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Otra vuelta de tuerca


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10/02/2016

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No hay más que dos caminos a seguir con los hombres: o no conocerlos... ¡o quitarlos de enmedio!


Federico García Lorca, Los títeres de cachiporra.





Quien estaba exaltado aquella tarde era el señor Tomás. El buen hombre, que, al parecer ignoraba en qué país vivía, estaba indignado por la prisión, dictada por un juez, de dos pobres titiriteros que pasaban esta triste vida merced a su arte de mover muñecos de madera haciendo creer que tenían vida propia, y pensamientos humanos.

En la obra de los héroes de cachiporra según argumentan algunos, se decían cosas políticamente incorrectas, o que así habían sido interpretadas por ciertas personas con cierto poder sobre las otras.

La indignación del señor Tomás era doble por cuanto, en los medios de comunicación, que habían dado la noticia de la detención, ni se contaba la obra que estaban representando dichos titiriteros, ni se hacía referencia al contexto en el que aparecía un cartel que, según todos, hacía apología del terrorismo.

-Tenían que haber hecho -le dije yo, harto de la situación del país y de hablar siempre de lo mismo- apología del latrocinio en lugar de hacerlo del terrorismo. Si hubieran puesto en un cartel, “Robad, robad que el mundo se acaba”, no hubiera pasado nada. Y si a continuación hubiese salido otro muñeco diciendo que si son inteligentes robarán cuando estén en el senado, mejor que mejor.

-Sí -dijo el señor Tomás- a este paso van a convertir el senado en la cueva de los ladrones. Allí los salvan a todos de tener que dar cuentas ante la justicia.

-Ojo -intervino doña Paquita- que, al parecer, no hay nada probado, y puedes ustedes terminar en la cárcel.

-Usted -le dije sonriendo- está suponiendo que estamos hablando de algo sucedido en la Piel de Toro. Pero no es así: nos estamos refiriendo a una república centroafricana, un poco tirando hacia la derecha del espectador.

-Cuidado -insistió la maternal doña Paquita- que lo de los títeres pasó en Madrid.

-Ni el señor Tomás, ni yo, hemos nombrado ni ciudades ni políticos. Tontos no somos.

-Eso no es problema -dijo el señor Tomás-: si nos quieren buscar las cosquillas, lo harán. En algún programa televisivo, seguro, saldrá el memo de turno mostrando una frase u oración, perfectamente ampliada, para demostrar que somos esto, aquello o lo demás allá, y que de nada nos sirve nuestro eufemismo.

-No saben lo que significa esa palabra. A mí, además, me encantaría que nuestro posible abogado defensor demostrara que somos extraterrestres. Habría personas humanas, como dicen ellos, que se lo creerían y todo. Igual acabamos de atracción en algún barracón de feria. ¿Saben? Yo siempre he tenido una cierta querencia por el teatro. Y claro, si no hay lomo de todo como.

-Dicen que en las cárceles también hay grupos de teatro.

-Pues entonces está claro. No hay nada que lamentar. Allí hay mucha gente, se podría montar un buen coro. Podríamos representar Antígona. Seguro que en algún taller de manualidades nos dejaban hacer máscaras y coturnos. El más joven de los presos haría de hija de Edipo. Pensándolo bien, igual es mejor estar en la cárcel que aquí fuera.

-Yo sé que usted -me dijo el señor Tomás- es un poco irónico. Pero no le falta razón: el clima en este país está siendo irrespirable.

-En las cloacas es donde mejor viven las ratas.

-¡Por favor! -exclamó doña Paquita asustada por mis palabras-. Podía moderarse usted un poco.

-Perdone, no sabía que estuviera siendo tan radical. ¿Usted que prefiere la izquierda radical o la derecha corrupta? -le pregunté riéndome-. No hace falta que me conteste, se lo diré de otra forma...

-Españolito que vienes al mundo... -comenzó a recitar doña Paquita.

-Bueno, la suerte que tenemos -dije- es que somos ya muy mayores y nos queda muy poco de esta aquí. Ya se apañarán como puedan los que vienen detrás.

-Esperaba algo más de solidaridad en usted -me recriminó el señor Tomás.

-¿Solidaridad? -espeté-. Ya no recuerdo cuantas veces hemos hablado, o discutido, sobre si en la sociedad hay avances o no. Yo siempre he sostenido que no los hay. Y ustedes, una y otra vez, me tiran en cara los enormes desarrollos tecnológicos. Indiscutiblemente: se no se vive ahora igual que cuando nuestros antepasados ocupaban las cuevas de Altamira, o de cualquier otro sitio, no sea que se me vaya a ofender algún alcalde. Ahora bien, con respecto al hombre en sí, niego los avances.

