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Entrevista a la Doctora en Filología Rosario Raro


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14/10/2015


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Rosario Raro, Segorbe, provincia de Castellón. Doctora en Filología, profesora de Creación Literaria, directora del Aula de Creación Creativa de la Universidad Jaume I de Castellón desde su creación en 2004.


Su vida está unida a las letras desde la infancia, cuando empieza a escribir sus primeros relatos y obras de diversos géneros, por los que ha obtenido numerosos premios nacionales e internacionales. Participa en diferentes blogs  donde se encuentran muchas de sus publicaciones literarias.

Con su novela Volver a Canfrac, publicada en Abril de 2015 está conquistando lectores y corazones con la historia de una mítica estación oscense, tan real como el valor que demostraron los personajes anónimos que tejieron una red que salvó la vida de miles de judíos.

Entrevista concedida a El Libro Durmiente y realizada por Begoña Curiel.

–La estación de Canfranc demuestra que la realidad tiene una maleta llena de historias que aún quedan por contar.

Dicen que el tiempo es el mejor escritor de historias. Estoy de acuerdo con esta afirmación. Nuestra vida es como un libro que tiene un recurso inigualable: no sabemos cuándo va a terminar. Eso no es posible hacerlo de momento con una novela física, por ejemplo, con una digital tal vez.

Cualquier cosa que pretendamos inventar ya habrá sucedido. Por ese motivo es mejor ser realistas, ya que de realidad hablamos, y ejercer una labor de rescate de sucesos que consideremos que merezca la pena compartir.

–Esta novela es un paso más en su largo camino abrazada a la literatura. ¿Cuándo y por qué comenzó?

Cuando era muy pequeña. Antes de los diez años, es decir, hace unos 35 de eso, descubrí que la verdadera potencia de la escritura es que puede ampliar el espacio y el tiempo. Como decía Josefina Aldecoa “una novela es un medio de transporte”. Creo que un relato también y que su extensión no implica que el trayecto que nos propone sea menor porque a veces la impresión que nos queda tras su lectura nos dura siempre. Escribo desde siempre. Para mí ha sido una tabla de salvación y a la vez una fuente continua de buenas experiencias. Siempre digo que los mejores premios literarios son las personas que he conocido a través de esta profesión. Estoy convencida de ello.

– ¿Ha tenido modelos y/o maestros a la hora de escribir?

Muchísimos. Creo que no hay escritura sin lectura aunque en esto sí que distingo dos tipos de escritores: aquellos que escriben de lo que han leído y los que escriben de lo que han vivido. Me quedo con el segundo grupo porque la pasión trasciende a sus textos.

En nuestra lengua, yo considero que es imprescindible acercarse a Cervantes —y no lo digo como cliché—. Y sigo con mi enumeración: Pessoa, su apellido significa “persona” en portugués, no se podía llamar de otra forma este inventor de heterónimos. Me resulta una de las figuras más fascinantes de la historia de la literatura. Caterina Albert que escribía con el seudónimo de Víctor Català. El autor italiano Dino Buzzati, de él me quedo con El desierto de los Tártaros y algunos de sus relatos. Max Aub, único, el hombre que sobrevivió a tres guerras y escribió con delirio y con acierto algunas de las mejores bromas literarias del siglo XX y páginas y páginas muy  valiosas. Acercó la historia reciente, la que le marcó su vida, a través de una ficción muy verdadera.

Las mujeres a las que casi nunca se nombra de la generación del 27 (Nelken, Saornil, Arderiu, Catarineu,  Mulder, Roca de Togores, etc. etc. etc.). Mercè Rodoreda, la voz de la Barcelona íntima, Bradbury, y sus ideas sobre la escritura, Carmen Laforet, un prodigio, el cuentista peruano Julio Ramón Ribeyro, inacabable, Francisco González Ledesma de quien me fascinóCrónica sentimental en rojo y me hizo no dejar de escribir desde entonces, Vicent Andrés Estellés, el poeta que escribe la poesía que a mí me gustaría escribir, Elena Poniatowska, admirable, tal vez una de las más grandes intelectuales de América, descendiente de un príncipe polaco e imprescindible, el poeta limeño Luis Hernández Camarero,  al que descubrí allí y ya no he dejado de leer. Montserrat Roig, junto con el anterior, se fueron demasiado pronto. Albert Sánchez Piñol, me atrapó —literalmente con La piel fría y Pandora en El Congo—, es un antropólogo que bucea dentro de los lectores. Sus  relatos de Las edades de oro, es uno de los mejores libros que he leído. Eloy Fernández Porta y Agustín Fernández Mallo porque escriben como corresponde al siglo XXI y muchos otros aún no tan conocidos de los que he tenido el privilegio de ser su primera lectora.

