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Preocupación


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23/11/2015

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Cualquiera que desprecie su propia vida, se hará dueño siempre de la de los demás. Michel de Montaigne, Ensayos.






Llevaba ya varios días sin ver la televisión, ni oír la radio, ni leer los periódicos porque estaba cansado de que todo cuanto sucedía en el mundo se convertía enseguida en una única noticia: los salvajes atentados cometidos en París por un grupo de desalmados, que terminaron con la vida de ciento veinte personas. Semanas antes, los mismos medios de comunicación nos habían estado bombardeando, sin descanso, con la pretendida proclamación de la república catalana. Ante tanta monomanía decidí leer novelas de la Edad media o del siglo XIX: son más variadas y ricas. Pero está claro que es muy difícil, por no decir imposible, sustraerse del monotema del momento.

-He leído hoy un artículo periodístico -me dijo un habitante de la residencia sentándose a mi lado e interrumpiendo mi gozosa lectura- en el que se dice que el fanatismo es propio de la juventud, entendiendo por tal tanto la de las personas como la de los países. ¿Qué le parece a usted?

-Es posible -le respondí de mala gana- La juventud se cree eterna -me percaté de que estaba diciendo un tópico- y no ha sufrido todavía ningún fracaso. Al menos, ninguno significativo. Por eso actúa como lo hace.

-Sí, eso es cierto. La vida lo atempera a uno, los fracasos doman y educan1. Lo malo de algunos fanáticos es que no han tenido tiempo de atemperarse. A no ser que consideremos a la muerte como a la gran apaciguadora.

-Lo es. Sin duda lo es.

-No obstante, el artículo dejaba de lado el problema que a mí me sigue preocupando. Un joven puede ser un fanático por falta de conocimiento. Y eso, de alguna forma, es fácil de solucionar. Ahora bien, ¿qué le empuja a coger un arma y a erigirse en juez y pelotón de fusilamiento de un grupo de personas? ¿Qué le impulsa a despreciar las vidas de esa forma, incluida la suya?

-No lo sé. La verdad es que no lo sé -dije cerrando el libro definitivamente-. Se han dado infinidad de respuestas al respecto: el medio, la educación, la exclusión social, impuesta o querida, el descontento, y hasta los cromosomas. Ya sabe: si predominan unos, se puede ser hasta un asesino en serie...

-Nunca me he creído esa teoría. Y dudo de las otras.

-Tal vez la más fácil, y la más certera, sea la que dan las religiones: el mal existe. Hay personas malas que son capaces de hacer cualquier cosa con o sin motivos. Tal vez sólo necesiten un pretexto, y este puede ser cualquier tontería más o menos bien urdida. Aunque a veces no hace falta ni eso. Sobra con despreciarse a sí mismo.

-¿Y una persona que mata y asesina puede dormir bien por la noche?

-¿Por qué no? Según su mentalidad ha cumplido con su deber; y, por lo tanto, no sólo duerme plácidamente sino que es merecedora de un premio; de medallas, de un prometido paraíso, o de las comodidades con las que nunca soñó.

-¿Sabe? Lo terrible de hacerse mayor es que se va quedando uno sin soluciones, sin opciones. Es como si fuera fallando la imaginación... De joven -prosiguió tras un breve silencio- yo pensaba que la escuela, la educación, serían capaces de acabar con todo esto.

-Uno siempre necesita algo a lo que aferrarse y en lo que creer, ¿no le parece?

-Tal vez. Pero hoy en día creo que ya no hay opciones. Y me estoy respondiendo a una pregunta de mi juventud: ¿se puede vivir sin ilusiones, sin metas? ¿Usted que cree? Necesito saber.

-Todo eso es mera palabrería. Claro que se puede vivir sin metas ni ilusiones. ¿O es que cree usted que en esta vida todos tenemos una meta y una finalidad? Para muchos la vida es un accidente, algo con lo que no se sabe muy bien qué hacer...

-Sí, pero la sociedad lo marca: estudiar, opositar, trabajar, casarse, tener hijos y morirse.

-Efectivamente. Y fabricarse alguna que otra falsa meta para sentirse vivo: el coche, el apartamento, el viaje a donde marcan las agencias o las modas...

-No, no puedo estar de acuerdo con eso. Hay algo más, tiene que haber algo más.

-Bueno, pues tal vez tenga ahí la respuesta que está buscando. Quizás un terrorista, un asesino de estos, sea una persona insatisfecha que carga la culpa de lo que sea, la pobreza de su vida por ejemplo, contra los demás, y por eso los elimina. En el fondo, querido amigo, es la maldad. No hay que darle más vueltas.

-No me satisface la respuesta. De algún lugar nacerá la maldad.

-Pues no le puedo decir más. A no ser -dije recordando rápidamente una vieja lectura- que le demos la vuelta a la cosa.

-¿Qué quiere decir?

-No lo sé muy bien. La maldad tal vez nazca de donde nace la bondad. No lo sé. Pero... ¿usted premiaría a alguien por tener una buena intención que no ha llevado a cabo?

-No entiendo qué quiere decir.

-¿O castigaría a alguien por una acción que no ha cometido?

