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Sin ira ni melancolía


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29/12/2015

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El hombre valioso, en efecto, no es arrogante ni insoportable, ni el hombre imprudente, inflexible. Plutarco, A un gobernante falto de instrucción.


-Mire, joven, -dije con un leve toque de ironía al ver el sesgo que tomaba la conversación cuando comencé a hablar de la peste de la corrupción de muchos políticos- yo no soy nada dado a la melancolía, ni a afirmar o negar nada de forma clara y rotunda. Salvo que mañana es Noche vieja y que ya han pasado las Navidades de este año. Y que hay mucho ladrón -insistí- a quien no van a crucificar.

-Es lo típico -me replicó don Manuel con un cierto odio o resquemor, sin hacer caso de mi última observación-. Es lo típico -repitió- de los pusilánimes y cobardes.

-Sí; tiene usted razón: soy un cobarde -le confirmé mirando a uno de los estáticos Reyes Magos del belén que hacía días nos habían montado en la residencia-. Pero eso no invalida mi visión del mundo, que es la propia de un pusilánime, como dice usted.

-Miren -intervino doña Paquita, la única mujer de aquella reunión- si vamos a empezar con los insultos y las descalificaciones, yo me voy.

-No, por Dios -exclamó don Manuel- no se marche usted. Lo siento. Perdóneme por el exabrupto -dijo dirigiéndose a mí y bajando la voz.

Recordé que de pequeño, cuando montaba yo el belén en mi casa, todos los días hacía avanzar a los Reyes Magos un poco: así me hacía la ilusión de que aquel teatrillo estático tenía cierta vida.

-Creo -nos arengó doña Paquita sacándome de mis evocaciones- que debemos aprender a dialogar, a hablar los unos con los otros sin llegar ni al insulto ni a las descalificaciones. ¿No les parece que ya está bien?

-Sí, me parece que ya está bien -afirmé-. Más que bien. Y si fuera un poco optimista, le diría que me alegro del resultado que ha salido recientemente de las urnas. Cierto es que, al menos desde el punto de vista de algunos partidos políticos, el congreso va a parecer una olla de grillos con tanta partido político y tan diversos. Y para poner orden en esa olla va a hacer falta dialogar, ceder, llegar a acuerdos... Es decir, buenos políticos.

-Y en eso -matizó doña Paquita- estamos un tanto oxidados. Demasiadas mayorías absolutas, y demasiado pensamiento único. Demasiado rey absoluto.

-Conmigo o contra mí -le apunté pensando que los Reyes Magos seguramente no serían unos reyes absolutistas y prontos a cortar cabezas. Salir por la noche tras de una estrella para llevar regalos a un crío así lo demostraba.

-Pues yo sigo pensando -intervino de nuevo don Manuel- que es mucho mejor la existencia de un partido fuerte, que sea capaz de tomar medidas y de llevarlas a cabo, que no de un conglomerado en el que cada uno tira para su pesebre.

Con el frío que hacía, y ¿por qué Herodes estaba sentado en la puerta del castillo? ¿No era suficiente la visión del castillo para denotar terror? El pobre hombre se iba a constipar allí en su trono y con las piernas al aire.

-¿Acaso no se pueden tomar medidas entre tres o cuatro partidos cada uno con sus ideas? -contraataqué dispuesto a mandarlo a paseo si comenzaba de nuevo con sus descalificaciones.

-No digo que no -concedió-. Pero se va a perder un tiempo precioso en discusiones, tiras y aflojas y acuerdos.

-¿Y qué es lo que urge tanto? Al fin y al cabo -pensé- los Reyes no se mueven, y llegará el día 6 de Enero, como todos los años. Porque -dije en voz alta- lo que son los verdaderos problemas vitales de las personas, asistencia médica, hospitales, etc., sabe usted que ha sido bastante abandonados.

-Pero no me negará que se han solucionado otros problemas igualmente vitales.

Hice un gesto de escepticismo.

-A mí -intervino doña Paquita incidiendo en el problema- esto me recuerda un colegio en el que trabajé antes de aprobar las oposiciones. Fue -dijo sonriendo con un tanto de melancolía y una pizca de malicia- poco después del Diluvio Universal, creo recordar. En aquel colegio, la dirección brillaba por su ausencia. O mejor dicho, hacía su aparición cada cuatro o cinco meses. Y cada cuatro o cinco meses, nos reunía a los maestros y profesores en un aula, se mostraba disgustada con todo y con todos, nos llamaba la atención a unos y a otros, siempre en general y de forma ambigua, y nos recriminaba hasta por los papeles que había por los pasillos; y hasta el trimestre que viene.

-Es la forma más absurda y necia que hay de demostrar que se está pendiente de todo, cuando es todo lo contrario.

-Eso era lo que menos me importaba -dijo doña Paquita-. A mí lo que me asombraba, era entonces muy joven, es que el colegio, pese a todo, funcionaba, y lo hacía muy bien. Había allí muy buenos profesionales.