-La documentación es una etapa que apasiona al escritor. Una vez vista su preciosa estación de tren y recabados los testimonios para construir sus personajes ¿sufrió echándola de menos frente al papel o al ordenador o disfrutó aún más?

Escribí esta novela en trance, por decirlo de alguna manera. Canfranc era la palabra que me despertaba cada mañana como si me llamara entre sueños. Abría el ordenador y era como irme allí, ver el paseo de Los Melancólicos, el edificio ferroviario, el valle de Los Arañones. Durante los cuatro años que duró su elaboración fue como tener una casa en los Pirineos. Un refugio a salvo de todo.

– ¿Qué rituales –si los tiene– sigue cuando se sienta a escribir? ¿Algún tramo horario en especial?

Solo necesito estar sola. Para mí la escritura de un texto así es como una especie de inmersión pero a bastante profundidad, no puedo estar entrando y saliendo continuamente.

Mis horas más productivas son entre las 6.00 A. M. y las 10.00 de la mañana. Antes “de que el mundo arranque”. Esa es la sensación. A partir de esa hora, ya llevo “una vida normal como la de cualquier otra persona”. Lo que pasa es que no siempre puedo tener este horario: por viajes, trabajo o pereza. Entonces busco cualquier otro momento para escribir. Y como no podía ser de otra forma, muchos capítulos de esta novela los he escrito íntegramente a bordo de un tren.



– ¿Es autora que se deja llevar por las musas o suele tener un plan estrictamente trazado?

Creo que lo importante es la técnica. Todos tenemos días mejores y peores pero para eso está la corrección continua. Antes de ponerme a escribir suelo tener toda la historia en la cabeza, me ayudo de mapas mentales, esquemas, apuntes, etc. pero en realidad, para mí escribir es solo transcribir lo que ya he formado antes en la mente.

– ¿Cuánto tiene de lector un escritor?

Muchísimo. Creo que escribimos lo que nos gustaría leer. A estas alturas de la historia ya está todo escrito pero lo que cada persona tiene de único es su modo de ver las cosas. Eso es lo que le da valor a un relato, a un poema, etc.

–Nos encanta que nos recomienden lecturas. ¿Nos haría una pequeña lista?

Además de los libros que he citado en la respuesta sobre los escritores estos serían algunos de mis preferidos. Enumero los que recuerdo y tal como me surgen. Esto ya me parece significativo y solo en lo que respecta a narrativa. Si no, no acabaría:

Regreso a tu piel de Luz Gabás.

Los escarabajos vuelan al atardecer de María Gripe.

Un mundo para Julius de Alfredo Bryce Echenique.

La Regenta. Leopoldo Alas, ”Clarín”.

La plaza del diamante. Mercè Rodoreda.

Grandes esperanzas de Charles Dickens.

El amor en los tiempos del cólera de Gabriel García Márquez.

Fortunata y Jacinta de Benito Pérez Galdós.

El camino de Miguel Delibes.

Rebeca de Daphne Du Maurier

Cumbres borrascosas. Emily Brönte.

La tía Julia y el escribidor de Vargas Llosa.

El alienista de Machado de Assís.

El conde de Montecristo de Alejandro Dumas.

Camino de Sirga de Jesús Moncada.

Dama de tréboles de Olivia Ardey.

Marina de Carlos Ruiz Zafón.

Historia de una maestra. Josefina Aldecoa.

Mundo maravilloso de Javier Calvo.

Bearn o la sala de las muñecas de Llorenç Villalonga.

El alienista de Machado de Assís.

Si citara los otros géneros y sus intersecciones podría llenar varias páginas. Le debo mucho a la lectura.

– ¿Cómo ha sido y es su relación con las editoriales? ¿Son el principal caballo de batalla del escritor?

En las cuatro editoriales en las que he estado han tratado mis libros con mucho mimo. Los han publicado inmaculados, es decir, sin erratas, faltas de ortografía, errores tipográficos, etc. y remarco esto porque cada vez es menos habitual.

Creo que nunca hay que enviar un manuscrito a una editorial, que bastante tienen ya con los suyo y que no van a encargarle a un lector profesional que lo lea sin saber qué es porque eso vale mucho dinero.

Creo que siempre hay que enviar algo que les interese. No hacer perder el tiempo a las personas es una de las mayores muestras de cortesía que podemos tener con el prójimo.

Ahora con mis editoras de Planeta tengo una relación que calificaría de familiar. Nos entendemos muy bien. Creo que no se puede pedir más. Cuando ves que hay profesionales que defienden tu libro de esta manera solo se puede sentir un enorme agradecimiento.

– ¿Se considera una escritora de su tiempo o comprometida con su tiempo?

