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Spotlight


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14/03/2016

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Si existieran escuelas de progres, el odio a la iglesia católica sería sin duda asignatura obligatoria. Y el lobby progre de Hollywood  no es una excepción en este sentido. Sin hacer recuento exhaustivo se me vienen a la cabeza un buen puñado de películas americanas en las que la jerarquía eclesiástica sale mal parada, cuando no vilipendiada. Y esta es la línea que sigue Spotlight, la que en la reciente gala de los Óscar fue designada mejor película del año.


El film cuenta la investigación periodística de una serie de casos de pederastia protagonizados por sacerdotes de la archidiócesis de Boston. Cinematográficamente no voy a discutir los posibles méritos de la película, porque no me considero especialista en esas lides, pero como espectador tengo que decir que no me sedujo en ningún momento. Hay que reconocer que cuando una película narra hechos conocidos por todos, no es fácil mantener la tensión del espectador, pero si uno recuerda "Todos los hombres del presidente", aunque todos sabíamos la historia del Watergate, el film era capaz de mantener tensión e incluso suspense durante la investigación llevada a cabo por los aguerridos periodistas del Washinton Post. Esto no sucede con Spotlight. O al menos no me sucedió a mí.

En lo que la película me parece más cuestionable, alcanzando cotas casi de panfleto, es en el enfoque que da a los casos de pederastia protagonizados por sacerdotes. Sobre esto, Spotlight  se basa en tres premisas:

  • El 6% de los sacerdotes católicos son pederastas. Esto es poco menos que un acto de fe, porque lo dice un señor que ha hecho un estudio en un centro de tratamiento de curas, y por supuesto sus conclusiones son extensibles a la iglesia universal. Nadie nos dice cuál es el porcentaje de pederastas entre otros colectivos, como los rabinos, los monitores de tiempo libre, los pastores evangélicos, o los bomberos,  pero debe usted saber que si en su diócesis hay 100 curas, 6 son pederastas sí o sí, porque lo dicen estos señores.
  • La pederastia es consecuencia ineludible del celibato. Esto también sale del estudio al que hacen referencia en la película, con lo que los más de 8 millones de solteros que según el INE hay en España constituirían una inagotable cantera de pederastas, y el matrimonio o la vida en pareja serían la mejor vacuna contra esta lacra.
  • La responsabilidad en los casos de pederastia no es de los individuos que la cometen, sino de la institución a la que representan. La investigación de los periodistas del Boston Globe no se dirige a desenmascarar y encarcelar a los pederastas, sino a culpabilizar al obispo de Boston, y, como no se cansan de repetir los protagonistas, a toda la institución eclesiástica.
Sobre estos tres pilares se construye un relato anodino y cargado de maniqueísmo, trufado de esa hipocresía a la que demasiado a menudo se recurre para juzgar a la iglesia.

No seré yo quien defienda la actitud que en determinados momentos ha mantenido la jerarquía eclesiástica con estos temas, intentando silenciarlos y taparlos como fuera. Pero tampoco soy tan hipócrita para decir que esta actitud ha sido exclusiva de la iglesia. ¿O es que no ha habido colegios que han intentado tapar por todos los medios "incidentes" protagonizados por alguno de sus profesores con alumnos? Sin ir más lejos en la provincia en la que vivo, una abogada de la Consejería de Educación me comentaba el caso de un conserje condenado por abusos que había sido reubicado en otro colegio tras cumplir condena sin informar a los padres, o el de un profesor que tiraba a las alumnas de la goma del tanga si se veía por encima del pantalón, y que seguía ejerciendo merced a un acuerdo con las familias de las víctimas, sin que en su expediente quedara reflejada tan curiosa "afición". ¿No se ha llegado al caso de que incluso madres han contribuido a ocultar los abusos de su marido contra sus propios hijos?

La pederastia es un delito horrible, que por desgracia avergüenza a las víctimas que lo sufren y al colectivo en el que se desarrolla, ya sea la iglesia, la familia, el mundo docente, el de los gimnasios, o el de los campamentos de verano. Y es esta vergüenza la que, erróneamente, muchas veces lleva a la ocultación, llegándose incluso a que a veces sean los propios padres de las víctimas los que pretenden esconderlo como forma de no verlo, o de olvidarlo.

Pero hacer de eso categoría, y poco menos que culpar de pederastia a toda la iglesia, sólo se puede entender desde el sectarismo más rancio y radical. Como es sectario no hacer ni siquiera mención a las consecuencias que los casos de Boston han tenido para la iglesia estadounidense, y para el cambio de enfoque sobre estos temas que se ha producido desde entonces no ya sólo en los USA, sino en toda la iglesia. En este sentido la actitud de Juan Pablo II, y más especialmente Benedicto XVI, ha sido inequívoca sobre el papel que debe jugar la iglesia para atajar este tipo de casos.

Así que si aún no ha visto Spotlight, puede ahorrárselo.



Etiquetas:   Cine   ·   Religión   ·   Iglesia Católica

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