendo que Brasil siempre había tenido una política complicada,
pero que era un país donde se lograban cosas, independientemente de qué hiciera
el gobierno. En una conversación paralela, en cambio, otro estadounidense le
dijo a un mexicano que pensaba ir de vacaciones a Cancún, y el mexicano le dijo
que lo pensara bien porque México es un país muy peligroso.
En
México nos gana la historia única. Perdemos la capacidad de ver lo que se ha
hecho, lo que se ha avanzado. Pero, insistimos en concentrarnos en lo que no se
ha logrado. Nunca, nadie logra avanzar en forma lineal, sin tropiezos. Siempre
hay pasos hacia delante, seguidos de otros para atrás; mientras sean más los
primeros, se alcanzará progreso. Pero, en México nos empeñamos en ponerle el
reflector a cada retroceso, y después le ponemos un velo de duda al avance,
como si fuese incapaz de coexistir con el primero.
Las
reformas logradas por la administración de Enrique Peña Nieto no tienen que ser
necesariamente malas porque las hizo un gobierno flagrantemente corrupto. Las
reformas estructurales son importantes, cambian la dirección y el potencial del
desarrollo económico del país, y pasarlas fue un evento afortunado, independientemente
de que sí haya un problema real de corrupción, impunidad, y falta de rendición
de cuentas en México. Un tema no imposibilita al otro, pero ahí radica el
principal yerro de este gobierno.
A nivel
internacional, sufrimos de lo mismo. Hemos dejado que haya una sola historia: “México es un país violento que sólo exporta
migrantes y narcóticos”. Poco se escucha del país que genera seis millones
de empleos en Estados Unidos, de la industria mexicana pujante, altamente
integrada con la de Estados Unidos, que le ha inyectado viabilidad al hacerla
competitiva; del país joven con medio millón de estudiantes de ingeniería en
las universidades, de empresas e industrias globalmente competitivas. Algo
bueno debe haber en México para que 89 de las 100 compañías de autopartes más importantes
del mundo tengan plantas de producción en México.
Sin
embargo, hemos dejado que sea una sola historia la que nos defina; una sola
historia la que nos limite, la que acote nuestro potencial. Hemos dejado que
esa historia se vuelva una pesada carga para millones de mexicanos que han
migrado y ahora tienen que lidiar con etiquetas odiosas. Una política exterior
errada, o más bien una ausencia total de política exterior, nos echó la soga al
cuello. Para muestra basta lo sucedido con Miguel Basáñez, recientemente.
En las
administraciones de Vicente Fox y Felipe Calderón, cuando creíamos que por fin
despuntaríamos en varios temas incluida nuestra relación con Estados Unidos
(por aquello de la alternancia), apenas y se definió la relación bilateral México-Estados
Unidos no como la que existe entre prósperos socios, sino en forma estrecha y
monotemática, alrededor de migración (y el tema del narcotráfico que nos
persigue siempre). Pasamos de la no intervención al “vienes, comes y te vas” y,
con ello, al más amplio desprestigio internacional. Ni nosotros, ni los medios
extranjeros, hemos logrado salirnos del cajón en el que solos nos metimos.
La
“historia única” nos ahoga, adentro y afuera. Insistimos en dejar que sean
nuestros males y defectos quienes nos definan. ¿Qué individuo, familia u
organización lo aguantaría?
México
es mucho más que su gobierno. Por cada tramposo o corrupto, hay cientos de
mexicanos dispuestos a trabajar y ávidos de progreso. Por cada historia de
fracaso, hay muchas de éxito. Sin embargo, para salir adelante es indispensable
que creamos en nosotros, que nos sintamos capaces de vencer resistencias e
inercias, de enfocarnos en cómo lo lograremos, en vez de dejar que sean éstas
las que nos impidan actuar antes de siquiera intentarlo.
Cuando
dejamos que temas como el de la corrupción nos lleven a darnos por vencidos,
somos nosotros mismos quienes estamos definiendo la gravedad del problema. La
corrupción no será vencida porque nos quejemos de ésta o cuando la veamos como
una condición perenne e invencible, cuando le ponemos el sello de “cultural”.
Insistir
en considerar la corrupción como un fenómeno cultural, no es más que reafirmar
que están derrotados a la mitad del camino. Escribamos la historia alternativa
de México y no necesariamente debe ser la misma que el gobierno dicta y se
empeña en ocultar. El gobierno debe comenzar por dejar de ser errático e nivel
internacional, por principio de cuentas.
@leon_alvarez