-¡Hombre! -exclamó doña Paquita- no compare al hombre actual con el medieval. Este era bastante más violento.

-Tal vez porque no podían ser de otra forma. Quizás lo malo del hombre es que el medio siempre lo domina, y cuando no el miedo. Y las reacciones siempre son las mismas. Siempre. No creo que podamos decir que haya habido avances.

-No estoy de acuerdo -dijo el señor Tomás.

-Sabía que, tarde o temprano, íbamos a hablar del tema. Me he tomado la libertad de traer un libro. Y como lo tengo preparado, me van a permitir leer un fragmento. “A este filósofo [Anacarsis] se le atribuye aquel dicho tan notable que dice: Que las leyes son semejantes a las telas de araña, en las cuales los animales pequeñitos y flacos quedan trabados y presos y los grandes y recios las rompen y se van. Y así es que las leyes en los pobres y flacos se ejecutan y por los grandes y poderosos comúnmente son quebrantadas”.1

-¡Qué maravilla de lenguaje! -exclamó doña Paquita- y qué riqueza de vocabulario en tan poco espacio.

-Es una pena -le confirmé- que los periodistas no lean traducciones como estas, ya que no pueden recurrir al original.

-Pues yo no sé qué decirle -dijo el señor Tomás- no con respecto al lenguaje -matizó-; yo de eso no sé nada. Yo me refería a la cuestión de la ley y de la justicia. No sé si alguna persona de recio abolengo, no doy nombres para evitar que nos metan en la cárcel, no le tendría más a cuenta ser senadora que ser de sangre azul.

-Todo va en suertes -le dije-. De vez en cuando hay que escoger una cabeza de turco, y con eso no estoy exculpando a nadie, para seguir demostrando que todos, no se rían, por favor, somos iguales ante la ley.

-El abuso trae la cuenta -sentenció doña Paquita.

-Según cómo, quién y cuándo. Desengáñese: por regla general es el de abajo el que siempre paga el pato. Ahora, siempre hay gente que está dispuesta a favorecer a quien, más tarde o más temprano, lo abandonará. Cuando un barco se hunde, las ratas son las primeras en dejar la nave.

-Sí -me sorprendió el señor Tomás- es la fábula del rico Epulón: interesa que este coma mucho, pues siempre le caerán migajas de la mesa, y así podremos alimentarnos los demás.

-Usted mismo.

-De ahí -intervino doña Paquita- que no interese nada un sistema educativo como Dios manda: capaz de despertar el sentido crítico.

-De educar para la vida -remaché yo- como quería Séneca, y no para la escuela.

-¡Vaya, por Dios! -exclamó el señor Tomás- Hay que ver a dónde nos han llevado los héroes de cachiporra.

-Todo camino es bueno como no acabe en la cárcel o en la horca.

-No hemos dado nombres ni datos, a fin de evitarlo. Aquí quien más y quien menos tiene sus famosas rayas rojas. Y nosotros, cómicos de la lengua, que no de la legua, tenemos que respetarlas, pues nos va la libertad en ello.

-Sí, no sea que vayamos a dar con algún juez de la horca y con aquello de lex, no sé qué.

-Lex dura lex -le ayudé-. Pero no se preocupe: en esa república centroafricana de la que hablamos lo que más se castiga es contar chistes, no matar ni violar a tiernos infantes en colegios legos ,que no en otros, por aquello de superar lo de monta tanto, tanto monta, ni, por supuesto, robar.

-Sí; pero porque lo hace quien lo hace.

-Por supuesto: si pertenece al mundo del poder, puede decir y hacer lo que quiera; si por el contrario es un pobre regidor de una tribu, y no muy amigo del poder, se tiene que andar con pies de plomo con lo que dice, cómo lo dice, y hasta con el aire que respira y cómo lo respira.

-Y aun así. Y aún así. Esto es como aquello de mal si hablas y mal si callas. Es decir, que te pongas como te pongas, te tengo que joder.

-¡Por favor! -estalló una vez más nuestra querida dama.

-Ese -dije riendo- podía ser un buen lema para algún partido político, y para algún que otro periódico y periodista.

-¿Saben? -preguntó doña Paquita- algún que otro magistrado haría bien en leerse el teatro de García Lorca. Por lo menos el escrito para títeres.

-Mejor que no lean nada. Así, al menos, no dirán burradas sobre tan magnífico escritor. Además, creo que ese señor escribía en castellano o español, y en la república que hemos nombrado el señor Tomás y yo hablan una lengua extraña con muchos vocablos ingleses. Ya saben: la corrupción que no para.

1Erasmo de Rottedermam, Apotegmas de sabiduría antigua. Edhasa, Barcelona, 1998, p.175





Etiquetas:   Corrupción   ·   Leyes   ·   Justicia

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