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¿Y ahora qué?


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05/03/2016

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Pasó el baile de graduación de Sánchez, un baile demasiado caro para un país que empieza a notar de manera cada vez más acuciante los efectos de la inestabilidad política generada por los resultados electorales del 20D. Pasó una doble sesión de investidura que PSOE y Ciudadanos se han empeñado en convertir en una moción de censura a Rajoy. Dos sesiones de trifulca parlamentaria, trile, besos en la boca, y brindis al sol, para que al final, como diría Julio Iglesias, la vida siga igual. O no tan igual...


Llevamos dos meses de funambulismo político donde los protagonistas se mueven casi en segundos entre el todo y la nada, donde hasta el menos pintado piensa en la puerta grande intentando olvidar lo cerca que se encuentran de la puerta de la enfermería. Y cuando digo todos, me refiero a casi todos, o por lo menos a los cinco principales actores de este teatro.

En primer lugar Rajoy, que desde la noche electoral sabe que es La Moncloa o el registro de la propiedad. Para él no hay más oportunidades, y hasta Marhuenda sabe que si el gallego no es investido presidente, en julio el PP elegirá a otro capitán (o capitana).

Viendo el desarrollo de la investidura de Sánchez cuesta poco hacerse a la idea de lo que debió pensar Rajoy ante la eventualidad de someterse él a este trance. Si ni siquiera su "paso al lado" le ha servido para dejar de ser centro de las iras de unos y otros, imaginemos lo que podría haber sido su investidura. Sin embargo se ha defendido bien, y ha sido brillante por momentos (especialmente el primer día). Se ha justificado ante un electorado que podía acusar desconcierto después de su decisión de no aceptar la invitación de Felipe VI, y se puede decir que sale del envite mejor que entró en él.

Aun así el futuro para Rajoy sigue pintando oscuro. En lo inmediato ya sabe el "cariño" que puede esperar de Ciudadanos, y debe ser consciente de que la cama se la pueden hacer desde fuera o desde dentro, sin ser descartable que su cabeza pudiera ser pedida o presentada como ofrenda para un posible gran pacto. Y de cara a unas nuevas elecciones, la perspectiva no es más halagüeña: si bien es complicado que el partido se plantee cambiar ahora de candidato, su cartel electoral no es probable que mejore en mucho los resultados del 20D.

Por su parte Sánchez, que en teoría debía ser el gran protagonista del evento, renunció a hacer una propuesta fundamentada a los españoles, y después de hacer un discurso de jefe de la oposición a Rajoy, esbozó ese acuerdo etéreo que firmó a bombo y platillo con Rivera, ese pacto que igual sirve para eliminar las Diputaciones que para simplemente cambiarles el nombre, para garantizar la igualdad de todos los españoles o para que haya territorios con "estatus especial". Poco tiene que ofrecer a los españoles alguien cuya propuesta más repetida es que no gobierne el otro; poco se puede confiar en alguien que se presenta de la mano de Ciudadanos, y se pasa la investidura mendigando el apoyo de un Iglesias que le ha manifestado por activa y por pasiva que con Ciudadanos no quiere nada.

Con todo, Sánchez ha vuelto a hacer historia. Después de obtener el 20D el peor resultado electoral del PSOE, ahora ha conseguido ser el primer candidato a presidente que no consigue su investidura ni siquiera en segunda instancia. Pero la herencia que deja en el PSOE es tan envenenada que nadie en el partido se atreverá a decir esta boca es mía, y ni Susana Díaz ni ninguno de los barones van a mover un dedo. Probablemente piense que Podemos haga como las CUP en Cataluña, y a última hora decidan dar su apoyo al PSOE, pero su futuro más probable pasa por unas nuevas elecciones en las que el batacazo podría ser definitivo. Y entonces Susana y los demás no tendrán más remedio que organizar lo que quede.