-Yo creo que ahí es donde está la clave de todo -dije fijándome en la mujer que estaba lavando la ropa en el río, de noche- en la ética personal de cada uno de nosotros.

-No he dicho yo otra cosa -apuntó don Manuel dispuesto a engancharse al carro.

-Sí, de acuerdo -le respondió doña Paquita-. Pero recuerde que toda ética, y más en estos casos, requiere de un cierto respaldo: no podemos exigir buenos profesionales llenándolos de improperios, o impidiendo que realicen su trabajo. O cuestionándolo un día sí y otro también.

-O menospreciándolos. Cosa a la que somos muy dados. Es como si el marido, después de tener la ropa limpia le recriminase a la mujer que ha estado toda la mañana en el río.

-Sí, tiene razón. Muchas veces me pregunté -apuntó doña Paquita mirando al belén- qué hubiera sucedido en aquel colegio, hasta dónde hubieran podido llegar aquellos profesores, si hubiesen contado con el apoyo de la dirección.

-Es que a lo mejor -le dije- a la dirección no le interesaba tener un colegio que fuera un modelo. Ni a Herodes soldados que cuestionaran sus órdenes.

-¡Eso es una tontería! -exclamó don Manuel otra vez sulfurado- ¿Cómo no le va a interesar a alguien ser el mejor en lo suyo?

-Hay personas muy extrañas -respondió doña Paquita haciéndole gestos con la mano para que se moderase, para que rebajase la velocidad.

-No creo -replicó él- que sean estúpidos hasta tal punto.

-¿Conoce usted aquel cuento de don Juan Manuel en el que un labriego consiente en quedarse ciego con tal de que a su vecino le quiebren un ojo? ¿Era así, no? -dijo dirigiéndose a mí.

Sí, también en el belén había un hombre labrando la tierra.

-No lo recuerdo, doña Paquita. Pero da lo mismo. Estoy de acuerdo con usted. Las instituciones las forman las personas. Y por suerte siempre se encuentra uno con buenas personas y buenos profesionales... Yo recuerdo unas Navidades, era joven todavía, en las que comencé ya mis visitas al médico, al ambulatorio. Me hicieron unas pruebas, y tenía que volver al cabo de quince días. Una mañana sonó el teléfono. Era mi médico de cabecera: se iba de vacaciones, y no se iba tranquilo antes de ver las pruebas y hablar conmigo. Tal vez sea una tontería, pero a mí aquello me llegó al alma.

-No creo que sea una tontería -dijo ella-. A todos nos gusta que nos mimen.-También había gente sencilla llevando regalos-. Bueno -rectificó sonriendo- que nos traten como personas, con un poco de deferencia y educación.

-Sí, desde luego. Recuerdo que camino del ambulatorio pensé en la enorme diferencia que había entre aquella doctora y los políticos que nos gobernaban. Y nos gobiernan.

-No querrá -intervino sarcástico don Manuel- que lo llame el ministro de hacienda para recordarle que tiene que hacer la declaración de renta.

Tuve que contenerme para no responderle como creí que se merecía. No, en el belén no había ningún legionario leyendo ningún edicto. Una pena.

-No, desde luego que no. No pretendo que me llame ningún ministro. Pretendo, por el contrario, que sean un poco más inteligentes, y que así nos consideren a nosotros. Es posible -reflexioné en voz alta- que gracias a la televisión ganen votos y se den a conocer. Pero frecuentarla en demasía tiene el inconveniente de que tienen que hablar. Y hablar cuando no se tienen cosas que decir es peligroso.

-Yo creo -dijo doña Paquita mirando a don Manuel a los ojos- que para ser político en este país hay que ser un poco, o bastante, idiota...

-Habíamos quedado en no descalificar a nadie, señora -le respondió raudo don Manuel.

Pensé que hablaba la Pitía por boca de doña Paquita. Su descalificación de los políticos me recordó la absurda polémica de estos días porque a alguien del ayuntamiento de Madrid se le había ocurrido la brillante idea de que en vez de Reyes Magos, en la cabalgata, hubiera Reinas Magas. Por supuesto que a la oposición le faltó tiempo para criticar ese cambio, calificado de “parida”. Ignora la pobre oposición que en el teatro griego los papeles de mujeres los representaban las hombres, y que, para no irnos tan lejos, en el famoso Misteri d'Elx, la Virgen está representada por un niño. ¿Y qué problema hay?. ¿Debajo de esos ropajes -me pregunté mirando el belén- hay hombres o mujeres o nada? ¿Es todo ropaje? Estas cosas, como cuanto acontece en Cataluña, no son sino mantos y más mantos para tapar la corrupción. Todo huele que apesta.

-Tiene usted razón -continuó doña Paquita-No hay que insultar a nadie. Lo diré de otra forma: el problema de muchos políticos, de la mayoría, es que se dedican a repetir consignas. No tienen personalidad; jamás dicen algo que tenga el más mínimo interés o sentido, ni contestan nunca a ninguna pregunta clara y abiertamente. Parecen un coro de 4º de la ESO que se ha puesto de acuerdo en el patio para acusar a Paquito de haber robado la papelera que falta.

