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Requiem por los que van a morir


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05/04/2016


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Hay una escena en la película Requiem por los que va a morir (Mike Hodges,1987) que resulta muy interesante para analizar lo que sucede con Europa en estos tiempos, especialmente con los europeos. 


Si el lector no recuerda la película se la refresco: Martin Fallon (Michey Rourke), abandona el IRA tras un atentado en el que mueren los niños de un autobús a cuyo paso estalla la bomba preparada para un camión de soldados. Sin embargo, sus antiguos correligionarios lo persiguen para acabar con su vida. En su huida debe cometer un asesinato más para un mafioso, pero un sacerdote es testigo de este crimen e intenta taparle la boca bajo secreto de confesión. En la escena de su muerte, Fallon debe saltar desde lo alto de la Iglesia en reformas y se abraza a un crucifijo del que resbala y cae, cayéndole encima el crucifijo y muriendo. En su desesperación recure a Cristo, pero sus pecados son tantos que el crucifijo no puede sostenerlo y muere aplastado por la cruz.

Fallon es un hombre con remordimientos que busca algún tipo de consuelo moral, pero una vida demasiado marcada por el crimen no puede reconvertirse gratuitamente, necesita de un largo proceso de conversión del que Fallon no quiere saber nada. De alguna manera es lo que podemos ver en esta Europa. Llevamos muchos siglos de barbarie contra otros pueblos y culturas. Desde el Renacimiento nos hemos dedicado a expoliar, oprimir y sojuzgar continentes enteros. Todo lo hemos hecho con la excusa de la fe y la civilización, pero en realidad no ha sido más que rapiña y barbarie. Desde la esclavitud de los africanos para cultivar en América, pasando por el exterminio de poblaciones aborígenes y la extracción sistemática de las riquezas inmensas de las tierras dominadas, Europa ha amasado una ingente riqueza que solo tiene parangón en su enorme pecado. Hasta el punto ha llegado este pecado que hay que llamarlo estructural, pues es un modo de vida que se ha extendido a otros. Estados Unidos, Japón, China o Sudáfrica han repetido este mismo sistema de relación con otras poblaciones. Este pecado estructural tiene tres pilares fundamentales: el primero es el capitalismo como forma de organizar la economía, el segundo es elparadigma tecnocrático que rige la sociedad y por último el relativismo práctico que sustenta la moral posmoderna. Estos tres pilares, analizados por el Papa Francisco en Laudato Si' son la base de un mundo donde gobierna la avaricia, el lucro y el desarrollismo a toda costa. Europa es la impulsora de este modelo social y ella deberá ser quien haga la penitencia.

Sin embargo, no vemos ningún tipo de penitencia en Europa, antes bien vemos cómo los gobiernos intentan profundizar en el modelo que nos ha puesto en la crisis humana más profunda de la historia. Durante los dos últimos siglos, Europa creó un modelo social basado, supuestamente, en la razón. Fue la creadora de los derechos del hombre y el ciudadano y los derechos humanos, de primera, segunda y tercera generación. Sin embargo, estos derechos solo se han aplicado en su territorio cuando ha interesado, nunca fuera de Europa. Da la sensación de que la mala conciencia y no la conciencia pura y simple, es la que llevó a la creación de la ONU y la Declaración Universal de los Derechos Humanos, junto con la Unión Europea. Pero, en realidad, no es más que el propio interés. Europa decidió que era preferible exportar las guerras que mantenerlas en su propio territorio. Alemania, especialmente, ha aplicado esta política de externalización de guerras, también Gran Bretaña y Francia y últimamente Italia y España se ha sumado a este club de externalización de conflictos.

Cuando los conflictos provocados por la aplicación de los propios intereses han producido consecuencias en forma de verdaderos éxodos humanos hacia la tierra prometida, entonces Europa levanta vallas, las electrifica y paga a subalternos para hacer el trabajo sucio, como Marruecos o Turquía. Cuando nuestras grandes empresas van a África y extraen sus recursos, lo único que les dejamos es el anhelo del paraíso terrenal al norte. Este paraíso, mostrado por las televisiones que se ven en África como imágenes del Edén perdido, empujan a los africanos a nuestras costas, donde encuentran una frontera casi inexpugnable financiada con cantidades de dinero que serían suficientes para desarrollar varios países de África. Pero ahora nos vemos con un mal aún peor que el africano. Hemos producido una guerra en Siria por intereses Británicos, Franceses y Americanos y no queremos cargar con las consecuencias. Varios millones de sirios huyen del infierno de la guerra que ha destruido su país en cuatro años. Huyen ahora que el país está destruido, mientras quedó algo de su país se quedaron, pues nadie se va de su casa por gusto. Vienen solicitando asilo, cosa que está recogida en la legislación internacional, pero nuestros gobiernos han encontrado una forma de leer esa legislación que les permite expulsarlos a Turquía, uno de los enemigos de Siria. Se trata de un crimen a cámara lenta, pues Turquía los expulsará de su territorio o los encerrará en lager de infausto recuerdo. Pero nosotros no los veremos morir en las cunetas de nuestras carreteras y eso bastará para silenciar nuestras conciencias.

Si como ciudadanos europeos no hacemos nada drástico contra la resolución de nuestros gobiernos, seremos culpables de este genocidio. Como Fallon, habremos puesto una bomba contra soldados que estallará al paso de un autobús de niños, de cientos de miles de niños que morirán por nuestra causa. Esas víctimas, como tantas otras en los últimos quinientos años, recaerán sobre nosotros y cuando llegue el Juez nos dirá "apartaos de mí que no os conozco, porque fuí extranjero y no me acogisteis". El pecado es tan abrumador que la cruz de Cristo no podrá soportar nuestros pecados y acabaremos cayendo irremediablemente. Y de nada valdrá entonces alegar desconocimiento: sabemos muy bien lo que hacemos y sus consecuencias. La ignorancia no es eximente. Todas esas muertes caen y caerán sobre nosotros, pero parece que hemos aceptado que caigan, como los que gritaban a favor de Barrabás y contra Jesús. Pues bien, que caigan y que cada uno se enfrente con su pecado.



Etiquetas:   Ética   ·   Sociedad   ·   Refugiados

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1 comentario  Deja tu comentario


Wladimiro Giovannini, Profesional Gestión de Riesgos/ Escritor Muy buen artículo y razonamiento. Tras las "justificaciones" dadas a través de los siglos, siempre ha estado presente el mismo interés, el propio y no el de los demás.




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