.”
Quiero a través de estas líneas
describir brevemente y de la mejor forma posible, como es la esencia y vida de aquellos marinos
que tripulan los submarinos y como esta intensa experiencia ha forjado una
mística y un espíritu de cuerpo que los distingue y caracteriza.
La historia de los submarinos en
el Perú se inicia en 1911 cuando se adquieren los dos primeros sumergibles tipo
“Leaubeauf”, construidos en Francia por el arquitecto naval que da su nombre a
este tipo de unidades, mediante las cuales
se daría inicio a una larga, rica y
prestigiosa tradición e historia en la Armada del Perú, que continua hasta
nuestros días y que ha contado en su
devenir con submarinos de construcción norteamericana y alemana, siendo estos
últimos los que aún conforman nuestra flota.
Describir la vida a bordo de un
submarino no es tarea fácil, ya que debe empezar por tratar de comprender como
estos hombres están dispuestos a convivir en espacios reducidos y sumamente
limitados en comodidades, llenos de equipos y sistemas de tuberías y válvulas, faltos de contacto con el aire fresco y la luz
natural del medio ambiente, limitados en el uso de agua dulce y en la variedad
de alimentos, en una atmosfera artificial donde el día puede ser la noche y
viceversa, “presionados” permanentemente por el mar que lo circunda por todos
los lados, en suma condiciones que rayan
con los límites de lo que una persona
normal puede aguantar y con ello no quiero decir que los submarinistas sean
“anormales”, todo lo contrario, son personas que se adaptan conscientemente a estas circunstancias durante largos períodos
de travesía y patrullaje y en los cuales el soporte y comprensión de la familia,
esposa, hijos, padres, hermanos se torna esencial, al dar la tranquilidad que tal exigencia
personal amerita.
Tal vez y ensayo aquí mi propia concepción,
existe un “gusto y satisfacción ” especial por saberse integrantes y parte
esencial de un arma naval de
extraordinaria efectividad y poder disuasivo, que tiene históricamente una connotación de misterio que despierta
siempre la curiosidad de propios y extraños; de saberse parte de un equipo consolidado y compenetrado, donde la expresión “La unión
hace la fuerza” cobra a plenitud su
sentido y a ello debo añadir que la dependencia del todo en el cada uno es
esencial y constituye un valor que es permanentemente repetido, para que a nadie se le olvide que todos los que tripulan un submarino
dependen de lo que haga cada uno, aun en el menor escalón jerárquico, ya que el
riesgo siempre está presente.
Comparten con las aeronaves la
operación tridimensional, pero a diferencia de ellas permanecen largos periodos
debajo del mar, lo que exige, como ninguna otra forma de navegar, una
permanente vigilia y atención, donde literalmente “todos” los que tripulan un
submarino tienen en sus manos la seguridad del resto de sus compañeros, por ello y por la clara conciencia de saber
y comprender que dadas las grandes profundidades de los océanos, las posibilidades de sobrevivir ante una falla o daño irreparable se
convierten ciertamente en “milagrosas”, es que la máxima exigencia personal se
justifica y se aplica.
La tolerancia a los errores es
prácticamente cero, por las consecuencias lamentables que de ello se pueden
derivar y ello motiva a ser sumamente demandantes en la selección y preparación
del personal de tripulantes, donde el conocimiento técnico es sumamente
importante pero mucho más aun la actitud de cada uno y su identificación de
saberse parte fundamental de una cadena donde la debilidad de cualquier eslabón afecta a todo el conjunto.
Como se pueden imaginar navegar
en inmersión constituye la razón de ser del submarino y cuando se está en las
profundidades se tiene la sensación cierta de que uno domina el mar y todo lo
que ocurre en él, pues a la ventaja del ocultamiento se suma la capacidad de
navegar en todas las dimensiones, escogiendo el mejor momento y lugar para
llevar a cabo la misión encomendada, pero no todo se trata de operaciones, sino
también de disfrutar el “silencio y quietud” de las profundidades y de la camaradería
que se vive abordo, que tiene su propia “firma”,
pues surge sin pretenderla siquiera y es que el sometimiento a
situaciones riesgosas y adversas hace que los hombre y su necesidad de confiar
mutuamente, acerquen sus espíritus, sus
motivaciones, sus miedos y expectativas, permitiendo que nazca una cercanía, una
amistad y aprecio sincero sin cálculo alguno, que motivan que la vida abordo sea parte consistente de la
propia existencia y un recuerdo grabado en lo más profundo de las mentes y
corazones, que se extraña y que revive
cada vez que se sueltan las amarras para emprender una nueva aventura o cuando
alejado de aquel escenario inmenso que es el mar, son los recuerdos los que nos
llevan una y otra vez a navegar en inmersión.
En la Fuerza de Submarinos del
Perú existe una canción que a modo de oración, resume elocuentemente lo que he
pretendido expresar a través de mis palabras
“Los submarinistas todos son,
muchachos de temple y corazón, que tienen por lema conservar muy alto su
pabellón ……..”
Ser submarinista no es una
profesión es un sentimiento y como bien
reza el dicho que se repite en toda ocasión “Una vez submarinista, siempre
submarinista” y de ello doy plena fe, ya que hoy en el retiro puedo afirmar que
escoger ser Marino fue una excelente decisión pero ser Submarinista fue aún
mejor.