. Educamos a los jóvenes diciéndoles que tienen que ser los mejores estudiantes, deportistas, dialogantes, redactores, entendedores, pensadores, artistas, informáticos… Diciéndoles que tienen que ser alguien, que tienen que llegar a lo más alto; olvidando la parte más importante: que son personas, no máquinas de la perfección.
Nos olvidamos de enseñarles a ser ellos mismos, a desarrollar su personalidad y su moral, a fomentar sus puntos fuertes. Recurriendo a un ejemplo sencillo, cualquier estudiante que llegue a su casa con un diez en dibujo artístico y un tres en matemáticas recibirá, en primer lugar un castigo por el suspenso, y no un premio por el diez, y en segundo, unas clases particulares de matemáticas, y no de dibujo. ¿Sabéis lo que también olvidamos? El hecho de que ya en el siglo XX, un profesor de la Universidad de Harvard, llamado Howard Gardner, desarrolló un modelo de concepción de la mente en el que demostró la existencia de ocho tipos de inteligencia y planteó una posible novena. Muchas personas discuten esto, y varían en el número de tipos, sin embargo todos estamos de acuerdo en que no hay una sola inteligencia, sino varias. A pesar de ello, se siguen desprestigiando casi todas de manera individual, y los profesores buscan alumnos capaces de tener todos estos tipos de inteligencia (y si me apuras, más), buscan que nuestras calificaciones sean óptimas, y que no dejemos de mejorar. Pero de verdad, ¿creéis que todos los alumnos somos capaces de asimilar todos esos conocimientos y formarnos como personas a la vez? Así, concluyo que esta sociedad, tiene tal afán por crear genios, que acaba creando gente mediocre en todo, obligada a estudiar cosas que (me atrevo a decir) odia, y abandonando lo que verdaderamente le gusta, porque “primero van las obligaciones, y luego las aficiones”. Quizás, deberíamos empezar a plantearnos qué queremos, ¿robots o personas felices que hacen lo que aman?