Creo que esa es una obligación de todo escritor “concreto” —por llamarlo de alguna manera en oposición a abstracto—. Para mí, al margen de que la literatura sea negra, policíaca, de espías, bélica, romántica, de aventuras, misterio, epistolar, psicológica, de ciencia ficción, erótica, etc. etc. o todo eso junto, tiene que ser antes que nada social, es decir, me interesan aquellas historias que sitúan al ser humano en el centro, como medida de todas las cosas, y lo coloca además en unas circunstancias determinadas, es decir, en un espacio y tiempo reconocible. Esto no implica que tenga que tener una existencia geográfica. Me refiero, por ejemplo, a la Vetusta de Clarín.

– ¿Qué desearía aportar al mundo literario con el paso de los años y la experiencia acumulada?

Creo que me daría por satisfecha si fuera capaz de transmitir una serie de historias que considero que merecen ser más conocidas de lo que son.

–Lleva más de diez años dirigiendo el Aula de Escritura Creativa en la universidad Jaume I. ¿Cómo describiría esta experiencia?

Como una de las mejores cosas que me ha pasado en la vida: he encontrado amigos, personas que como yo comparten la pasión por la literatura, nos juntamos para ir contra ese mito del escritor como perro verde, como un outsider, alguien solitario. Colaboramos, compartimos y sobre todo disfrutamos de la literatura que es de lo que se trata.

–Analizando la evolución a través de los alumnos que han pasado por ella, ¿diría que el espíritu creativo mejora? ¿Tenemos en este país muchos “creativos” por descubrir en el mundo de las letras?

Sí, yo creo que la creatividad no tiene precio, que es lo que más se tendría que pagar y que está infravalorada. Sin creatividad no hay productos multimedia: cine, literatura, arte en general. No hay huella ni testimonio de nuestro paso por el mundo como especie.

En un espacio de creación así, en un think tank o tanque de ideas, que dicen algunos, lo más importante es salirnos de nosotros mismos, de nuestro círculo de confort, de ese espacio de producción en el que nos sentimos seguros, y darle a las aportaciones de los demás sobre nuestros textos el valor inmenso que tienen.



–Cada vez preguntamos más –porque la realidad así lo pide– por internet como instrumento para lanzarse al mundo. Ha estudiado en profundidad el lenguaje de los blogs. ¿Qué han aportado y siguen aportando al mundo de la literatura y las letras en general?

Después de más de década y media de este soporte on line, han permanecido a lo largo del tiempo aquellos mejor escritos. Los usuarios son muy exigentes debido a la cantidad que hay. Creo que el principal aporte de los blogs literarios es que han cuestionado el carácter y el dogma, sobre todo, de otros prescriptores culturales más tradicionales. Su influencia ahora sobre los lectores es muy grande. Esto se debe, en parte,   a su proximidad —los escriben otros lectores— y a la posibilidad de interacción con los autores de las reseñas mediante los comentarios. Es un espacio dinámico, mutable y por tanto, muy muy interesante.

–Volviendo de nuevo a Canfranc –como en su novela–, vemos en ella un claro homenaje a la dignidad y a la talla moral de las personas que tanto necesita esta sociedad y el mundo en general. Es reconfortante confirmar que siempre ha habido y habrá personas a las que admirar. ¿Qué pueden aportar los escritores sobre esta necesidad?

Yo creo que en estos momentos estamos faltos de ejemplos de este tipo, que las personas así, merecen que se les reconozca, y la paradoja es que en la mayoría de los casos ellos pidieron que no se hiciera. No querían medallas, ni reconocimientos, solo salvar vidas.

Por este motivo yo les he cambiado el nombre a los personajes de mi novela que son trasunto de personas reales.

–En una entrevista decía que Canfranc da “para treinta novelas más”. ¿Insistirá a sus editores al respecto o tiene en mente algún nuevo proyecto?

El lugar es magnético, apasionante. Mi proyecto es que en mi siguiente novela reaparezcan algunos de sus personajes pero en otro escenario. En este momento tengo entre manos un tema que me parece acuciante, por llamarlo de alguna manera, y lo califico así por la urgencia y el apremio que siento en contarlo. Creo que ese es el mejor motor de una novela, que pensemos que con lo que escribimos vamos a conseguir que quienes lo lean sientan lo mismo que nosotros cuando supimos de esos hechos. Espero que de nuevo interese a muchos lectores. Ojalá.

Gracias, Begoña Curiel, de El libro durmiente, por esta conversación tan amena. Quiero terminar destacando nuestra sintonía y tantas coincidencias entre vuestro entorno virtual pero tan real y mi cotidianidad que ahora hasta alberga una estación ferroviaria.

Enhorabuena por tejer esta red literaria de Imaginalia que cuenta con tantos habitantes. Espero que hasta muy pronto.









Etiquetas:   Entrevista   ·   Literatura   ·   Periodismo
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