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México y su historia “única”


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24/04/2016

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Pretender dimensionar la corrupción como un fenómeno cultural; lo peor, insistir en ello, no es más que reafirmar que están derrotados a la mitad del camino. Esa es la impresión de este gobierno y me resisto a hacerles caso.


Me gusta leer más sobre triunfos imposibles que de fracasos. Mi vida se ciñe entorno a los primeros, por supuesto. Y vaya que para ganar primero hay que perder; esa es una lógica universal. En este sentido, la historia que relata una joven escritora nigeriana de nombre Chimamanda Adichie, no tiene desperdicio: hablar sobre “el peligro de una historia única”. Le recomiendo esta historia en el siguiente link: http://www.ted.com/talks/chimamanda_adichie_the_danger_of_a_single_story/transcript?language=es

Al hablar de la “historia única”, Adichie se refiere al problema de los estereotipos. Éstos tienen siempre algo de verdad, pero son historias incompletas, “roban dignidad y enfatizan no en por qué somos similares a los demás, sino en nuestras diferencias”.

En México hemos dejado que la violencia y la corrupción se vuelvan la “historia única” que domina nuestras vidas, un gran yugo, un pesado lastre que imposibilita la acción e impone límites. Como ejemplo basta ver el estigma brasileño hacia el progreso y el gusto por ganar y ser competitivos: En una charla escuché cómo un estadounidense le comentaba a un brasileño sobre los tremendos problemas políticos en su país, a lo cual el brasileño simplemente respondió diciendo que Brasil siempre había tenido una política complicada, pero que era un país donde se lograban cosas, independientemente de qué hiciera el gobierno. En una conversación paralela, en cambio, otro estadounidense le dijo a un mexicano que pensaba ir de vacaciones a Cancún, y el mexicano le dijo que lo pensara bien porque México es un país muy peligroso.

En México nos gana la historia única. Perdemos la capacidad de ver lo que se ha hecho, lo que se ha avanzado. Pero, insistimos en concentrarnos en lo que no se ha logrado. Nunca, nadie logra avanzar en forma lineal, sin tropiezos. Siempre hay pasos hacia delante, seguidos de otros para atrás; mientras sean más los primeros, se alcanzará progreso. Pero, en México nos empeñamos en ponerle el reflector a cada retroceso, y después le ponemos un velo de duda al avance, como si fuese incapaz de coexistir con el primero.

Las reformas logradas por la administración de Enrique Peña Nieto no tienen que ser necesariamente malas porque las hizo un gobierno flagrantemente corrupto. Las reformas estructurales son importantes, cambian la dirección y el potencial del desarrollo económico del país, y pasarlas fue un evento afortunado, independientemente de que sí haya un problema real de corrupción, impunidad, y falta de rendición de cuentas en México. Un tema no imposibilita al otro, pero ahí radica el principal yerro de este gobierno.

A nivel internacional, sufrimos de lo mismo. Hemos dejado que haya una sola historia: “México es un país violento que sólo exporta migrantes y narcóticos”. Poco se escucha del país que genera seis millones de empleos en Estados Unidos, de la industria mexicana pujante, altamente integrada con la de Estados Unidos, que le ha inyectado viabilidad al hacerla competitiva; del país joven con medio millón de estudiantes de ingeniería en las universidades, de empresas e industrias globalmente competitivas. Algo bueno debe haber en México para que 89 de las 100 compañías de autopartes más importantes del mundo tengan plantas de producción en México.

Sin embargo, hemos dejado que sea una sola historia la que nos defina; una sola historia la que nos limite, la que acote nuestro potencial. Hemos dejado que esa historia se vuelva una pesada carga para millones de mexicanos que han migrado y ahora tienen que lidiar con etiquetas odiosas. Una política exterior errada, o más bien una ausencia total de política exterior, nos echó la soga al cuello. Para muestra basta lo sucedido con Miguel Basáñez, recientemente.

En las administraciones de Vicente Fox y Felipe Calderón, cuando creíamos que por fin despuntaríamos en varios temas incluida nuestra relación con Estados Unidos (por aquello de la alternancia), apenas y se definió la relación bilateral México-Estados Unidos no como la que existe entre prósperos socios, sino en forma estrecha y monotemática, alrededor de migración (y el tema del narcotráfico que nos persigue siempre). Pasamos de la no intervención al “vienes, comes y te vas” y, con ello, al más amplio desprestigio internacional. Ni nosotros, ni los medios extranjeros, hemos logrado salirnos del cajón en el que solos nos metimos.

La “historia única” nos ahoga, adentro y afuera. Insistimos en dejar que sean nuestros males y defectos quienes nos definan. ¿Qué individuo, familia u organización lo aguantaría?

México es mucho más que su gobierno. Por cada tramposo o corrupto, hay cientos de mexicanos dispuestos a trabajar y ávidos de progreso. Por cada historia de fracaso, hay muchas de éxito. Sin embargo, para salir adelante es indispensable que creamos en nosotros, que nos sintamos capaces de vencer resistencias e inercias, de enfocarnos en cómo lo lograremos, en vez de dejar que sean éstas las que nos impidan actuar antes de siquiera intentarlo.

Cuando dejamos que temas como el de la corrupción nos lleven a darnos por vencidos, somos nosotros mismos quienes estamos definiendo la gravedad del problema. La corrupción no será vencida porque nos quejemos de ésta o cuando la veamos como una condición perenne e invencible, cuando le ponemos el sello de “cultural”.

Insistir en considerar la corrupción como un fenómeno cultural, no es más que reafirmar que están derrotados a la mitad del camino. Escribamos la historia alternativa de México y no necesariamente debe ser la misma que el gobierno dicta y se empeña en ocultar. El gobierno debe comenzar por dejar de ser errático e nivel internacional, por principio de cuentas.

@leon_alvarez

Etiquetas:   Corrupción   ·   PAN   ·   PRI   ·   Cultura   ·   PRD   ·   Enrique Peña Nieto   ·   Anticorrupción   ·   Congreso   ·   México

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