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Deshechos


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28/10/2015

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DESHECHOS






Vicente Adelantado Soriano





Dentro del esfuerzo que estamos haciendo por oír un eco, de aquella voz antigua y evaluar su alcance, nada nos confundirá más que la búsqueda de lo pintoresco: lo fácil.

Paul Zumthor, La letra y la voz de la “literatura” medieval





Recuerdo que cuando era joven, hace siglos de ello, algunos muchachos de mi generación se querían ir de la casa paterna por diferencias ideológicas, sobre todo con el padre, que entonces todavía se llamaban así; no como ahora que se ha transformado en el viejo, mi viejo, el puto calvo, el gran gilipollas y otras lindezas por el estilo. A aquellos chicos, ancianos en estos momentos, les resultaba muy pesado tener que sentarse a cenar con su progenitor, un reaccionario de tomo y lomo, que lo prohibía todo y lo censuraba todo. Todo, menos su época, su vida, su forma de entender las cosas y su pobre visión del mundo, que era, por supuesto, la perfecta, la suya propia, aunque no tuviera nada de original. Algunos de aquellos viejos muchachos veían más que justificada la decisión de abandonar el nido paterno por mor de esas diferencias; otros, menos valientes, o más apocados, preferían seguir en casa, no discutir con sus padres, y tener, así, la ropa limpia y la comida puesta sobre la mesa cada vez que regresaban a ella. También se daba el caso, en ocasiones, de la existencia de un cierto cariño entre padres e hijos que mantenía a la familia unida, aunque, en algunos casos, fuera con alfileres.

No quisiera llevar esta metáfora, lo es, como ya habrá adivinado algún avispado lector, más lejos de estas lindes, pues últimamente se ha puesto de moda comparar al país con un enfermo terminal al que salvan unos aguerridos médicos, afiliados a cierto partido político, y con las ideas muy claras, al parecer, tanto en medicina como en política, o viceversa. El resultado de dicha comparación, una película de pocos minutos, me pareció tan horrible, tan traído por los pelos, que no quisiera yo pecar por do han pecado los otros. Quisiera, eso sí, ser capaz de meterme en algunas cabezas ajenas a fin de comprender su forma de pensar y de actuar, y entender porqué actúan como lo hacen. Eso lleva tanto tiempo que imposibilita para la acción. Lo cual no sé ya si es una ventaja o una desventaja. La única forma, al parecer, de ponerse en el lugar del otro, hasta cierto punto, es dejarlo hablar, hacerle preguntas, si se deja, y partir del principio de que este va a contestar sinceramente. Tal vez sea pedir demasiado. Eso sin contar con que, muchas veces, demasiadas, se llegan a hacer las preguntas importantes cuando ya es demasiado tarde. Cuando no puede haber respuesta.

Y así me he quedado con ganas, por ejemplo, de preguntarle a Rafael Chirbes, no lo conocí, si había leído a Pérez Galdós. Como es sabido, don Benito coge a un personaje suyo de una novela y lo hace transitar por la otra; y a otro por la demás allá, y de esta forma mezcla y baraja a una buena cantidad de personajes en su ingente producción novelística. Y son muchos los personajes que creó este hombre. Pretender que el lector se acuerde de todas estas criaturas, como al parecer hacía él, es pedir cotufas en el golfo. Y esta es una de las críticas que se me ocurre al libro de Chirbes, La larga marcha: no hay forma aclararse con los personajes.

Me recomendaron este autor varias personas a las que no conocía muy bien. Protesté a mitad del primer libro que me compré. Me dijeron que tenía razón, que ese era malo; pero que los otros eran muy buenos. Seguí fiándome de esos conocidos, y seguí leyendo, pues quería llegar a comprender a esas personas, y al autor. Este es inmisericorde con el lector: al ejercicio de tener que recordar a todos los personajes de un libro que no se sabe, y eso es lo de menos, si es una novela deshilachada, o cuentos unidos por varios y olvidados personajes, hay que añadir la particular forma de escribir de este hombre: no hoy ni un punto y aparte en más de 200 páginas, ni un diálogo. Nunca he visto el papel tan bien aprovechado. Y rara vez ha hecho falta tanto aliento para llegar al final de un cuento o narración. No digo ya de una novela. En las de don Benito, pese al cruce de personajes, hay mucha más variación y muchísimo más encanto.

