Pato, ganso y ansarón, que tres
cosas suenan y una son.
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Agustín
de Rojas, El
viaje entretenido.
Todo lo puede el dinero: las peñas
quebranta, los ríos pasa en seco; no hay lugar tan alto que un asno
cargado de oro no le suba.
Fernando
de Rojas, La
Celestina.
Hacía tiempo que no estaba entre
nosotros el señor Tomás, no sé porqué hay personas a las que
parece que no les queda bien otro tratamiento de cortesía, y no por
falta de delicadeza. El señor Tomás tiene a su único hijo viviendo
en Filadelfia, Estados Unidos, y muy de tarde en tarde se va a su
casa a pasar allí dos o tres meses. Dice que le gusta estar con su
hijo y con su nieto, al que apenas si entiende, pues el señor Tomás
es un negado para las lenguas; pero que cuando está en Estados
Unidos se vuelve un hipocondríaco: se apodera de él el miedo a
morir lejos de su tierra y ser enterrado donde no conoce a nadie, así
que un ligero resfriado por aquellos lares le causa angustia, desazón
y verdaderos problemas. Todo desaparece cuando vuelve a su país,
donde quiere morir y recibir tierra. Pero entonces le asalta la
añoranza por su breve familia. Un dilema.
El señor Tomás es muy dado a
discutir de política, cosa que yo odio sobremanera, pues me parece
una solemne pérdida de tiempo. Así que doña Paquita, muy en su
papel de doña Armonías, vino a buscarme para advertirme de la
llegada de nuestro viejo amigo. Y para que hiciera el favor de ser un
poco amable y elegante con él. Sabía lo que eso quería decir, así
que me resigné a olvidar mis temas de estudio por mor de nuestro
querido y viejo sindicalista.
-Ya me he enterado -nos dijo tras
los largos saludos de rigor- de que ha estallado aquí todo un tanque
de corrupción de la mano de algunos políticos.
-Llamar a esto un tanque -le dije
siguiendo las pautas marcadas por doña Paquita- es puro eufemismo.
-Tiene razón -me repuso sonriendo-
aunque hay tanques y tanques.
-Si ha oído hablar usted -repliqué-
de los establos del rey Augías, y considera todo el país como un
establo, más o menos tendrá una idea acertada de hasta donde llega
la corrupción y el asco y el hastío.
-Sí, eso decía alguien en el avión
de regreso: que la mierda había hecho metástasis.
-¡Por favor! -saltó enseguida doña
Paquita.
-No sea usted tan delicada -le
espetó el señor Tomás.
-No podemos hablar de política si
no nos volvemos un tanto escatológicos -dije yo sonriendo y
vengándome un poco de ella.
-Se puede hablar de todo sin ser
malhablado ni maleducado.
-Sí, ya lo sabemos: nos lo ha dicho
infinidad de veces. ¿Qué le parece -dije con ironía- esto?: el
cáncer de la corrupción ha hecho metástasis.
-A mí me gusta más lo otro
-intervino el señor Tomás-. Es más gráfico.
-Y retrata mejor al país -añadí
yo-. El otro día -conté- pasé por la sala de la televisión. No te
puedes fiar de lo que dicen ni las televisiones ni en los periódicos:
a veces tienen que llenar el tiempo, y a veces hablan de unas cosas
por no contar lo realmente importante. En este país quien no corre,
vuela. Un agraciado locutor estaba diciendo, entre compungido y
divertido, ya que los partidos políticos no se ponen de acuerdo para
formar gobierno, que los artistas falleros de Valencia estaban
desconcertados: al no saber quién iba a ser el presidente del
gobierno no sabían cómo enfocar las fallas.
-¡Valiente tontería! -exclamó
doña Paquita.
-Indicativo del nivel del país y de
los periódicos -terció el señor Tomás.
-Lamenté en aquel momento que no
hubieran sobreimpreso el teléfono de algún taller fallero, pues a
mí enseguida se me ocurrió una brillante idea: una enorme taza de
retrete, apoyada por uno de sus ángulos en la frente de un sonriente
y esforzado presidente en funciones, puesto en jarras, rodilla en
tierra e incorporándose. Y de la taza del retrete salen despedidos
políticos, altos cargos, jefes y jefecillos entre maletines,
billetes, joyas, caballos y todo lo que la fantasía quiera. Un poco
más allá un barbudo personaje haciendo cura de desintoxicación
mira al cielo complacido.
-Hasta las alcantarillas los
expulsan. Me gusta la idea -me sonrió el señor Tomás estrechándome
la mano- Yo tengo un amigo fallero. Si quiere...
-Llámelo:
le regalo la idea. Pero yo no voy a ir a ningún taller. El título
de la falla podría ser: Neque
cloaca maxima eos non vult, Ni la cloaca máxima los acepta.