-Castigarlo tal vez no, pero si pudiera impedirlo, lo haría. Utilizando los medio que tuviera a mi alcance. No me da miedo la violencia.

-Yo le tengo pánico. Le reconozco que soy un cobarde redomado. Pero no hablemos de mí. ¿Qué cree usted que empuja a una persona a prestar ayuda a otra que está en apuros, por ejemplo a salvarla de un naufragio?

-¡Vaya preguntas que me hace usted! Pues el más elemental de los humanismos.

-¡Ah! ¿El amor, la filia o como quiera llamarlo, es elemental?

-Sí, creo que está en la naturaleza del hombre...

-Siga, siga, no se detenga -lo animé, pues se había quedado callado y pensativo-. Porque -seguí yo- también está el odio en esa misma naturaleza, ¿no?

-Sí, tiene razón. Y volvemos al punto de partida. ¿No le parece a usted que una buena educación puede hacer que florezca una parte, la mejor del hombre, y se marchite la otra?

-¿Y qué es una buena educación? ¿La que nos enseña a distinguir el bien del mal y a actuar en consecuencia? ¿La que logra dar con el vizconde Demediado? ¿Aquel que fue partido por la mitad en un combate y se dividió en una parte empalagosa de tan buena, y en otra horrible de tanta maldad?

-Sí, tal vez. Aunque sería una educación coja, falta de algo más.

-Eso pienso yo también. Pues al fin y al cabo, el bien o lo bueno no es lo mismo para todos. Ni el mal, en consecuencia.

-Está la tolerancia, el respeto...

-Yo prefiero más la indiferencia. Créame: lo mejor de esta vida es ser indiferente a todos. Si a todo el mundo le da igual que vivas o que mueras, que entres o que salgas, entonces podrás hacer lo que quieras, y nadie te molestará. Pero si uno se empeña en que todos tienen que creer en lo que yo creo, o pensar como yo pienso, ya tenemos el problema planteado y en vías de solución a través de la violencia.

-Hay otros medios. Pues de ser las cosas así como las plantea usted, la humanidad no hubiera avanzado ni un ápice: un político, un artista, un maestro... mucha gente se tiene que someter a ese posible desprecio a fin de hacer que las cosas cambien.

-Porque ya se habían torcido. Imagino.

-Sí, por supuesto. Y hay que enderezarlas. Aunque, repito, sea usando la violencia.

-Es la mejor de las maneras de acabar con los problemas: muerto el perro, muerta la rabia.

-¿Es usted también de los que cree que no hay que atacar a los terroristas estos que han provocado la masacre? ¿Nos quedamos como si tal cosa?

-Yo no he dicho eso. Pero también le digo que no sé lo que hay que hacer. No lo sé. ¿Defendernos a sangre y fuego? ¿Cerrar las fronteras y no dejar pasar a nadie? ¿Dejar que miles y miles de personas mueran a manos de unos desalmados? No sé lo que hay que hacer, aunque me temo que la solución va a ser la de siempre.

-¿Hay otra?

-Debería haberla.

-Pero no la hay: son dos mundos confrontados, dos modos distintos no de entender el más allá, sino la vida misma, el trato con la mujer, con la persona diferente. Es la tolerancia, la democracia, contra el rey-sacerdote, contra la intolerancia y el fanatismo.

-No olvide que está hablando de un grupo reducido.

-Sí, pero muy poderoso.

-Parte de ese poder se lo proporcionan esos países democráticos y liberares, y que se alimentan de la exportación de armas, entre otras cosas. Y que compran el petróleo lo más barato que pueden, y luego se rasgan las vestiduras. Esto es la pescadilla que se muerde la cola.

-Pues habrá que romperle el espinazo para que deje de hacerlo.

-Sí, pero no a la pescadilla sino a esos que dejan que miles y miles de niños se mueran de hambre sin abrir la boca en tanto se gastan millones y millones en armas y más armas. Y no para defender al moribundo hambriento.

-¿Sabe? -me preguntó mi compañero como si estuviera cansado de mi apatía o falta de concreción-. Llevamos varios minutos hablando y no hemos llegado a ninguna conclusión. No responde usted a mis preguntas. Y yo quiero saber.

-¿Esperaba usted otra cosa? Si es así, lo siento. Nemo dat quod in se non habet.2

Se levantó sin decir nada y se marchó. A mí la discusión me puso triste. Fui incapaz de seguir leyendo, así que me puse el abrigo, el gorro y los guantes, y salí a caminar. Es lo que había hecho siempre que se me presentaba algún problema del que no sabía cómo salir. Si todo fuera tan fácil como cortar el nudo gordiano, o ir a Delfos y ser capaz de hacer la pregunta correcta y de interpretar correctamente la respuesta de la Pitía, me decía una y otra vez camino de ninguna parte. Pero no, no resultaba fácil. Entre otras cosas porque ya no existe Delfos.













1Aduorsae res edomant et docent, Aulo Gellio, Noctes atticae, VI.iii



2Nadie da lo que no tiene.





Etiquetas:   Educación   ·   Amor   ·   Odio   ·   Fanatismo

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