Ganas he tenido, pues, de abandonar “la casa paterna”; pero me ha podido el deseo de hablar con conocimiento de causa, de decir las cosas sabiendo de lo que hablaba. Y me ha podido el deseo de comprender, un deseo que me ha costado mucho mantenerlo por encima del aburrimiento y del cansancio.

A veces, y no hablo de las novelas de Chirbes, no vale la pena el esfuerzo que se hace para intentar entender algunas cosas. Sencillamente porque no hay nada que entender. O porque es tal la desazón y el aburrimiento que se ha instalado en el ánimo, o en el ánima, que ya no se oye nada, ya no se presta atención a nada, ni se cree en nada porque todo suena a cosa vista, sabida y vivida; y conducente a los mismos, repetidos y viejos errores.

Ignoro si Rafael Chirbes leyó a don Benito Pérez Galdós; pero si lo hizo, no se fijó en las mismas cosas en las que me fijé yo: el olvido de algunos personajes secundarios que aparecían de nuevo por aquí y por allá. Eso, además, comporta que uno se tiene que leer toda la obra de Galdós para saber quien es quien, o leer esta como quien toma apuntes en una clase. O seguir leyendo ignorando quién es ese personaje que aparece por allí.

No se puede ser inmisericorde con el lector. Al menos hasta cierto punto. Y no sé si se le puede pedir a este que esté al tanto e informado de todo y de todos. No obstante, a mí, de joven, me intrigaba la decisión de algunos de mis amigos, y quería saber, necesitaba saber, porqué abandonaban la casa paterna. A veces ni ellos mismos lo sabían, pues al fin y al cabo no eran tan grandes las diferencias con sus padres. Yo preguntaba y preguntaba, hasta el aburrimiento. Y lo sigo haciendo.

Ahora estamos otra vez con la secesión de Cataluña. No es que la equipare, al menos del todo, al abandono de la casa paterna por parte de aquellos jóvenes. España no es el padre de Cataluña. Tanto una como una otra, forman parte de la península, han tenido infinidad de padres y de madres: fenicios, cartagineses, iberos, musulmanes, romanos... Pero, y aquí tenemos un grave problema, la historia, como asignatura, ha desaparecido de los planes de estudio, como va a desaparecer la filosofía; el latín y el griego llevan años desapareciendo. Y todo esto me parece fundamental para entender cuanto está sucediendo, si es que hay algo que entender y podemos hacerlo, pues nos están segando la hierba bajo los pies.

Anoche vi una entrevista por la televisión a un cierto señor, no recuerdo su nombre, que, al parecer, se va a hacer cargo del nuevo sistema educativo, y van ya dos mil. Preguntado este por los cambios que se van a introducir en las escuelas contestó contando el inicio de una película americana, por supuesto. En un instituto de EEUU, narró esta persona, el maestro le pregunta a una alumna, negra para más señas, cuántas patas tiene un artrópodo. La niña contesta que ojalá esa fuera el problema que ella tiene. De lo cual dedujo el señor entrevistado que la escuela tiene que responder a los problemas y exigencias del alumno. Se me pusieron los pelos de punta, pues no creo que para ningún alumno sea un problema saber si el castellano deriva del latín, o, cierto es, como se sabe, que ya se hablaba el castellano en el Paraíso Terrenal, y este es la madre de todas las lenguas. Eso no es un problema para un adolescente. Su problema, según este señor, es cómo ganarse la vida cuando sea mayor. No se lo cree ni él. Ahora bien este absurdo, llamado pragmatismo, ha hecho que se olvide la cultura en la escuela, y se convierta esta, o quieran convertirla, en una escuela de banderilleros y amas de casa. Pues al parecer también se va a estudiar la forma de planchar la ropa, de poner lavadoras y hasta de pasar la aspiradora. Y con eso nuestros alumnos saldrán más que preparados para ganarse la vida y entender cuanto sucede a su alrededor. Y dicen que con estas medidas se va a evitar el abandono escolar. Menos mal que los alumnos van a seguir recibiendo clases de religión. Tal vez, y gracias a ello, y con un poco de suerte, oigan aquello tan famoso como olvidado que no sólo de pan vive el hombre. Otra cosa será que pregunten qué quiere decir eso. Y otra cosa será la explicación que les den.

