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Nubarrones


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21/12/2015

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NUBARRONES






Vicente Adelantado Soriano





Ahora, como entonces, nadie se engañaba acerca del lugar de la enfermedad, pero nadie osaba tampoco aplicarle el verdadero y serio remedio.

Theodor Mommsen, Historia de Roma.





-Yo, y se lo digo en serio -me dijo mi nuevo vecino de habitación como si lleváramos toda la vida juntos- preferiría un país en el que no hubiera elecciones. Estoy harto ya de la campaña electoral, de los políticos, de la política, de las televisiones y de los periodistas.

A estas alturas de mi vida, poco podían sorprenderme ya las opiniones de mis semejantes, y más sobre los temas que acababa de tocar mi vecino: las había oído de todos los colores y tamaños. Y todos, por supuesto, tenían razón. O, al menos, su parte de razón.

-Pero no me malinterprete -añadió golpeándome el brazo izquierdo con el reverso de su mano derecha, cosa que me molestó sobremanera-. No quiere decir eso que yo no sea un demócrata.

-Por supuesto que no -ironicé- es como ir borracho y dárselas de abstemio. Y espero que no se moleste. La libertad de expresión por encima de todo.

-No me molesto -dijo enervando la espalda y volviendo a descargar otro golpe sobre mi sufrido brazo- pero tengo derecho, creo, a vivir mis propias contradicciones.

-Nadie se las niega -dije replegando el brazo, resguardándolo en la butaca-. Todos las tenemos, y todos vivimos con ellas como mejor que podemos.

-¿Usted cree que sería posible una democracia sin elecciones?

-Hoy en día todo es posible: regresamos al futuro, nos rigen los locos, los ladrones andan sueltos, los periodistas son las noticias, y las noticias no sirven sino producen dividendos y dan pábulo a cortes publicitarios...

-Sí, tiene usted razón: estoy pidiendo un imposible.

-Bueno, por pedir que no quede. Pero no pida cosas sensatas porque entonces tiene el fracaso asegurado.

-¿No le parece a usted que es verdaderamente cansino estar oyendo o leyendo siempre la misma y repetitiva noticia? Una y otra vez, y otra y otra.

Imaginé que se refería al puñetazo recibido por el presidente del gobierno en funciones. Un descerebrado, menor de edad, se aproximó a él y lo golpeó sin mediar ni una palabra. Las televisiones repitieron la agresión hasta más allá de la náusea.

-Por supuesto -respondí-. Pero tenga en cuenta que ha sucedido un hecho transcendental, de suma importancia, y que no podemos dejar de estudiarlo y analizarlo. De ahí que tengamos que verlo una y otra vez, hasta convertirlo en vomitivo

-¿A qué se refiere?

-¡Hombre! A que un impresentable de estos a los que siempre se está expulsando de clase, le ha dado un puñetazo al presidente del gobierno.

-Sí, tiene razón. Como si a nosotros y a los médicos, en los ambulatorios, no nos estuvieran agrediendo continuamente.

-Tampoco exageremos. Más grave es que haya guerras, o gente, niños sobre todo, muriéndose de hambre. Pero, claro, sobre eso no se puede montar un debate, ¿O si? Sea como fuere, no creo que tuviera mucho morbo. ¿Qué importancia tiene que un descerebrado le pegue a un profesor, o un imbécil mate a un médico porque este no ha creído oportuno darle la baja?

-Sí -dijo mi compañero buscando mi sufrido brazo para dejar caer otro golpe-. Tiene razón: los periodistas han terminado por volverse noticia. Y hay cosas que no consideran importantes por mucho que lo sean. Y, lógicamente, no informan de ellas.

-No, no se equivoque: si las televisiones no les conceden importancia es porque no la tienen. Estamos viviendo bajo una tiraría completa de los medios de comunicación. Cosa que, por otra parte, creo que ha existido siempre.

-Dejando aparte mi hartazgo por las elecciones, la importancia que se les está dando a estas y todo lo demás, también echo de menos la presencia de verdaderos periodistas, objetivos, veraces...

-¿Existe eso? -le interrumpí-. Tenga en cuenta que un periódico, o una televisión, o todo al mismo tiempo, es un negocio. Y como tal tiene que generar ganancias.

