. Y lamentablemente creo que en eso no se
equivocaba mucho. Y no lo digo porque Andalucía, una de las tierras más castizas
de España, y a la que muchos extranjeros identifican con "lo español", sea en lo
político tan patrimonio del partido de la rosa que uno ya no sabe decir si el el
PSOE es de Andalucía o Andalucía es del PSOE. No lo digo por eso. Lo digo porque
es tal la infiltración que el PSOE ha conseguido en nuestro Estado democrático,
que en lugar de hablar del Reino de España bien podríamos hablar del Estado
PSOE. ¿Suena a disparate? Vamos a verlo.
El PSOE que hoy conocemos nace
justo en el ocaso del franquismo, allá por 1974 en la localidad francesa de
Suresnes. Podrían decirse muchas cosas de ese franquismo final y primer
postfranqusmo, que incluía aspectos tan luminosos como aquellas últimas Cortes
capaces de autoinmolarse para posibilitar el paso hacia lo que después se
conoció como "Transición", pero que albergaba también rincones mucho más
oscuros, como los que posibilitaron él nunca bien explicado magnicidio de
Carrero Blanco, en el que la mano de ETA, muy probablemente ayudada, si no
conducida, por la CIA y parte de los propios servicios secretos españoles, acabó
con la vida del almirante de Santoña. Pues bien, esos mismos servicios secretos
impulsaron el nacimiento de este nuevo PSOE para presentarlo como alternativa de
izquierdas al temido y odiado Partido Comunista de España.
Los primeros
años de la "Transición", que tuvieron a nuestros políticos más preocupados en
inventar fantasmales nacionalidades y autonomías, que en sujetar los efectos de
una galopante crisis económica que hacía a los españoles perder poder
adquisitivo a marchas forzadas, se vieron caracterizados por el auge del
terrorismo de ETA, de modo que la desestabilización política de nuestra joven
democracia llegó a un punto que amenazaba con el colapso. Para entonces el PSOE
ya había superado su adolescencia y se presentaba como inevitable alternativa a
un gobierno sustentado por un partido que amenazaba con desintegrarse. Y no
tenía empacho en conspirar con elementos de la cúpula militar para derrocar a
Adolfo Suárez y propiciar un gobierno presidido por un general, con Felipe
González como vicepresidente.Y es en ese contexto en el que ese lado
oscuro al que antes hacía referencia vuelve a aparecer para montar aquel
esperpento del 23-F que, según palabras del propio Rey Juan Carlos, alguien le
tendrá que explicar algún día, y que precipitó más aún la llegada del PSOE al
poder para que a España no la reconociera ni la madre que la había parido.
Después vinieron los GAL, donde las cloacas del Estado se pusieron a las órdenes
de González y sus ministros. El hecho de que, desde el punto de vista
antiterrorista, los GAL supusieran una monumental chapuza es lo de menos para lo
que ahora me interesa. Me interesa mucho más la defensa mutua entre cloacas del
Estado y PSOE en la etapa final del felipismo, cuando la presión de algunos
medios de comunicación y la oposición del PP de Aznar pusieron a González contra
las cuerdas. Tras 14 años de gobierno absoluto, el PSOE había logrado
penetrar todos los engranajes del aparato del Estado, y el PP iba a tardar poco
en comprobarlo al ganar las elecciones del 96. Aznar había hecho de la
regeneración democrática uno de los ejes de su campaña, y de la desclasificación
de "los papeles del CESID" una promesa que había hecho a muchos españoles
concebir la esperanza de que las responsabilidades de los GAL iban a depurarse
hasta las últimas consecuencias. Pero ni hubo regeneración ni, por supuesto,
desclasificación. Después de una reunión con el Jefe del Estado y los dos
expresidentes de la democracia, a Aznar se le dejaba clarito que los papeles del
CESID mejor no tocarlos, y para asegurarse de ello se le impuso como Ministro de
Defensa a un Eduardo Serra que había sido número dos de Narcís Serra durante dos
años (imponerle al propio Narcís debió parecerles demasiado). Curiosamente el
mismo Eduardo Serra que había sido el "enlace con los americanos" en el primer
gobierno de González, cuando a los USA les preocupaba aquello de "OTAN no, bases
fuera". En lugar de soltar un exabrupto y despedirse de la reunión con
un portazo, Aznar aceptó sumiso, y dijo aquello de que no iba a mirar debajo de
las alfombras. Y ahí murieron todas las esperanzas de regeneración democrática.
Se hizo poco o nada por rescatar la independencia del poder judicial, no se hizo
nada por desmontar la trama mafiosa de los sindicatos de clase, y ni se movió un
dedo por sacar el tufo socialista de un sistema educativo cada vez de peor
calidad y más ideologizado. Y encima los pocos intentos de Aznar por enfrentarse
a la maraña que el PSOE había extendido por toda España, fueron coronados por el
más estrepitoso de los fracasos, como ocurrió con las tentativas por desmontar
el imperio mediático del PSOE. Y, por supuesto, se hizo poco por limpiar
las famosas cloacas, por eliminar de las fuerzas de seguridad y los servicios
secretos el tufillo y la oscuridad de la etapa anterior. Y así le fue al
gobierno. En su descargo habrá que decir que siempre se le impusieron los
directores primero del CESID y luego del CNI. En cuanto a las fuerzas de
seguridad, lo más que consiguió el PP es que además de la gran familia del PSOE,
hubiera una pequeñita familia del PP. No es de extrañar pues que en la segunda
legislatura de Aznar, tanto a la policía como al CNI se le estropearan las
antenas para no enterarse de que el principal partido de la oposición estaba
negociando a espaldas del gobierno con la banda terrorista ETA.El final
de la era Aznar coincidió con la tragedia del 11-M, un hecho que dejó bien
patente hasta qué punto el PP controló el gobierno pero nunca el poder. El
espectáculo de aquellos días con Rubalcaba y Vera conociendo los avances de las
investigaciones antes que el propio Ministro del Interior, y con el CNI mareando
al gobierno ahora con la ETA, ahora con los moritos, constituye una de las
felonías mayores que se recuerdan, con el gobierno traicionado por sus fuerzas
de seguridad, mientras las terminales mediáticas del PSOE convertían el mayor
atentado de la historia de España en la baza electoral definitiva.Una
vez alcanzado el poder por Zapatero, el Estado PSOE recobró su normalidad:
sindicatos y actores abandonaron la calle y volvieron a su rutinaria búsqueda de
la subvención, y policía y servicios secretos volvieron a remar a favor del
gobierno, hasta repetir el bochorno vivido en la etapa de los GAL con el famoso
caso Faisán, donde desde el aparato policial y por orden del gobierno se evitó
la detención de unos terroristas, y luego se movieron los hilos necesarios para
salvar la cara del gobierno cuando el asunto se aireó en los medios de
comunicación. Hoy, con el PP otra vez en el gobierno, sigue
sorprendiendo la diligencia de la policía y los jueces para destapar
corrupciones del PP, y la de los medios para airearlas a los cuatro vientos,
mientras se riega con cloroformo sumarios como el de los ERE o el del fraude en
los cursos de formación. Con un PSOE muy lejos de sus mejores resultados
electorales y con la amenaza del socialismo bolivariano de Podemos a las
puertas, la incógnita es saber qué pasará con toda esa estructura de poder,
hacia dónde se decantará esta vez el lado oscuro.