Y si lo de Sánchez y Rajoy ha seguido en grandes líneas el guión previsto, la sorpresa la ha protagonizado Albert Rivera, que se ha comportado como quien temiendo quedarse soltero, en su desesperación es capaz de emparejarse con una novia incluso a sabiendas de que está enamorada de otro. Y esto contra toda lógica, porque a pocos días de la investidura y sin un "Sí" que echar al zurrón, el que tenía que estar desesperado era Sánchez, no Rivera. Ciudadanos tenía una oportunidad de oro para apretarle las clavijas a los socialistas y sacar adelante un acuerdo en el que el protagonismo fuera para el programa de la formación naranja. Sin embargo, y pese a que Rivera ha querido vender que el pacto refleja el 80% de su programa, el PSOE le ha colado la propuesta de caminar al federalismo asimétrico (sólo así pueden interpretarse los "estatus especiales" que Sánchez promete a catalanes y vascos), con referéndum camuflado para Cataluña, como nos recordó la exministra Chacón, y un conjunto de infumables ambigüedades sobre temas clave como la reforma de la Administración o la reforma laboral.

De forma sorprendente, Rivera ha pasado por encima del olvido "casual" por parte de Sánchez del tema de las Diputaciones, y de las continuas súplicas de apoyo de Sánchez a Podemos. En cambio decidió vestirse de naranja fuerte, casi rojo, para atizar a Rajoy de forma inmisericorde, pareciendo a ratos, como se le acusó desde la bancada popular, el segundo portavoz del PSOE.

La apuesta de Rivera es arriesgada de cara a unas posibles nuevas elecciones. Ya ha acudido de la mano de Sánchez a la investidura, y ahora va a empezar de su mano la nueva ronda de negociaciones, mientras parte de su electorado debe estar preguntándose escandalizado si también van a acudir en candidatura conjunta a las próximas elecciones. Pero me temo que la estrategia de Rivera es más a corto plazo. Tras interiorizar lo de ser "el candidato del IBEX" quizá sus pasos estén encaminados a ser el candidato de consenso de una nueva y definitiva investidura, comiéndole la merienda tanto a Sánchez como a Rajoy. Tomando como base el pacto firmado con el PSOE, y con Rivera de candidato, el PP tendría muy complicado resistir a las presiones que sin duda habrá para sumarse a la operación naranja. Sobre el papel suena factible, pero hay suficientes variables para echar por tierra esta estrategia y dejar a Ciudadanos frente a unos nuevos comicios en una posición difícil de justificar ante sus posibles votantes.

Iglesias, el cuarto contendiente en liza, debutaba como parlamentario para regocijo de los suyos y de ese periodismo tan amante de los gestos y aspavientos. Su intervención en la primera sesión fue izquierda española en estado puro, es decir, guerracivilismo, marxismo mal disfrazado, mensajes maximalistas sobre oligarquías y opresión, y en resumen un discurso más propio de fines del XIX que del momento actual. Su alusión a la cal viva fue muy mal recibida en la bancada socialista y muy criticada en los medios en general: en nuestra España es lícito recordar lo de Fraga y Vitoria, pero recordar la cal viva de González es un pecado imperdonable, y eso Iglesias debía ser el primero en saberlo.

De cara a su parroquia Podemos sale como entró, y su esperanza está puesta en la confianza en que la confluencia con la Izquierda Unida de Garzón le proporcione fuelle suficiente para rebasar al PSOE si hay elecciones en junio, y afrontar un pacto de izquierdas con posición dominante, en el que el PSOE se ponga al servicio de la formación morada.

Y finalmente el último actor, y no por ello el menos importante: el pueblo español. A tenor de las audiencias registradas por los programas especiales que las televisiones han dedicado a la investidura de Sánchez, los españoles han decidido en su mayoría dar la espalda al circo de estos días en la Carrera de San Jerónimo. Pero ojo, porque como ya ocurriera en la Transición, el pueblo español podría estar a las puertas de que le cocinen un pacto a sus espaldas, por debajo de la mesa, pasando por encima de urnas y de la voluntad soberana expresada por los españoles el 20D.

Empieza una fase en la que las presiones, en superficie o subterráneas, pueden dirigir la situación en beneficio de no se sabe bien qué intereses confesables o inconfesables. La perspectiva de unas nuevas elecciones no es la más deseable, pero para bien o para mal supondría la expresión de la voluntad de todos. Mucho peor sería que determinados poderes torcieran esta voluntad para evitar llegar a unos nuevos comicios e imponer a su candidato y su gobierno. Los españoles deberíamos estar atentos para que no nos den un nuevo tocomocho



Etiquetas:   Partidos Políticos

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