. Plutarco,
A
un gobernante falto de instrucción.
-Mire,
joven, -dije con un leve toque de ironía al ver el sesgo que tomaba
la conversación cuando comencé a hablar de la peste de la
corrupción de muchos políticos- yo no soy nada dado a la
melancolía, ni a afirmar o negar nada de forma clara y rotunda.
Salvo que mañana es Noche vieja y que ya han pasado las Navidades de
este año. Y que hay mucho ladrón -insistí- a quien no van a
crucificar.
-Es lo típico -me replicó don
Manuel con un cierto odio o resquemor, sin hacer caso de mi última
observación-. Es lo típico -repitió- de los pusilánimes y
cobardes.
-Sí; tiene usted razón: soy un
cobarde -le confirmé mirando a uno de los estáticos Reyes Magos del
belén que hacía días nos habían montado en la residencia-. Pero
eso no invalida mi visión del mundo, que es la propia de un
pusilánime, como dice usted.
-Miren -intervino doña Paquita, la
única mujer de aquella reunión- si vamos a empezar con los insultos
y las descalificaciones, yo me voy.
-No, por Dios -exclamó don Manuel-
no se marche usted. Lo siento. Perdóneme por el exabrupto -dijo
dirigiéndose a mí y bajando la voz.
Recordé que de pequeño, cuando
montaba yo el belén en mi casa, todos los días hacía avanzar a los
Reyes Magos un poco: así me hacía la ilusión de que aquel
teatrillo estático tenía cierta vida.
-Creo -nos arengó doña Paquita
sacándome de mis evocaciones- que debemos aprender a dialogar, a
hablar los unos con los otros sin llegar ni al insulto ni a las
descalificaciones. ¿No les parece que ya está bien?
-Sí,
me parece que ya está bien -afirmé-. Más que bien. Y si fuera un
poco optimista, le diría que me alegro del resultado que ha salido
recientemente de las urnas. Cierto es que, al menos desde el punto de
vista de algunos partidos políticos, el congreso va a parecer una
olla de grillos con tanta partido político y tan diversos. Y para
poner orden en esa olla va a hacer falta dialogar, ceder, llegar a
acuerdos... Es decir, buenos políticos.
-Y en eso -matizó doña Paquita-
estamos un tanto oxidados. Demasiadas mayorías absolutas, y
demasiado pensamiento único. Demasiado rey absoluto.
-Conmigo o contra mí -le apunté
pensando que los Reyes Magos seguramente no serían unos reyes
absolutistas y prontos a cortar cabezas. Salir por la noche tras de
una estrella para llevar regalos a un crío así lo demostraba.
-Pues yo sigo pensando -intervino de
nuevo don Manuel- que es mucho mejor la existencia de un partido
fuerte, que sea capaz de tomar medidas y de llevarlas a cabo, que no
de un conglomerado en el que cada uno tira para su pesebre.
Con el frío que hacía, y ¿por qué
Herodes estaba sentado en la puerta del castillo? ¿No era suficiente
la visión del castillo para denotar terror? El pobre hombre se iba a
constipar allí en su trono y con las piernas al aire.
-¿Acaso no se pueden tomar medidas
entre tres o cuatro partidos cada uno con sus ideas? -contraataqué
dispuesto a mandarlo a paseo si comenzaba de nuevo con sus
descalificaciones.
-No
digo que no -concedió-. Pero se va a perder un tiempo precioso en
discusiones, tiras y aflojas y acuerdos.
-¿Y qué es lo que urge tanto? Al
fin y al cabo -pensé- los Reyes no se mueven, y llegará el día 6
de Enero, como todos los años. Porque -dije en voz alta- lo que son
los verdaderos problemas vitales de las personas, asistencia médica,
hospitales, etc., sabe usted que ha sido bastante abandonados.
-Pero no me negará que se han
solucionado otros problemas igualmente vitales.
Hice un gesto de escepticismo.
-A
mí -intervino doña Paquita incidiendo en el problema- esto me
recuerda un colegio en el que trabajé antes de aprobar las
oposiciones. Fue -dijo sonriendo con un tanto de melancolía y una
pizca de malicia- poco después del Diluvio Universal, creo recordar.
En aquel colegio, la dirección brillaba por su ausencia. O mejor
dicho, hacía su aparición cada cuatro o cinco meses. Y cada cuatro
o cinco meses, nos reunía a los maestros y profesores en un aula, se
mostraba disgustada con todo y con todos, nos llamaba la atención a
unos y a otros, siempre en general y de forma ambigua, y nos
recriminaba hasta por los papeles que había por los pasillos; y
hasta el trimestre que viene.
-Es la forma más absurda y necia
que hay de demostrar que se está pendiente de todo, cuando es todo
lo contrario.
-Eso era lo que menos me importaba
-dijo doña Paquita-. A mí lo que me asombraba, era entonces muy
joven, es que el colegio, pese a todo, funcionaba, y lo hacía muy
bien. Había allí muy buenos profesionales.
-Yo creo que ahí es donde está la
clave de todo -dije fijándome en la mujer que estaba lavando la ropa
en el río, de noche- en la ética personal de cada uno de nosotros.