Por supuesto que la memoria es selectiva. Y cada uno recuerda lo que le interesa y le sirve para sus propios fines. Pero no está de más escarbar en la memoria de los otros. La realidad, a veces, nos supera: es como un elefante del que sólo vemos una parte... Eso es lo que puede enseñar la filosofía. Y lo que hay que hacer es cambiar la forma de enseñarla. Y eso es lo que enseña el teatro clásico: ¿quién tiene razón Agamenón o Clitemnestra? ¿Electra o su madre, que tuvo quien tuvo que sufrir el que su marido matara a tres o cuatro de sus hijos? ¿Y se trata de tener razón o de otras cosas? ¿Y quién es quién para privar a los futuros habitantes de este mundo de las joyas del teatro clásico, y no sólo del griego y del romano? ¿Quiénes se han creído que son?¿Quién les ha dado tamaña autoridad? ¿Unos cuantos votos en unas urnas? Siendo inmisericorde con aquellos que crean que vale la pena consultarlo, opino sobre esta democracia lo mismo que opinaba Sócrates.

Debemos intentar ver todo el elefante entero.

El libro de la profesora Mary Beard, El triunfo romano, me quitó de la cabeza la imagen que tenía, dimanada de la película Quo vadis?, del general vencedor. Al parecer, y según esta magnífica profesora, no llevaba este, en el desfile triunfal, tras sus espaldas, un esclavo repitiéndole, a cada dos por tres, “eres humano”. Se quería evitar, así, que el general, ante el multitudinario aplauso de los ciudadanos, se creyera un dios, o algo similar. Es una pena que la realidad no fuera como la ficción, y que esta no haya continuado, pues los partidos políticos se han convertido, en este pueblo, en jaleadores del general, quien vive en sus cuarteles de invierno. Y allí, en medio del incienso, alejado de todo, menos de sus acólitos, llega a creerse lo que no es. Y hasta negar que Hispania fue invadida por los romanos, y los hispanos participaron en alguna que otra guerra. Se debería exigir que los alcaldes de Daganzo tuvieran algo más de preparación. Humillos, como muchos políticos de ahora, quiere ser alcalde de dicha localidad porque se sabe cuatro oraciones, y

Con esto, y con ser yo cristiano viejo.

Me atrevo a ser un senador romano1.

No hay más que pedir. Como se puede ver, y ante lo que tenemos, podemos repetir las palabras del otro don Miguel: para España no pasan los años. Estamos igual que en la época del Conde Duque de Olivares. Sólo que ahora, al parecer, en los institutos tendremos toriles con vaquillas para que los alumnos practiquen y pongan banderillas. Al fin y al cabo no es importante comprender nada: no hay más que oír a alcaldes, portavoces y presidentes, sean de aquí o de allá. Puro pragmatismo. ¿A quién le importan las patas de un artrópodo o quién escribió La Celestina?

En medio de todo este esperpento es una delicia leer a un autor, que tiene en cuenta al lector, y cuenta, en breves capítulos, cosas tan interesantes como si Pitágoras prohibió las habas a sus seguidores por ellas mismas, o estas son una metáfora de ciertos órganos que distraen al sabio de sus elevadas tareas. Sabido es que las habas producen una magnam inflationem, que, lógicamente, también es causa de distracción para una mente ocupada en graves problemas. No sé si correcta o incorrectamente he leído gran flatulencia donde Aulo Gelio pone magnam inflationem. ¿Es posible que en ciertos lugares se coman muchas habas? En el sentido literal. Las flatulencias mentales cansan al más pintado. Y huelen bastante mal. Más que los establos del rey Augias. Se debería tener un poco más de consideración con el lector en particular, y con el ciudadano en general.

1Miguel de Cervantes, Entremes de la elección de los alcaldes de Daganzo.





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