-Sí, pero para todo hay una ética, unos principios.

-Y ellos los tienen: una misma empresa puede, como los grandes almacenes, tener de todo: una televisión de izquierdas, vamos a suponer, un periódico de derechas, y una revista de centro. Así que te pongas como te pongas, por aquí has de pasar. ¿Cabe mayor objetividad?

-No, eso no es objetividad. Yo más bien lo definiría como cinismo.

-Es posible. Mire, cuando yo era joven tuve que oírme infinidad de veces aquello de que tenía que ser coherente. Es decir, si decía que era de izquierdas, es un decir, no podían gustarme las películas de guerra o de policías o las armas de fuego...

-¿Y qué tiene que ver una cosa con la otra?

-No lo sé. Supongo que pretendían que fuéramos planos como una tabla de planchar. Y yo, y no lo siento lo más mínimo, era un enamorado de las películas de acción. Y lo sigo siendo.

-¿Y sigue siendo de izquierdas?

-Más que la madre que me parió.

-No conocí a su madre.

-No todos tuvimos esa suerte.

-¿Cómo puede hablar así a estas alturas de su vida? Cuando apenas si nos quedan unos años...

-¿Y por qué no? ¿Acaso el haber consumido más de media vida presupone que tengo que ser políticamente correcto? Usted está harto de las elecciones, y yo de la hipocresía de la gente.

-Con huir de ella, se resuelve el problema.

-Lo mismo le digo, joven: apague la televisión, y problema resuelto.

-Pero es que entonces no me entero de lo que sucede a mi alrededor.

-Pues léase usted la historia de España: siempre estamos en el mismo punto. Le recomiendo la época de la regencia de María Cristina, madre que fue de Isabel II.

-¡Hombre! -exclamó algo escandalizado-. Algo habremos avanzado.

-Por supuesto. Ahora tenemos agua corriente en las casas. Y televisiones.

-Y escuelas.

-Mejor no toquemos el tema de las escuelas, ni del sistema educativo, ni de cómo percibe la gente la educación y las escuelas. Que no todo es culpa del gobierno ni de los maestros.

-De todas formas -dijo mi vecino mirando al infinito- un país es muy difícil de gobernar.

-Evidentemente. Y hay que tener las ideas muy claras y saber a quién se puede o debe beneficiar y a quien hay que exigirle más. Y ahí, señor mío, hemos dado con el meollo de la cuestión.

-Sí, pero ¿cómo se sabe eso? Oyes hablar a todos los representantes de los partidos, y todos quieren lo mejor para su patria...

-Tal vez, pero a lo mejor su patria no es la mía, ni la mía la de ellos.

-Entonces -dijo escandalizado- usted estaría a favor de la independencia de Cataluña.

-No he dicho nada al respecto...

-Hombre, por lo que está diciendo usted que es la patria...

-Mire -dije soñador- me acabo de acordar de un verso... ¿de quién es? No lo recuerdo... dice algo así como que mi infancia es mi patria, o mi patria es mi infancia. Y eso nadie me lo puede quitar: ni separatistas ni secesionistas.

-Eso es una tontería, una solemne tontería por no utilizar expresiones más fuertes.

-Puede hacerlo: ni me voy a escandalizar ni a molestar. Pero que le quede bien claro que tampoco usted me va a ofrecer el verdadero y serio remedio al problema. ¿O si?

-¿De qué problema me habla? ¿Remedio para qué?

-Para nada. Déjelo. Me voy, que hoy tengo médico. Es decir, me van a contar que estoy un poquito más degradado que la vez anterior. El tiempo, para algunas cosas al menos, no pasa en vano.

-Es bueno que así sea -me respondió con una sonrisa malévola.

-Eso está bien -le dije-. Ha dado usted con parte de la solución: el humor, pero un humor más humano, hombre, más cervantino, más elegante.

Ya no me contestó. Me alejé de él trotando. Ni tenía que ir al médico ni me encontraba mal. Solamente quería estar solo. Nada más. Había nubarrones en el cielo, y tenía la esperanza de que lloviera mucho. Me encanta la lluvia.



Etiquetas:   Periodismo   ·   Manipulación

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