-Y están muy lejos de parecerse al oráculo de Delfos. Es cierto lo que dice usted. Y es patético verlos, las noches de las elecciones, salir todos eufóricos y contentos porque todos han ganado las elecciones: unos por el resultado obtenido, otros porque no han perdido tantos votos como esperaban, y los demás allá porque, pese a todo, dos y dos siguen siendo cuatro. Y nadie dimite. ¿Cómo lo van a hacer si todo es magnífico?

-Sí, es cierto: son patéticos. Dan pena. Y algo de asco, para qué vamos a negarlo.

-Eso sin olvidar que esa misma noche, la de los resultados, ya comienzan a desdecirse de todo cuanto habían proclamado en mítines y reuniones pocas horas antes. Ahora a cierto partido no le interesa que se consulte la hemeroteca. Dos horas antes acusaba al otro de afirmar ahora lo que negaba hace un par de semanas.

-Y el que era representante, según él, de una mayoría, se ha percatado de que hay otra mayoría más mayoritaria que la suya, y entonces protesta porque una mayoría, que no sea la suya, no puede aplastar a una minoría en la que está instalado él.

-Bueno -intervino don Manuel- ustedes saben que a menudo la hemeroteca se utiliza para paralizar al gobierno...

-No, yo diría que se utiliza para encauzar lo que se está desviando, para dejar bien a las claras que no fue eso lo que prometió y gracias a lo cual, tal vez, han ganado las elecciones. ¿Quién nos iba a decir -pensé- que en nombre de esta criatura desnuda actuaría la Santa Inquisición? Increíble. O tal vez no.

-Todos nos equivocamos.

-Por supuesto -dijo doña Paquita- pero hay que cumplir unos objetivos.

-¿Cuales? -preguntó desafiante don Manuel

-Una cierta justicia social, una despolitización de la justicia, trabajo para todos, un sistema educativo consensuado y que no sea un arma en manos de un gobierno o de una cuadrilla de políticos... Y así podría estar hablando media hora. Vamos dijo para finalizar- que se llame una y otra vez al juzgado a una persona por unos chistes sin gracia que contó hace años, y haya toda una familia de mafiosos danzando por ahí ya lo explica todo bien a las claras.

-Todo eso, y mucho más, si oye hablar a los políticos, a que no ser que sean de la oposición, se ha logrado. O no tiene interés porque la corrupción es consustancial al ser humano.

-Sí, hay veces -reflexionó doña Paquita- que no sé si son lelos, unos cínicos, o nos toman a nosotros por irremediables idiotas. Tan estáticos como esas figuras que hay ahí -dijo señalando el belén.

-Yo creo que hay de todo. Y no van muy equivocados en eso de la estupidez general cuando, después de tanto escándalo y corrupción, muchas personas votan a un personaje que está encerrado en casa ya que se han descubierto algunas de las cosas non sanctas que hacía. Relacionadas con el dinero y la corrupción, cómo no. Y encima lo escogen como diputado...

-¿Y qué creen ustedes -preguntó doña Paquita- que podría hacerse para solucionar ese problema?

-Un gobierno fuerte y duro, implacable...

Como el de Herodes I el Mataniños.

-Siempre se es implacable con el otro e indulgente con el propio. Yo no creo que pueda hacerse nada. O el hombre se da la vuelta como un guante, o aquí no hay nada que hacer.

-¡Hombre! -exclamó doña Paquita- no sea usted tan negativo. Algo podrá hacerse.

-Sí -le contesté sonriendo-. Algo puede hacerse: podemos ir al oráculo de Delfos a consultar a la Pitía.

-Vaya tonterías que dice usted -dijo con desprecio don Manuel.

-Es una tontería, ya lo sé; pero nos podíamos divertir mucho por el camino, tanto a la ida como a la vuelta. Y más si nos da una respuesta sibilina y empezamos a discutirla.

-Conócete a ti mismo -me sonrió doña Paquita.

-Nosce te ipsum. No, eso no es sibilino. Eso es imposible, sencillamente.

-¡Bah! -exclamó don Manuel levantándose y dejándonos solos a doña Paquita y a mí.

Dejamos que se alejara sin decirle nada. Y entonces, solos los dos, arrimando su butaca a la mía, comenzó a hablarme del último libro que estaba leyendo. Como siempre fue un placer escucharla. Y más observando a todas aquellas figuras tan estáticas como preciosas. Eran realmente bellas, estatuas en miniatura. ¿Qué más daba su sexo? Las observé con detenimiento en tanto doña Paquita me alegraba el corazón con sus palabras: a los 80 y pico de años se estaba leyendo, por enésima vez, Guerra y paz. Comenzó a hablarme de las infinitas y heladas estepas, de la madre Rusia y del príncipe Andrei... Se abría ante mí un precioso fin de año.



Etiquetas:   Tolerancia   ·   Democracia   ·   Partidos Políticos

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