-Se lo diré. Esa idea -dijo ya en
serio- está muy bien para una sátira; pero qué está sucediendo
aquí con la gente normal y corriente.
-Pues que, por regla general, nos
levantamos todos los días, desayunamos y comemos; algunas personas
se suicidan, y otras elevamos preces a los dioses para que no nos
envían más puñeteras plagas. Iba a utilizar otro calificativo,
pero doña Paquita me hubiera reñido.
-Da lo mismo -me sonrió el señor
Tomás con brillo en los ojos- esa también comienza por la pe. Pero
no es cuestión de rogar a los dioses.
-Eso lo dirá usted -dije todo serio
atemorizando a doña Paquita que temió una súbita conversión mía-.
Los dioses han hablado y han dicho que ellos son inocentes, que no
tienen culpa de nada. Un país que grita ¡Vivan las cadenas!, que
vota a un señor que promete en una tierra de secano llevarles el mar
a casa, que le roban y le saquean y sigue votando a quien le roba y
le saquea y a quien promete imposibles, no es digno de otra cosa.
Zeus está harto de nosotros. No quiere saber nada.
-No estoy de acuerdo. Eso es
meternos a todos en el mismo saco.
-Además -intervino doña Paquita-
ha habido una verdadera protesta, ahí tiene a los chicos de
Podemos...
-Cambiar lo cambiable para que no
cambie nada.
-¿Cree de verdad que no ha cambiado
nada? -me preguntó el señor Tomás asombrado.
-¿Qué ha cambiado? ¿Que sus
señorías no usan corbata, y llevan coletas y rastas y van en mangas
de camisa? ¡Valiente cambio!
-Parece mentira -estalló el señor
Tomás- que haya sido usted profesor: ¿Es que no tiene usted
confianza en la juventud? ¿No confía en la gente que ha educado
usted?
-A esos no los he educado yo. No
confundamos. Y no, no tengo mucha confianza en la juventud, tal vez
porque no la tengo en el hombre en general.
-No me negará usted que no ha
habido avances a lo largo de la historia.
-No
se lo niego. Y no me negará usted que la corrupción es tan vieja
como el mismo hombre, y que no se cura de ninguna de las formas, y
menos con agua y jabón. En la Grecia clásica ya se quejaba Menandro
de que siempre ganaba el concurso teatral un autor que era bastante
flojo comparado con él, que siempre salía derrotado. Menando llegó
a preguntarle al otro autor si no se sonrojaba por estar siempre por
delante suyo. Algo similar le sucedió a Eurípides. El jurado, por
supuesto, en ambos casos, estaba comprado1.
¿Qué quiere que le diga? Le podría poner muchos más ejemplos.
-Yo creo que la corrupción sí que
se cura. Y ahí, y aunque le sepa mal, los periódicos y las
televisiones, que no los había en aquella época, juegan un papel
crucial.
-Eso,
señor mío, es un tópico necio y absurdo. Uno más. A ver si se
cree usted que en la época de los romanos no se enteraban estos de
todos los desmanes que cometía el poder. Léase las Verrinas,
de
Cicerón. O las Filípicas.
Claro
que se enteraban.
-Sí, no le digo que no; pero nada
podía hacer el pueblo contra los corruptos.
-¡Vaya por dios! -exclamé- ¿Y que
puede hacer ahora el pueblo? -pregunté un tanto sarcásticamente.
-No votarles -saltó doña Paquita
que no quería quedarse al margen de la discusión.
-Bien. Y votará a otros. Y de
molinero cambiarás, y de ladrón no escaparás.
-No hay nada más reaccionario que
los refranes -dijo el señor Tomás.
-¡Hombre! -se exaltó doña
Paquita-. Son creación popular.
-Consuélese con otro, que le
gustará más: refrán antiguo, mentira moderna. De todas formas,
querido amigo, -seguí ironizando- ni el pueblo ni el cliente tienen
siempre la razón. En absoluto.
-Sí -dijo como si quisiera
molestarme-ya he visto en usted ciertas tendencias... no sé, digamos
aristocráticas.
-No,
no se corte. Quería decir usted reaccionarias o tal vez fascistas. Y
no soy ni una cosa ni la otra. Mire, hace muchos años leí los
Diálogos,
de
Platón. Yo era un convencido socrático hasta que leí aquel diálogo
en el que Sócrates ataca a la democracia: se revuelve contra la idea
de que su voto valga lo mismo que el del zapatero de la esquina.
Entonces, era yo muy joven, me enfadé mucho con Sócrates. Hoy lo
comprendo. Y no es -añadí mirando a doña Paquita- que tenga
idealizados a los profesores o al mundo universitario, donde hay
tantos zafios o más que en las zapaterías.
-¿Y entonces qué propone usted?
-me preguntó el señor Tomás- ¿No me irá a decir que no es mejor
una democracia que una dictadura?
