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Al 4F le ha llegado su 5E


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04/01/2016

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 Sin razón aparente, el pasado 31 de diciembre me vi de pronto hojeando la hermosa edición empastada que de Doña Bárbara hiciera en el 2005 nuestra Biblioteca Ayacucho. Leí con atención el prólogo firmado en abril de 1976 por Juan Liscano.  Allí, afirma el poeta que “…Doña Bárbara se recuerda por el canto de la escritura, por el aliento de las descripciones líricas, por el misterio del mundo telúrico y naciente invocado…”,  y como testimonio de lo dicho, recupera un par de líneas de la pluma de Gallegos:


…Tierra abierta y tendida, buena para el esfuerzo y para la hazaña, toda horizontes, como la esperanza, toda caminos, como la voluntad…

No cabe duda, inspiradoras palabras. Y suficientes para invocar una épica que, quizá con qué angustia íntima, en el ya remoto 1976, Liscano se apura a advertirnos que se trata de una …épica no propiamente castrense y guerrera, sino telúrica, psíquica y existencial…”.

Con ese aguijón en mente recibí, ayer primero de enero, –como halago y sin dejar de sentirme retado-, la invitación de mi amigo argentino Fernando Alejandro Filippini para escribir en pocas líneas mi “personal punto de vista acerca de la situación en su país de caras al crucial 5E … Usted escribe a sus amigos de Argentina contando sus sensaciones ante la inminencia de lo que puede o no llegar a ocurrir”.   Agradecí a Fernando Alejandro y aquí estoy, no sin antes haberle advertido que, en virtud de la angustia que vivimos, no estaba seguro de poder plasmar en pocas líneas un resumen provechoso. Es que basta ir al mercado en busca de huevos, un pollo, o un poco de harina, para constatar el cansancio compartido –casi agotamiento-, por esta situación tan retorcida que desde hace rato vivimos, sin respuestas.

A lo largo de todos estos años de “chavismo”, muchos son los acontecimientos graves que nos ha tocado afrontar: la tragedia de Puente Llaguno, la represión a estudiantes y a pueblo llano, La Tumba, los Narcoductos, etcétera.  Pero siempre he creído que la cosa más terrible ocurrida en todo este tiempo, y que marca, como punto de inflexión inequívoco, toda la cadena de desgracias que hemos soportado durante estos años, es la insurrección armada del 4F de 1992.  Allí comenzó la destrucción progresiva del pilar institucional fundamental que toda democracia puede exhibir: El que la alternabilidad de los gobiernos sea según indique la expresión de la voluntad ciudadana, a partir del voto pacífico.  Allí fue cuando se dio el  mayor sablazo a la yugular de un sistema circulatorio que, no sin tropiezos ni defectos, oxigenaba una de las democracias más robustas y perfectibles que se había construido en Latinoamérica durante los últimos cuarenta años.

Dicho lo cual, doy un salto valiéndome de la garrocha del tiempo para afirmar que, después de aquél fatídico golpe, de ese infortunado ramalazo y de sus secuelas desventuradas, la única cosa buena que nos ha finalmente ocurrido, de peso e importancia equivalentes, es la que se deriva de los resultados de las recientes elecciones parlamentarias del pasado 6D. A mi parecer, esos resultados constituyen el siguiente y único acontecimiento de crucial importancia que podemos ciertamente capitalizar a lo largo de este peculiar y doloroso proceso histórico.  La gran diferencia con el 4F, claro está, es que ahora se trata de un hecho reparador, de un proceso restaurador, de una de las correcciones más importantes que hemos bien iniciado para detener la copiosa sangría que ya nos tiene casi exhaustos.  Es como si hubiésemos, por fin, atinado un movimiento que va a significar, sin lugar a dudas –pero no sin dolor-, la recuperación de la más grave de todas las pérdidas sufridas en todo este tiempo: La de nuestra Institucionalidad Democrática, haciendo uso del voto poderoso, y empapados de la convicción de que la voluntad así expresada es el único o el más nutritivo alimento que podemos darle a nuestra Esperanza por una Venezuela Decente.

Los regímenes autoritarios son especialistas en el manejo violento de las cosas, por el contrario, las voluntades democráticas deben especializarse en el manejo verbalizado de sus asuntos. Y esto es lo que hemos hecho el 6D, hemos hablado, hemos puesto delante la palabra, hemos marcado un hito en una épica que, a pesar de la relevancia que le hemos dado a las declaraciones del general Padrino, no es propiamente castrense y guerrera, sino telúrica, psíquica y existencial.

De ello se desprende que en los días que nos faltan para la toma de posesión del 5E, el único método válido, telúrico, psíquico, existencial y de éxito garantizado, es que continuemos reivindicando el proceder cívico, la acción pacífica –que no paciente-, e impidamos cualquier arrebato de violencia que pueda ponernos de nuevo a sangrar esta herida que por las armas se produjo en aquel inolvidable 4F al que, por fin,  le ha llegado su 5E.   

Calma y cordura, calma activa y cordura vigilante.

Y re-oxigenemos nuestra democracia, que bastante falta nos hace.

@enzopittari

Caracas, 2 de enero de 2016.

 



Etiquetas:   Elecciones   ·   Democracia   ·   Venezuela

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