-No he dicho yo otra cosa -apuntó
don Manuel dispuesto a engancharse al carro.
-Sí, de acuerdo -le respondió doña
Paquita-. Pero recuerde que toda ética, y más en estos casos,
requiere de un cierto respaldo: no podemos exigir buenos
profesionales llenándolos de improperios, o impidiendo que realicen
su trabajo. O cuestionándolo un día sí y otro también.
-O
menospreciándolos. Cosa a la que somos muy dados. Es como si el
marido, después de tener la ropa limpia le recriminase a la mujer
que ha estado toda la mañana en el río.
-Sí, tiene razón. Muchas veces me
pregunté -apuntó doña Paquita mirando al belén- qué hubiera
sucedido en aquel colegio, hasta dónde hubieran podido llegar
aquellos profesores, si hubiesen contado con el apoyo de la
dirección.
-Es que a lo mejor -le dije- a la
dirección no le interesaba tener un colegio que fuera un modelo. Ni
a Herodes soldados que cuestionaran sus órdenes.
-¡Eso es una tontería! -exclamó
don Manuel otra vez sulfurado- ¿Cómo no le va a interesar a alguien
ser el mejor en lo suyo?
-Hay personas muy extrañas
-respondió doña Paquita haciéndole gestos con la mano para que se
moderase, para que rebajase la velocidad.
-No creo -replicó él- que sean
estúpidos hasta tal punto.
-¿Conoce usted aquel cuento de don
Juan Manuel en el que un labriego consiente en quedarse ciego con tal
de que a su vecino le quiebren un ojo? ¿Era así, no? -dijo
dirigiéndose a mí.
Sí,
también en el belén había un hombre labrando la tierra.
-No
lo recuerdo, doña Paquita. Pero da lo mismo. Estoy de acuerdo con
usted. Las instituciones las forman las personas. Y por suerte
siempre se encuentra uno con buenas personas y buenos
profesionales... Yo recuerdo unas Navidades, era joven todavía, en
las que comencé ya mis visitas al médico, al ambulatorio. Me
hicieron unas pruebas, y tenía que volver al cabo de quince días.
Una mañana sonó el teléfono. Era mi médico de cabecera: se iba de
vacaciones, y no se iba tranquilo antes de ver las pruebas y hablar
conmigo. Tal vez sea una tontería, pero a mí aquello me llegó al
alma.
-No creo que sea una tontería -dijo
ella-. A todos nos gusta que nos mimen.-También había gente
sencilla llevando regalos-. Bueno -rectificó sonriendo- que nos
traten como personas, con un poco de deferencia y educación.
-Sí, desde luego. Recuerdo que
camino del ambulatorio pensé en la enorme diferencia que había
entre aquella doctora y los políticos que nos gobernaban. Y nos
gobiernan.
-No querrá -intervino sarcástico
don Manuel- que lo llame el ministro de hacienda para recordarle que
tiene que hacer la declaración de renta.
Tuve que contenerme para no
responderle como creí que se merecía. No, en el belén no había
ningún legionario leyendo ningún edicto. Una pena.
-No, desde luego que no. No pretendo
que me llame ningún ministro. Pretendo, por el contrario, que sean
un poco más inteligentes, y que así nos consideren a nosotros. Es
posible -reflexioné en voz alta- que gracias a la televisión ganen
votos y se den a conocer. Pero frecuentarla en demasía tiene el
inconveniente de que tienen que hablar. Y hablar cuando no se tienen
cosas que decir es peligroso.
-Yo creo -dijo doña Paquita mirando
a don Manuel a los ojos- que para ser político en este país hay que
ser un poco, o bastante, idiota...
-Habíamos
quedado en no descalificar a nadie, señora -le respondió raudo don
Manuel.
Pensé
que hablaba la Pitía por boca de doña Paquita. Su descalificación
de los políticos me recordó la absurda polémica de estos días
porque a alguien del ayuntamiento de Madrid se le había ocurrido la
brillante idea de que en vez de Reyes Magos, en la cabalgata, hubiera
Reinas Magas. Por supuesto que a la oposición le faltó tiempo para
criticar ese cambio, calificado de “parida”. Ignora la pobre
oposición que en el teatro griego los papeles de mujeres los
representaban las hombres, y que, para no irnos tan lejos, en el
famoso Misteri
d'Elx, la
Virgen está representada por un niño. ¿Y qué problema hay?.
¿Debajo de esos ropajes -me pregunté mirando el belén- hay hombres
o mujeres o nada? ¿Es todo ropaje? Estas cosas, como cuanto acontece
en Cataluña, no son sino mantos y más mantos para tapar la
corrupción. Todo huele que apesta.
-Tiene usted razón -continuó doña
Paquita-No hay que insultar a nadie. Lo diré de otra forma: el
problema de muchos políticos, de la mayoría, es que se dedican a
repetir consignas. No tienen personalidad; jamás dicen algo que
tenga el más mínimo interés o sentido, ni contestan nunca a
ninguna pregunta clara y abiertamente. Parecen un coro de 4º de la
ESO que se ha puesto de acuerdo en el patio para acusar a Paquito de
haber robado la papelera que falta.