-No, no se lo digo. Ahora bien, la
democracia termina por convertirse en una dictadura: el voto, la
consecución del mismo, lleva a la corrupción...
-¡También la hay en la dictadura!
Y nadie se entera.
-De acuerdo con usted.
-Entonces, ¿qué propone?
Como quien no quiere la cosa, doña
Paquita se movió en su sillón, se semiincorporó y aprovechó la
ocasión para presionarme el brazo. Entendí el mensaje.
-Está claro -dije conciliador- que
ni el agua ni el jabón, ni la religión ni la ética, han servido de
nada en estos casos. La derecha, que es la que se supone que es
conservadora, y va a misa y defiende las procesiones y a la Iglesia,
ha robado con tanto descaro, yo diría que con más y mayor eficacia,
como la izquierda. Quizás porque ha puesto en práctica el viejo
refrán, nada reaccionario ahora, espero, que dice: Dios me meta
donde haya, que yo ya me tomaré. Y Dios los metió.
-No, Dios no; las urnas.
-Pues las urnas. Mejor. Así pueden
decir eso tan de moda de que estaban siguiendo el mandato surgido de
las urnas.
-¿Las urnas les instaban a robar?
-me preguntó el señor Tomás como si estuviera hablando con un
imbécil.
-Hombre -repliqué- si roban,
mienten, saquean medio país, y la gente les sigue votando,
evidentemente les están dando su visto bueno. Y además,
conscientemente: hay televisiones y periódicos, cosa que no tenían
ni los griegos ni los romanos. Siguen, por lo tanto, el mandato de
las urnas.
-No todo el mundo les ha votado a
ellos.
-En Valencia, sí. Han sacado varias
mayorías absolutas. ¿De qué nos quejamos? Estamos en una
democracia. Decide la mayoría. Además, los jueces son nombrados y
condecorados por los políticos, y aquellos se convierten en lo que
se llama estómagos agradecidos, y los exculpan si llegan a juicio...
Y aquí tiene usted a un par de ancianos estafados por el banco con
las preferentes, uno de ellos se ha suicidado porque no quería vivir
de la caridad, y la otra vive de la ayuda de todos nosotros. Y no he
visto entrar a ninguno de estos sinvergüenzas en la cárcel. Ni uno.
Y no sólo eso sino que hasta los recibe el cristianísimo ministro.
Si tuvieran dignidad -dije con asco- nada más por esto, ya deberían
suicidarse: unos por estafar y algún que otro partido político por
consentirlo. Durante años donde los demás veían corrupción, los
conmilitones veían intrigas. Era la zafia excusa para mantenerse en
en poder a toda costa, incluso dependiendo de chorizos, estafadores y
ladrones... y no suelto más calificativos para no enfadarla a usted
-dije mirando a doña Paquita- porque las ganas de mentar a las
madres...
-¡Ay! -me interrumpió doña
Paquita tal vez ya arrepentida de haberme hecho entrar en la
discusión con el señor Tomás-. Vaya panorama que nos está
pintando usted.
-Y eso -le sonreí- que todavía no
he dicho nada sobre el topicazo de actualidad. ¿Se han dado cuenta?
Al principio quien estaba en contra del régimen era, en Roma,
monárquico, cosa que lo condenaba a muerte sin más discusión; en
España se era isabelino o judeomasónico o comunista; luego etarra,
bolivariano o no sé qué otras lindezas. Últimamente todo aquel que
no está a favor de la constitución, o de lo que se predica, se ha
convertido en una especie de terremoto que quiere romper España.
¿Usted quiere romper España o conservarla virgen? Como si no
estuviera más troceada que un centón: Portugal, Andorra,
Gibraltar...
-¿Usted no se toma nada en serio?
-me preguntó ya un tanto molesto el señor Tomás.
-Cuando los políticos de este país
-respondí con toda la seriedad del mundo- comiencen a suicidarse,
tal vez me los tome en serio. Creo que esa sería una buena solución
ante tanto desmán: suicidios como en la época de los romanos. Vale
más una buena muerte que la deshonra de tener que subir montañas
con burros cargados de oro, ¿no le parece?
-Cuando habla usted de literatura es
más simpático -dijo doña Paquita tirando de mi brazo para que me
levantara y me fuera con ella a paseo.
-No he querido molestarlo, señor
Tomás -dije a modo de disculpa-. En absoluto. Pero olvídese: no hay
solución. Para eso el hombre tendría que cambiar de arriba abajo. Y
el poder sigue corrompiendo.
-No me ha molestado. Aunque me duele
verlo tan negativo.
-Lo siento. Pero todavía no veo
diferencia entre el pato, el ganso y el ansarón.
-Es muy clara -dijo el señor Tomás
poniéndose de pie-. Estos, por lo menos, ni roban ni defraudan.
-En eso, y por ahora, tiene usted
razón. Por lo menos no roban.
1Aulo
Gelio, Noctes atticae, XVII,
iv