-Y están muy lejos de parecerse al
oráculo de Delfos. Es cierto lo que dice usted. Y es patético
verlos, las noches de las elecciones, salir todos eufóricos y
contentos porque todos han ganado las elecciones: unos por el
resultado obtenido, otros porque no han perdido tantos votos como
esperaban, y los demás allá porque, pese a todo, dos y dos siguen
siendo cuatro. Y nadie dimite. ¿Cómo lo van a hacer si todo es
magnífico?
-Sí, es cierto: son patéticos. Dan
pena. Y algo de asco, para qué vamos a negarlo.
-Eso
sin olvidar que esa misma noche, la de los resultados, ya comienzan a
desdecirse de todo cuanto habían proclamado en mítines y reuniones
pocas horas antes. Ahora a cierto partido no le interesa que se
consulte la hemeroteca. Dos horas antes acusaba al otro de afirmar
ahora lo que negaba hace un par de semanas.
-Y el que era representante, según
él, de una mayoría, se ha percatado de que hay otra mayoría más
mayoritaria que la suya, y entonces protesta porque una mayoría, que
no sea la suya, no puede aplastar a una minoría en la que está
instalado él.
-Bueno -intervino don Manuel-
ustedes saben que a menudo la hemeroteca se utiliza para paralizar al
gobierno...
-No,
yo diría que se utiliza para encauzar lo que se está desviando,
para dejar bien a las claras que no fue eso lo que prometió y
gracias a lo cual, tal vez, han ganado las elecciones. ¿Quién nos
iba a decir -pensé- que en nombre de esta criatura desnuda actuaría
la Santa Inquisición? Increíble. O tal vez no.
-Todos nos equivocamos.
-Por supuesto -dijo doña Paquita-
pero hay que cumplir unos objetivos.
-¿Cuales? -preguntó desafiante don
Manuel
-Una
cierta justicia social, una despolitización de la justicia, trabajo
para todos, un sistema educativo consensuado y que no sea un arma en
manos de un gobierno o de una cuadrilla de políticos... Y así
podría estar hablando media hora. Vamos dijo para finalizar- que se
llame una y otra vez al juzgado a una persona por unos chistes sin
gracia que contó hace años, y haya toda una familia de mafiosos
danzando por ahí ya lo explica todo bien a las claras.
-Todo
eso, y mucho más, si oye hablar a los políticos, a que no ser que
sean de la oposición, se ha logrado. O no tiene interés porque la
corrupción es consustancial al ser humano.
-Sí,
hay veces -reflexionó doña Paquita- que no sé si son lelos, unos
cínicos, o nos toman a nosotros por irremediables idiotas. Tan
estáticos como esas figuras que hay ahí -dijo señalando el belén.
-Yo
creo que hay de todo. Y no van muy equivocados en eso de la estupidez
general cuando, después de tanto escándalo y corrupción, muchas
personas votan a un personaje que está encerrado en casa ya que se
han descubierto algunas de las cosas non
sanctas
que hacía. Relacionadas con el dinero y la corrupción, cómo no. Y
encima lo escogen como diputado...
-¿Y qué creen ustedes -preguntó
doña Paquita- que podría hacerse para solucionar ese problema?
-Un gobierno fuerte y duro,
implacable...
Como el de Herodes I el Mataniños.
-Siempre se es implacable con el
otro e indulgente con el propio. Yo no creo que pueda hacerse nada. O
el hombre se da la vuelta como un guante, o aquí no hay nada que
hacer.
-¡Hombre! -exclamó doña Paquita-
no sea usted tan negativo. Algo podrá hacerse.
-Sí -le contesté sonriendo-. Algo
puede hacerse: podemos ir al oráculo de Delfos a consultar a la
Pitía.
-Vaya tonterías que dice usted
-dijo con desprecio don Manuel.
-Es una tontería, ya lo sé; pero
nos podíamos divertir mucho por el camino, tanto a la ida como a la
vuelta. Y más si nos da una respuesta sibilina y empezamos a
discutirla.
-Conócete a ti mismo -me sonrió
doña Paquita.
-Nosce
te ipsum.
No, eso no es sibilino. Eso es imposible, sencillamente.
-¡Bah! -exclamó don Manuel
levantándose y dejándonos solos a doña Paquita y a mí.
Dejamos
que se alejara sin decirle nada. Y entonces, solos los dos, arrimando
su butaca a la mía, comenzó a hablarme del último libro que estaba
leyendo. Como siempre fue un placer escucharla. Y más observando a
todas aquellas figuras tan estáticas como preciosas. Eran realmente
bellas, estatuas en miniatura. ¿Qué más daba su sexo? Las observé
con detenimiento en tanto doña Paquita me alegraba el corazón con
sus palabras: a los 80 y pico de años se estaba leyendo, por enésima
vez, Guerra
y paz. Comenzó
a hablarme de las infinitas y heladas estepas, de la madre Rusia y
del príncipe Andrei... Se abría ante mí un precioso fin de año.